Archivo | enero, 2012

El mundo de los sueños. Capítulo II. El escritor inspirado.

31 Ene

Jonás irrumpió exaltado en su hogar, rompiendo la quietud del ambiente. La razón de su impetuosidad no era otra que una idea que rondaba por su cabeza desde el comienzo de la mañana. Llevaba toda la jornada aguardando para llegar a casa y plasmarla en papel, y nada ni nadie podría interponerse entre su meta y él.

Jonás debía tener ya unos 17 años y cursaba bachillerato en el instituto local de Arhkam, a dos manzanas de la universidad de Miskatonik. Tenía un aire descuidado y su pelo negro de rizos salvajes presentaba el aspecto de no haber conocido nunca un peine. Era obediente y estudioso, no destacaba demasiado y pasaba su vida en una apacible rutina que no tenía nada en especial. Pero debajo de su actitud simplona y común, ocultaba una desbordante imaginación.

La literatura llegó a las manos de Jonás a través de su padre, traductor de toda clase de libros. Desde que Jonás aprendió a leer gastó tardes enteras sumergido entre las páginas que le narraban mil y una historias. Y pasados unos años, Jonás se decidió a probar a escribir él mismo. Cientos de historias nacían bajo la tinta de su pluma, historias que siempre eran leídas en primicia por el progenitor de Jonás, que emitía un juicio crítico sobre ellas, animando por todos los medios posibles a Jonás para pulirlas y mejorarlas hasta el umbral de la perfección.

Aquel día Jonás creía tener entre manos una historia particularmente brillante. Llevaba ya una semana sin escribir nada, esperando tumbado a la musa de la narración que una vez le había visitado, otorgándole la inspiración, y desesperaba creyendo que ya no volvería. Sin embargo, unas horas antes una pequeña trama había cruzado su mente, y Jonás se aferraba ahora a ella como si fuera su última oportunidad para escribir. Jonás, dentro de su humildad habitual, se enorgullecía en su fuero interno de como su idea había ido madurando rápidamente desde su concepción, y podía decir sin exagerar que era la mejor de cuantas historias que se le habían ocurrido en la vida.

Jonás cruzó el recibidor y el salón casi corriendo, resuelto a comenzar a redactar cuanto antes le fuera posible. Justo cuando atravesaba la puerta que daba a su habitación, oyó una voz familiar detrás suya.

-¿A dónde crees que vas, jovencito?

Su madre, cruzada de brazos, le miraba con el ceño fruncido.

-Llegas a casa y lo primero que haces es ir a tu habitación a encerrarte sin tan siquiera saludar a la familia.

-Pero es que tengo una idea para una historia.-respondió Jonás impaciente.

-¡Ni peros ni peras! ¿Y qué pasa con la comida? Digo yo que los escritores también comerán. ¿O acaso se alimentan de aire?

-Mamá… por favor… Ya tomaré los macarrones luego.

En ese momento su padre salió al pasillo. Sus viejas gafas pequeñas y redondas centelleaban encima de su nariz, y lucía una simpática sonrisa llena de cálida felicidad.

-¿Qué te ocurre, Jonás?

A Jonás se le iluminó la cara. Quizás su madre no comprendiera sus motivaciones artísticas, pero su padre, amante incondicional de los libros, de seguro le daría el visto bueno.

-Tengo una idea genial para un texto. Y ahora mismo iba a escribirla.

-Me parece excelente. Espero ansioso que termines para poder leerlo.

Mi madre interrumpió de nuevo.

-¡Pero Philip! ¡Qué el niño aún no ha comido!

-Oh, vamos. Por comer un poco más tarde un día no va a morirse. Déjale un poco de libertad.

El padre de Jonás cogió a su madre por los hombros y la guió hacia la cocina, dándose la vuelta a mitad de camino para guiñarle un ojo a su hijo. Jonás le respondió con otro guiño.

