Archivo | febrero, 2012

Polybius – parte 5

23 Feb

Despues de recuperar los ánimos y el temple con un suculento plato de cintas carbonara, decidí que el mejor a paso a seguir en mi propósito de descubrir las causas de la extraña enfermedad era visitar al amigo de Lewis, quien le vio sucumbir al desmayo para luego perder la cordura. Revisé el nombre en mi bloc. Nathaniel Hawthorne. Busqué en la guía telefónica el apellido y, de entre las tres posibilidades que se me ofrecían, marque la última.

-¿Quién llama?

-¿Señor Hawthorne? ¿Es usted el padre de Nathaniel?

-¡¿Qué ha hecho el crío?! Se lo ruego, no le denucie, podemos compensarle por lo que quiera que haya ocurrido.

Bingo. Al menos con los números de teléfono tenía suerte.

-No, se equivoca. Quería hablar con su hijo acerca de su amigo Lewis Lillman.

-Ah, el enfermo.

-Efectivamente. ¿Sería mucha molestia que me pasara por su casa a eso de las cinco?

-Esa hora esta bien. Apunte la dirección.

Ya tenía preparado el bolígrafo. Garabateé la dirección junto a la de la señora Brunt.

-Muchas gracias por su tiempo. Que pase una buena tarde, señor Hawthorne.

-Igualmente.

Ya estaba hecho. Ahora debía esperar hasta las cinco. No creía que la visita al amigo de Lewis fuera a arrojar algo de luz en el asunto, pero nada se perdía por probar.

Una vez me recosté en mi butaca, dispuesto a tomarme un merecido descanso, el timbre del teléfono comenzó a sonar. Me levanté y lo cogí, suponiendo que sería el señor Hawthorne queriendo prosponer nuestra cita.

-¿Hola? ¿Estoy hablando con el médico de Portland que identifico dos casos de epilepsia idiopática?

El viento helado que venía por la ventana lamió mis manos. No era el señor Hawthorne el que hablaba.

-Ciertamente sí. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

-Doctor Emil Schneider, para servirle. Me especializo en psiquiatría, concretamente psicopatología; actualmente trabajo en una consulta en Tulsa, Oklahoma.

-Encantado de conocerle. ¿Qué quiere usted de mí?

-En las últimas dos semanas he tenido tres casos de pacientes con ataques epilépticos y hablando en alemán. ¿Le suena de algo?

Mi corazón dio un vuelco. No me equivocaba al hablar de una epidemia, y ya tratabamos con dos focos distantes. El doctor Schneider siguió hablando.

-Además, todos ellos se desmayaron mientras jugaban con una videoconsola.

Videojuegos. La teoría del cambio de color volvía a cobrar fuerza, contando con que tanto Lewis como Dave habían tenido como mínimo contacto con las máquinas recreativas.

-Coincido con usted en un caso. Dave Brunt perdió el conocimiento en una situación idéntica.

-Tal y como supuse. Tenemos que encontrarnos. Estoy en posesión de cierto conocimiento que será de su interés.

-¿Por qué no lo comenta ahora, señor Schneider?

-¡No! ¡La línea no es segura! Es necesario hablar cara a cara.

Su actitud se me antojó paranóica. No me imaginaba a agentes federales pinchando la conversación de un médico barriobajero de Portland.

-Está bien, doctor. Le citaré a través de la escuela de medicina.

-¡Idiota! ¿Cómo crees que me enteré acerca de usted? La escuela se vigila con lupa, amigo. Yo contactaré con usted. Tenga cuidado hasta entonces y no haga movimientos que llamen su atención. Buenas tardes.

-Buenas tardes señor Schneider.

Una vez terminada la conversación ojeé el reloj junto a mi escritorio. Ya era hora de salir a la calle o perdería el autobús hasta el hogar de los Hawthorne.

Polybius – parte 4

22 Feb

Una vez aparecí en el domicilio de la señora que acababa de citarme me encontré a ésta llorando a moco tendido junto a un chico pequeño en la escalinata que daba acceso a la vivienda.

-¿Señora? ¿Es usted quien me ha citado?

La mujer interrumpió momentaneamente su gimoteo y lo corroboró, tras lo cual continuó con su sollozo.

-¿Qué ha pasado?

-Mi… mi hijo acaba de… fallecer.

Un gran mazazo cayó sobre mi conciencia. Me sentía inútil ante una enfermedad que me venía grande.

-¿Cómo ha ocurrido?

-Un demonio enloquecedor le hizo perder la cordura completamente y se agitó por el suelo hasta que comezó a sangrar por la boca. Le metí una esponja para evitar que se dañara, pero después murió.

Identifique su bíblico relato con otro ataque de epilepsia. Y si se trataba epilepsia, meter algo en la boca de quien está sufriendo un ataque era lo peor que se podía hacer.

Me adentré en la casa para descubrir un mórbido y dantesco panorama. El cuerpo del crío yacía en el suelo, con sangre aún manando de su boca en un reguero rojo. Parte de la lengua se había desprendido y permanecía junto a su mano derecha. Tras un breve examen pude determinar con facilidad la causa de la muerte: asfixia, provocada, tal y como sospechaba yo, por la esponja que su asustada progenitora le introdujo en la boca.

Salí de nuevo a la calle y respiré una calada del aire contaminado de Portland, en cualquier caso menos repulsivo que el que invadía los alrededores del cadáver. Me dirigí nuevamente a la madre.

-Su hijo se afixió atragantado con su propia lengua.

Obviamente, mentía. Pero creí que ya bastante tenía con haber perdido a un ser querido como para arrastrar la culpa. La mujer sollozó más fuerte.

-Ahora, por favor, necesito que deje de llorar y me ayude respondiendo a unas preguntas. Si no, puede que otros niños corran la misma suerte.

La mujer hizo un esfuerzo por serenarse. No obstante, el trauma impidió que se recobrase completamente.

-Pregunte… pregunte lo que quiera.

-Dígame. ¿Cuando comenzó su chico a encontrarse mal?

-Anteayer… des… mientras estabamos en los recreativos. Por aquel entonces el pequeño Terry estaba resfriado y se quedó con su aya en cama.

Los recreativos. Podían ser la causa. Lewis Lillman también  había estado por lo menos una vez allí. Pero, ¿como explica eso el efecto retardado? ¿Podía haber en los recreativos un foco infeccioso cuyos síntomas se manifestasen de manera tardía?

-¿Cómo se llamaba su hijo?

-Dave Brunt, como su difunto padre, que en paz descanse. Al menos ahora estarán reunidos.

Recogí velozmente toda la información obtenida en la libreta. Ya había un muerto. Era cuestión de tiempo que el otro enfermo finara.

-Muchas gracias por su colaboración. Ahora necesito hacer una llamada importante. ¿Podría dejarme su teléfono?

-Por supuesto. Siéntase como en casa.

La señora parecía ya más calmada. Al menos había dejado de llorar.

Entré de nuevo en la sala y sorteé el cuerpo hasta llegar al teléfono. Marqué un número con decisión.

-¿A quién llama?

La madre había entrado detrás mía si que lo hubiera advertido. Desviaba la vista hacia el techo, intentándose convencer a sí misma de que aquello que evitaba mirar era una gigantesca cucaracha y no su hijo muerto.

-A la escuela de medicina de Oregón.

Los pitidos del teléfono cesaron. La voz de un recepcionista me recibió a través del aurícular.

-¿Quién llama?

Le dije con claridad todas las señas que atañían a mi persona.

-Veamos… ah sí. Usted es doctor ambulante en Portland, ¿me equivoco?

-No, tiene razón. Llamo para alertar de una posible epidemia.

-¿Epidemia? ¿Cuántos casos ha detectado y que enfermedad padecen?

-Dos casos de epilepsia idiopática en dos menores, uno de los cuales ya ha fallecido.

-Señor, con el debido respeto. -replicó en un tono socarrón- SÓLO dos casos con síntomas parecidos no es una epidemia, es una casualidad. Y no creo que ningún médico competente en toda américa acepte que la epilepsia es contagiosa. No hay ningún precedente que lo avale.

Fruncí el ceño. Este recepcionista respondón estaba empezando a sacarme de mis casillas.

-Escucheme con atención. No es una mera coincidencia. Ambos pacientes repetían la palabra Sinneslöschen y se comportaban de manera idéntica antes del ataque. Por lo que sé podría haber más enfermos, ¡hágame el favor de ayudarme!

-Lo siento. No estoy dispuesto a perder más tiempo. Quedan muchas cosas serias por hacer.

-¡No se atreva a colgar!