Una vez dentro de su habitación, Jonás se apresuró a despejar su escritorio de cualquier cosa que pudiera distraerle de la historia. Cogió su viejo cuaderno y buscó la primera página en blanco. Localizó su pluma de faisán (su padre siempre decía que los buenos relatos siempre se escriben con una pluma de faisán) y humedeció su punta en un tintero. Tras comprobar que no había demasiada tinta pasándose el extremo por el dedo, comenzó a escribir.

Dejó un espacio para el título, que rellenaría en último lugar, y rubricó con perfecta caligrafía una descripción. Jonás siempre comenzaba sus novelas con una descripción concisa de la primera escena, en la que abundaban los detalles y los pormenores, tratando de buscar siempre la palabra exacta que transportara al lector al lugar descrito. Uno o dos párrafos largos dedicados exclusivamente a la ambientación, que estimulaban la imaginación y te llevaban dentro del libro. Luego pasó a presentar a algunos personajes secundarios sin importancia para la trama, adentrándose profundamente en su psicología.

Jonás ya llevaba veinte minutos de escrito ininterrumpido cuando su padre entró en la habitación con un gran plato de macarrones.

-Me encanta que escribas. -dijo- Pero no me gustaría que murieras de inanición. Tu madre de seguro me mataría.

-Muchas gracias papá.

-Ahora tengo cosas que hacer fuera. Volveré por la noche. Y pienso leer lo que lleves redactado.

-Vale papá.

Jonás continuó escribiendo y escribiendo, descansando cada poco para tomar la comida en pequeñas raciones. Las palabras parecían fluir solas en su mente; Jonás sólo tenía que mover la mano para dejarlas pasar al papel. Y de repente paró. Tras la súbita inspiración que le había dado para escribir veinte hojas de un tirón, se había quedado en blanco.

Jonás no podía creérselo. Repasó el texto una vez más. Todo estaba allí, dispuesto perfectamente para avanzar en la trama. Abundantes descripciones, personajes bien definidos, un argumento interesante. Debía ser el protagonista. Jonás leyó la última parte otra vez. El protagonista comenzaba un nuevo viaje a través del tiempo y… ¡¿no quería?!

Jonás se frotó los ojos. No recordaba haber escrito aquella parte.

-Me estoy exigiendo demasiado. -se dijo a sí mismo- No hay forma de que un libro le lleve la contraria a su autor, ¿no?

-¿Y por qué no?

Jonás casi se cae hacia atrás del susto. Cuando recuperó la calma, dirigió su mirada hacia la cama para descubrir al protagonista de su novela sentado en su cama. Lucía tal y como se lo había imaginado en su mente, vistiendo un sombrero negro y una gran cicatriz en su carrillo derecho. Incluso llevaba el colgante que acababa de recibir en su relato. Jonás se emocionó todo lo que pudo.

-Buenos días.

-¿Buenos días? Hace un momento te helabas de miedo y ahora tiemblas de felicidad. Eres un chico extraño. Supongo que no necesitas que te diga como me llamo, ¿verdad Jonás?

-Claro que no. Tú eres Zion. Tú actúas como protagonista en mi libro.

Zion se incorporó y empezó a mirar a un punto fijo en el techo.

-Bueno -Z gesticuló con resignación- me esperaba que mi creador fuera un poquito más… -en ese momento, miró a Jonas por el rabillo del ojo- Profesional.

-¡Eh!¡Eso ofende! -Jonás bajó la cabeza y jugueteó con sus dedos- Es decir, ya sé que no soy el mejor escritor del mundo,…

-No te ofendas. Escribes fantásticamente para ser tan joven. -Jonás se ruborizó. Zion aprovechó para cambiar de tema- ¿Sabes por qué estoy aquí? Por supuesto que no. -Zion se paseaba entonces de un lado a otro del habitáculo mientras hablaba- He venido a hacerte una proposición.

Los ojos de Jonás se agrandaron. Era evidente que la curiosidad le hacía mella.

-¿Qué clase de proposición?