Los pitidos que informan del fin de la llamada fueron los únicos que escucharon mi orden. Coloque el aurícular en su sitio correspondiente con enojo y frustación. Había quedado bastante claro que estaba solo en esto.

Me despedí educadamente de la señora, renunciando al pago que me ofrecía por la visita, y volví a casa dando patadas a una lata mientras pensaba en como estaría Lewis en su casa, si es que seguía vivo.

Polybius – parte 3

21 Feb

Pasé la noche en vela, enfrascado en la lectura de decenas de libros de medicina acerca de la epilepsia, sus causas más frecuentes y tratamientos. Sin hacer un encefalograma era imposible discernir si había algún traumatismo cerebral, o incluso un tumor. Aun así eran poco probables. Otra hipótesis afirmaba que la epilepsia podía ser provocada por un cambio rápido de color entre azul y rojo en un medio electrónico, pero Lewis no había tenido contacto con una televisión en bastante tiempo; y por otra parte dichos ataques son siempre instantáneos y no esperan tres días para manifestarse.

Cansado y derrotado, me acosté con la sensación de haber estado perdiendo el tiempo. Soñé con el chico retorciéndose en espasmos y yo observando impotente.

Una vez amaneció, una llamada me sacó de mi pesadilla. Me levanté corriendo y descolgué el auricular.

-¿Diga?

Una voz femenina contestó al otro lado de la línea.

-Buenos días. Espero no haberle despertado.

-Descuide. Llevo levantado ya un rato.

-Le llamo para requerir sus servicios profesionales. Un amigo me recomendó expresamente llamarle a usted si yo o mi familia teníamos algún problema de salud.

-Lo siento señora. Ando con otro caso importante entre manos. Siento no poder atenderla.

-¡Por favor, es urgente! Mi hijo mayor se comporta de manera extraña y no deja de repetir una palabra en otro idioma. Suena algo así como Sineslochen.

Mi cuerpo quedó petrificado. Por poco se me cae el teléfono de la mano.

-¿Doctor? ¿Sigue ahí?

-Sí, sí. Usted quiere decir Sinneslöschen.

-Así suena exactamente. ¿Sabe usted qué sufre?

-Tengo una ligera idea. Dígame su dirección.

Garabateé sus indicaciones en una hoja que había tirada por el suelo.

-Ahora mismo voy para allá. No le quite ojo a su hijo.

Polybius – parte 2

20 Feb

Así pues me presenté en el domicilio del señor Lillman enfundado en una gabardina marrón y con el sempiterno maletín colgándome del brazo. Llamé al timbre sin demorarme. Al poco apareció tras ella el señor Lillman.

-Gracias por presentarse. Pase conmigo a la habitación. Allí espera Lewis.

Fruncí el ceño ante el nombre, que no me era familiar. El señor Lillman se percató de inmediato.

-Mi hijo.

-Comprendo.

Mi anfitrión me guió hasta una estancia oscura y en deplorable estado. El papel de las paredes colgaba desgarrado sobre un suelo húmedo tapizado con restos de comida. Arrugué la nariz al notar el olor a heces.

-Limpiamos todos los días. -comentó el señor Lillman, interpretando mi gesto- Pero mi hijo siempre se las apaña para ensuciarlo todo nuevamente. Es muy preocupante.

Corroboré su disquisición asintiendo con la cabeza y me dispuse a escrudiñar entre las sombras del cuarto buscando al joven Lillman. Le identifiqué como el bulto en movimiento que se escurría entre las sábanas, al que me acerqué con paso firme y calmado.

-¿Lewis? ¿Cómo te encuentras?

Lewis se asomó desde la seguridad de su edredón. Temblaba violentamente.

-No pasa nada. Relájate. He venido a examinarte.

Lewis mantuvo sin embargo su postura tensa, que me recordó a la de un gato preparado para atacar en cualquier momento. Al fin, pronunció unas enigmáticas palabras.

No pienses. Confórmate. Suicídate.

Acto seguido, todo su cuerpo se convulsionó en un espasmo. El señor Lillman y yo reaccionamos instintivamente y nos miramos mutuamente. Nuevos espasmos repetitivos azotaban al joven.

-¡¿Qué le pasa?! ¡Haga algo!

-¡Es una crisis epiléptica! ¡Ayúdeme a sujetarlo! ¡Vigile que no se muerda la lengua!

Tras un rato de forcejeo, logramos reducir al joven y cesaron sus movimientos. Me cercioré de que el ataque había pasado antes de liberar sus brazos. Lewis permanecía inconsciente. Aproveché la situación para realizar el chequeo médico.

-Ninguna anormalidad en su cuerpo. Su estado físico es excelente, aunque le convendría una ducha.

-¿Y la crisis de antes? ¡¿Qué le pasa?!

-Cálmese. Necesito que me responda a algunas preguntas concretas.

El señor Lillman respiró profundamente, relajando cada músculo de su cuerpo. Pronto recuperó su compostura habitual de negociante.

-Disculpe mis modales. Espero que comprenda que el aprecio que tengo a mi hijo es incalculable, y en una situación tan extrema, es normal que uno pierda los nervios. ¿Qué necesita saber?

-¿Ha tenido alguna otra crisis?

-No, ninguna. Mi mujer y yo nos turnamos para vigilarle constantemente. Es imposible que se nos escape un solo movimiento de Lewis.

Tome rápidas notas en un viejo bloc junto a los parámetros vitales del enfermo durante el chequeo.

-Entiendo. ¿Cuándo comenzó su extraño comportamiento?

-Hace tres días. Su amigo Nathaniel Hawthorne le trajo a casa desde la biblioteca donde estudiaban juntos. Dijo que se había desmayado en mitad de la lectura, y lo llevó a rastras hasta aquí. Cuando despertó, Lewis ya estaba actuando así.

Apunté el nombre de Hawthorne y recuadré el lapso de tiempo.

-¿Sabe si Lewis ha visitado últimamente un cine, o ha pasado muchas horas delante de un televisor?

-Hace más de un año que no va a un cine, que yo sepa; y la caja tonta está terminantemente prohibida en mi casa. Esas cosas sólo pudren la mente y matan las neuronas. Una vez  descubrí a Lewis jugando en unos recreativos. ¡Imagínese que vergüenza!  El heredero de mi gran fortuna perdiendo el tiempo en cosas de niños.

Taché de una lista de posibles causas la televisión. Tampoco me constaba que su fortuna fuese demasiado abundante.

-¿Alguna otra observación que le parezca significante?

-No, ninguna. ¿Qué padece mi hijo, doctor?

-Mi diagnóstico es que acabamos de asistir a un ataque de epilepsia idiopática, que puede repetirse eventualmente.

-¿Qué significa idiopática?

-Es una manera elegante de decir que no tengo la menor idea de la causa. Vigile a su hijo continuamente, y tal vez sería recomendable llamar a un psiquiatra.

-Por encima de mi cadáver. No voy a escuchar las inconsistencias de un charlatán que dice saberlo todo.

-En cualquier caso, no dude en llamarme si cualquier cosa ocurre. ¿Puede darme un teléfono? Creo que no lo tengo apuntado de otras visitas.

-Claro. Tome nota. -Escribí rápidamente el número que me dictó, junto con una nota con el nombre de Lewis Lillman.

Un súbito gemido llamó nuestra atención. Lewis abrió a duras penas los ojos y susurro una palabra helada que reconocí al instante.

Sinneslöschen.

Cuando tenía apenas 17 años y aún miraba con grandes ojos la ciencia psicoanalista, un deseo juvenil de leer al maestro Freud en su idioma materno me llevó a estudiar arduamente alemán. Más tarde abandoné la psiquiatría por la patología médica, mucho más general y, según mi padre, lucrativa; por lo que el alemán quedo relegado a una habilidad secundaria, reservada únicamente para los raros casos en que un turista germano me preguntaba alguna dirección. Pero a pesar de mi falta de práctica la palabra fue identificada y traducida por mi mente inmediatamente. Sinneslöschen. Perdida de los sentidos.

Lewis perdió otra vez la consciencia, si es que en algún momento la había recuperado.

-¿No puede hacer nada más por mi hijo?

-Puedo recetarle algún anticonvulsivo, pero antes querría comprobar algunos viejos libros de medicina. Son fármacos bastante fuertes; deseo estar seguro de lo que estoy haciendo.

-Muchas gracias por su ayuda. Le pagaré cuanto me indique.

-No se preocupe. Cobraré cuando haya terminado el trabajo o ya no pueda hacer nada. Ha sido un placer, señor Lillman.

-Buenas noches.