-Dime Jonás, ¿te gustaría escribir la mejor historia jamás pensada?

-¡Por supuesto!

-Entonces busca al hombre que tiene un sombrero como el mío.

Zion se descubrió elegantemente la cabeza y le ofreció el sombrero.

-Toma, cógelo. Así no lo olvidarás.

Jonás sometió el sombrero a un examen exhaustivo. Era de color negro plano, sin ningún adorno; y de ala estrecha. Jonás no lograba cuadrar la imagen del sombrero en ninguno de sus conocidos. Pensó en preguntarle a Zion sobre la persona a quien debía buscar. Cuando levantó la cabeza, se encontró con su habitación vacía.

En el cuaderno, a continuación del último párrafo que había escrito, Zion decía “Buena suerte”.

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Microcuento

30 Ene

La niña miró por la ventana. Para aquel entonces, la lluvia de estrellas fugaces ya había pasado.

Oda a Marne

28 Ene

Los alemanes se acercan
Ya no hay marcha atrás
Reunidos por Joffre los valientes
Defendiendo París están.

Montados en taxis parisinos
Mirando hacia el río de Marne
Nos ataca el imperio vecino
¡Y tendremos que derrotarle!

La entente temblando estaba
Ante el Schlieffen implacable
Bélgica ya había caído
La derrota parecía inevitable

Montados en taxis parisinos
Mirando hacia el río de Marne
Nos ataca el imperio vecino
¡Y tendremos que derrotarle!

Maunoury miraba a Moltke
Murmurando una maldición
A su espalda el sexto ejército
Se resigna a la perdición

Montados en taxis parisinos
Mirando hacia el río de Marne
Nos ataca el imperio vecino
¡Y tendremos que derrotarle!

¡Pero los valientes aguantan!
¡Los británicos les ayudan!
¡Los alemanes se retiran!
¡John French ha ganado el encuentro!

El plan Schlieffen falla
Y comienzan la defensas
Donde antes caía metralla
Ahora se cavan trincheras

El mundo de los sueños: Cápitulo I. La universidad.

27 Ene

La universidad lucía tan abarrotada como de costumbre. Cientos de estudiantes conversaban en el campus y algunos catedráticos cruzaban las puertas dedicando algunos breves saludos a las caras familiares. A Dante le reconfortaba ver la vida bulliciosa de la gente, en contraste con la escena inmóvil circundante, cubierta de abundantes plantas cuidadas con esmero por el jardinero y la impresionante edificación neoclásica de altas torres. En cierta manera, le llenaba de energía y le avivaba la mente ver a otros activos.

En la entrada, abovedada y luminosa, esperaban dos alumnos.

-¡Buenos días profe! Tienes mala pinta.

Profesor… Dante no terminaba de creérselo. Él era muy inteligente, un auténtico genio. Cum Laude a los 18 años en tres carreras: física, bioquímica y psicología. Aunque hay quien dice que el grado en psicología sólo se lo sacó por capricho. Y ahora, dos años después, era el profesor en nómina más joven de la historia de la Universidad de Miskatonic.

-No tan mala pinta como las notas de tu último examen Ethan- réplicó con sarcasmo. Pero gracias por preocuparte.

Ethan era un joven alegre y despreocupado. Fue el primer estudiante que Dante conoció antes de su primera clase un año atrás, y con quién compartía una especial complicidad, en parte porque sólo se llevaban una primavera de edad. Ethan no era precisamente lo que llamaríamos un alumno brillante, pero lo compensaba con esfuerzo y obediencia, razón por la cual Dante le permitía participar en su investigación privada en calidad de ayudante personal. En cuanto a su físico, lo primero que llamaba la atención de Ethan era su altura, que rondaba los dos metros. Ethan había sido de pequeño jugador de baloncesto, pero abandonó el deporte para estudiar física.

-Como siempre, el dedo en la llaga, profe.

El otro alumno, que había permanecido callado hasta el momento, decidió entrar en la conversación.