Polybius – parte 1

19 Feb

12 de Septiembre de 1985

El objetivo de este informe es dejar constancia del caso Polybius por escrito ahora que he reunido el valor para enfrentar mis recuerdos. Como médico profesional, no puedo evitar pensar que mis colegas de oficio y en general cualquier ciudadano con un grado recomendable de incredulidad no creeran y tan siquiera considerarán esta peculiar historia rayana a la ficción. No obstante, si existe la más mínima posibilidad de que este documento ayude al público a descubrir la siniestra verdad que desvela es mi deber publicarlo. Polybius se convirtió para mí en un símbolo de miedo y horror, que evoca la memoria de un pasado que prefería olvidar y sin embargo no puedo.

Mi primer contacto con una víctima de Polybius fue sobre 1981, en la ciudad donde tenía instalado mi domicilio y donde ejercía de médico ambulante: Portland, Oregón. Un cliente habitual, con el cual ya mantenía una relación de la amistad forzosa entre aquellos que se ven asiduamente, me llamó preocupado por el extraño comportamiento de su hijo. A través del teléfono me dio a entender que no dejaba de susurrar misteriosas consignas y que cada vez que intentaba entablar conversación con él se agazapaba en un rincón y temblaba entre sudores fríos.

-Llora como un cachorro y se encierra en su habitación. Murmura palabras extranjeras o tal vez inventadas y no habla con nadie. Ayúdeme por favor.

-Con todos mis respetos, señor Lillman. ¿No parece dicho caso más propio de un psiquiatra doctorado que de un humilde médico de los suburbios?

-¿Insinúa usted que mi retoño, que hasta hace una semana era el más diligente y brillante de cuantos muchachos conozco, se ha vuelto loco de un día para otro? Seguramente haya cogido unas fiebres de la porquería que hay en esta ciudad. Hágame el favor de venir corriendo, que médicos buenos como usted quedan ya pocos.

El mundo de los sueños: Capítulo III. Platón.

18 Feb

Platón era el nombre en clave con el que Dante había bautizado a su proyecto. Era una idea ambiciosa, que surgió por primera vez en su mente mientras estudiaba el mito de la caverna de dicho filósofo. Dante todavía recordaba con claridad cuando se lo explicó a Ethan al hacerle partícipe de su experimento.

-Supongamos una caverna bajo tierra. -había explicado- En la caverna hay un grupo de hombres atados desde su nacimiento en un muro situado en el centro por las piernas y el cuello, de manera que no puedan moverse ni mirar a otra cosa que no sea la pared.

-Entiendo -había dicho Ethan.

-Detrás suya hay un pasillo, por donde circulan hombres portando objetos que sobrepasan sus cabezas. Estos objetos arrojan una sombra sobre la pared bajo la luz de una hoguera en lo alto. Además, las conversaciones de los caminantes serían escuchadas por los presos. Con el tiempo, los presos, ignorantes de todo lo que hay detrás suya, llegarían a considerar las sombras como la única verdad, y las conversaciones oídas serán interpretadas como conversaciones de las sombras. ¿Comprendes?

-Si. Creo. Al no saber otra cosa sino lo que ven y oyen, es lógico que lo consideren como cierto, ¿verdad?

-Efectivamente. Supongamos ahora que uno de estos reos logra librarse de las cadenas y sale de las profundidades de la caverna. Tras acostumbrarse a la luz, vería un mundo colorido y mucho más verdadero y complejo que aquel hecho de sombras que había vivido hasta el momento.

-Luego él ya no volvería a la caverna porque ya no la estimaría como real.

-No. Este preso liberado sentiría compasión por sus antiguos compañeros cautivos y su moral le empujaría a volver a rescatar a sus compañeros.

-Quienes le acompañan luego al Mundo de las Ideas.

-Te equivocas nuevamente. Los presos, al oir la fabulosa descripción de aquel que subió, le toman por loco y se ríen de él. Él aun así les libera, e insiste. Pero los demás se cansan de su perorata y le asesinan entre todos -Ethan había dado un respingo.

-¡Que horrible!