-Profesor, llegamos 20 segundos tarde a la clase…

-Oh, no te agobies tanto Will. -dijo Ethan- Por un pequeño retraso no se va a acabar el mundo.

Will tenía 18 años. Era tímido e introvertido, y no hablaba salvo para recordar a alguien que llegaba tarde. Cuando Dante le conoció, le ofreció enseñarle todas las instalaciones, incluyendo el laboratorio que utilizaba, intentando abrirle un poco al mundo. Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al viejo ordenador que utilizaba en los cálculos, el muchacho cambió totalmente de actitud y, pidiendo permiso antes, optimizó el sistema, que terminó todas las operaciones programadas  para la próxima semana en 15 minutos. Desde entonces, Will se había encargado de todos los asuntos informáticos de su experimentación, con modelos virtuales incluyendo todo lujo de detalles.

-Pero tal vez se acaben de manera anticipada tus estudios si el señor Worther lo juzga necesario tras tus constantes atrasos, ¿no Ethan? -dijo Dante.

Ethan palideció. Tras despedirse precipitadamente, se echó a la carrera hacia el fondo del pasillo.

-Vamos Will -instó Dante- Tampoco me agradaría demasiado que el señor Worther nos descubra en el pasillo cuando se supone que estoy dando clase.

La clase transcurrió apaciblemente y sin contratiempos. Dante les anunció que ya podían irse.

-Tú no, Will. Recuerda que hoy es la prueba.

P se apartó un mechón de pelo pajizo y contestó:

-Lo recuerdo perfectamente. Será dentro de 20 minutos y 46 segundos. A no ser que Ethan llegue tarde… otra vez.

-Deja de mirar al reloj, Conejo. Por esperar cinco minutos más no va a cambiar el resultado

Él miró a Will. Debajo de su semblante triste y apagado, parecía ilusionado por ver en que acabaría todo. Y Dante, aunque trataba de calmarse, también estaba deseando ver el fruto de su investigación.

-Aun queda tiempo, ¿verdad? -dijo Dante- ¿Qué tal si retomamos la conversación de ayer?

-¿Aquella acerca de economía?

-Ahh, se me olvidaba. Eres incapaz de rebatir mis argumentos y defender a tu querido Marx. Lo siento mucho pequeño.

-¿Cómo? El debate no acabó ni por asomo. Continuemos, aquí y ahora.

Dante sonrió. Había conseguido motivar a Will. Y Will era un más que digno contrincante en un combate dialéctico. Los dos habían pasado tardes enteras discerniendo acerca de temas de lo más diversos. Uno de los predilectos de ambos se trataba de economía y ética, todo mezclado. Will y Dante pasaron media hora hablando. En ese momento llegó Ethan.

-¡Buenas profe!

-Tic tac Ethan. -dijo Will- llegas 9 minutos y 9 segundos tarde.

-Buenos días a ti también Will.

Dante se interpuso entre los dos. No le apetecía que justo ahora Ethan y Will discutieran acerca de sus respectivas filosofías de la vida.

-Chicos, chicos. ¿No os olvidáis de algo importante? ¿Algo en lo que llevamos trabajando sin descanso durante mucho tiempo? ¡Platón aguarda!

Dante y sus dos ayudantes se dirigieron emocionados al ala oeste. Una sencilla puerta de caoba guardaba el acceso al laboratorio. Apenas destacaba entre las paredes marrones, seguramente a alguien que visitara por primera vez las instalaciones la entrada pasaría desapercibida. Para Dante, Ethan y Will se había convertido en costumbre el ir al viejo laboratorio tras las clases.

La sala de investigación consistía en un minúsculo cubículo iluminado por la débil luz de una lámpara que en ocasiones flojeaba. Un viejo ordenador, que había sido la mayor innovación tecnológica en 1991 esperaba pacientemente junto a algunos trastos de medición típicos de un laboratorio. Las paredes blancas estaban cubiertas de dibujos y anotaciones que Dante había elaborado tras decenas de cálculos y experimentos.

Will se apresuró a sentarse en la silla raída frente al ordenador y lo encendió. Ethan y Dante miraban con impaciencia y curiosidad por encima de su hombro la pantalla rayada, sobre la que se pintaban números y palabras al ritmo que Will marcaba con las teclas.

-Señores, -anunció Will- los preparativos ya están hechos. Por favor, pulsa el Enter para que comience el espectáculo.

Una familia moderna

26 Ene

La mía es una familia muy moderna. De hecho, es tan moderna que el día que el vecino descubra como ponerle contraseña al wi-fi, todos colapsaremos.

Está por ejemplo mi hermano. Mi hermano es un chaval típico de 10 años que se pasa TODO el día delante de la consola. Su vicio es increíble. Ostenta todos los records de todos los juegos que han salido… y de los que saldrán. Tiene una especial predilección por los juegos on-line (porque en esta nueva era ya no podemos decir juegos en la red, tenemos que decir juegos “onlain”). Ha llegado al punto de no necesitar el mando para jugar…

Luego tenemos a mi madre. Echo de menos los días pasado,s cuando mi madre me llamaba a grito pelado para avisarme de que la comida estaba preparada. Ahora me manda un What´s app, diciendo: “L CMD ST HCH. VN PACA. TQM.” Y a mí me toca descifrarlo.

Antes dije que mi familia entera se derrumbaría, pero la verdad es que mi padre sí que sobreviviría. A él no le importaría en absoluto que no hubiera Internet. O que empezara la tercera guerra mundial en la cocina. O que me cayera por la ventana. Mientras tenga un sofá donde tumbarse y deportes en la tele, lo demás le da igual.

La diferencia entre mi padre y mi madre es tan marcada como la diferencia entre el día y la noche; entre el cielo y la tierra; entre Yao Ming y Sarkozy. Nada más entrar en casa, mi madre no me pregunta, me bombardea: “¿Qúe tal en el colegio? ¿Has pasado frío? ¿Te comiste todo el bocadillo? ¿Llegaste a tiempo esta mañana?” Y cuando todavía estoy respondiendo a la primera pregunta, ella ya ha cogido carrerilla y me está dando órdenes: “Quítate los zapatos, deja en su sitio el abrigo, lávate las manos, llama a tu hermano para comer, recoge la ropa sucia, ¿te has quitado ya los zapatos? ayúdame a poner la mesa, lleva tu portátil a la habitación,..” “Perdona mamá.” “¿Qué hijo? “¿Puedes repetirlo otra vez?”

Ya de camino a mi habitación, mientras pienso si tenía que lavar el abrigo o llamar al portátil para comer, me encuentro con mi padre repantingado en el sofá. Sin hacer nada. Que parece un funcionario. Y cuando le saludo, inmediatamente me dice: “Qué has hecho ya.” “¿Yo? Nada. Ah, por cierto, saqué un 9,7 en el examen de sociales” Mi padre voltea la cabeza lentamente y me mira directamente a los ojos. “¿Sólo? Anda, no pasa nada. Acércate.” Yo le hago caso, y cuando llego a su lado, de improviso me suelta una colleja. “¡Ahh! ¿Y yo que hecho?” “No es por lo que has hecho. Es por lo que harás.”

Greguerías literarias

25 Ene

Los libros son la casa de las palabras.

Los diálogos escritos son los únicos que se escuchan con los ojos.

Los paquetes de folios son libros que se han quedado en blanco.

Las historias se crean con las palabras que no decimos cuando debemos.

Los párrafos le deben alquiler a los autores.

Cuando te quedas dormido delante del ordenador

24 Ene

Un ratón eléctrico

antiquísimas calles

mil pensantes conectados

llenas de farolas brillantes

luces encerradas en plástico

cubiertas de la bruma espectral

conformando en nuevo espacio

que es aire de soledad

el compandio del saber

nada tiene sentido

que surca un único cable

mientras permaneces dormido.