-En mi opinión personal, Platón dió este final a su historia por despecho, criticando entre líneas a los salvajes que condenaron a muerte a su mentor, Sócrates. Pero nos estamos desviando del tema. Lo principal que Platón buscaba decirnos con esta curiosa alegoría es la existencia de una realidad dual, dividida en dos planos: el plano sensible que todo el mundo percibe y el plano inteligible, al que únicamente se puede llegar a través del razonamiento. Para Platón, sólo este último tenía un auténtico sentido; el mundo que reconocemos a través de los sentidos queda relegado a una mera sombra, prisión de aquellos que no llegan a la Iluminación del Bien, simbolizado por el sol del exterior en el relato.

-Eso último de la Iluminación me suena a rollo budista. -había indicado Ethan- Ya sabes, todo eso del Nirvana.

-La diferencia radica en que el Nirvana budista es un estado mental mientras que el Mundo de las Ideas platónico es un lugar. Yo pretendo ir un paso más allá y decir que hay un mundo dentro de la mente de cada persona, al cual llegan no a través del razonamiento y la metafísica como decía Platón; sino mediante la creatividad y la imaginación. Es un mundo ilógico, lleno de incongruencias y en constante cambio. Sólo su dueño puede atisbar la razón detrás de cada elemento en ese cosmos caótico de su pensamiento, agrupados en relaciones que muchas veces escapan incluso a la comprensión de éste. Estas relaciones se hacen en muchos casos evidentes y determinan la actuación de la mente del individuo. Poniendo un ejemplo, si oyes hablar de Einstein es lógico que justo después pienses en física y en la teoría de la relatividad; tu mente ha creado un nexo de unión durante el aprendizaje de estos términos. Sin embargo, no parece haber ningún sentido en relacionar inconscientemente Einstein con pizza, aunque a lo mejor leiste por primera vez el nombre del físico mientras comías dicho alimento, con lo que tu mente generó un vínculo que tu subsconciente ha mantenido vigente aunque el recuerdo haya sido reprimido, ¿entiendes?

-Más o menos. Creo…  ¿No podrías aclararlo todo un poco más con otro ejemplo?

-Por supuesto. De hecho, hay un caso bastante esclarecedor en el que nos vemos totalmente inmersos en este mundo: cuando estamos soñando.

-¿Soñando?

-Efectivamente. Piénsalo detenidamente, ¡no hay mejor ejemplo! Desconectamos con todo aquellos que tenga que ver con el exterior y quedamos embebidos en toda la esencia de ese mundo en su momento más activo: la reorganización mental que sufre como consecuencia del archivamiento y actualización de toda la información recibida a lo largo de la jornada. Podemos llamarlo, para diferenciarlo del plano ideal platónico, el Mundo de los Sueños.

-Ya entiendo. Pero, ¿qué tiene que ver esto con el experimento del que hablabas?

-Eso es lo que viene ahora. Mi plan consiste en crear un aparato que nos permita crear una interfaz entre el Mundo de los Sueños y el yo consciente para poder observar claramente al primero. Y simular este mundo por ordenador, aprovechando las maravillas de la era informática. Sé que no tiene nada que ver con la física, pero necesito a alguien que me ayude a poner orden. ¿Me ayudaras tú, Ethan?

-¡Ni te atrevas a dudarlo, profe!

Habían tomado prestado el material de neurobiología y comenzaron casi inmediatamente a trabajar en la interpretación de las ondas cerebrales. Dante publicó algunos trabajos sobre la inducción del sueño y desarrollaron un producto capaz de estimular el cerebro durante la fase REM para investigarlo.  Seis meses después, Will se unió al proyecto ayudando especialmente con la parte digital, aspirando a simular satisfactoriamente los datos recabados.

Aquel día, los tres esperaban haber alcanzado su meta. A únicamente un botón de distancia, se abría ante Dante su ansiada puerta al Mundo de los Sueños.

Dante adelantó la mano y presiono ENTER. Miles de cifras empezaron a bailar en la pantalla. Un fogonazo, y ésta quedó en negro. El corazón del trío se encogió al unísono.

-¿Qué? -preguntó Ethan impacientemente- ¿Qué pasa?

-No seas impaciente. -contestó Will- Déjale tiempo a la computadora.

-¡Me estoy muriendo de los nervios!

-¡Y yo no tengo la culpa!

Varias palabras aparecieron en el monitor. Ethan y Will enmudecieron y clavaron su vista en la frase que parpadeaba en el ordenador. Dante hincó las rodillas en el suelo.

ERROR

Las grandes letras blancas cayeron como una sentencia de muerte sobre el grupo. Tras varios minutos de fulminante mutismo, Ethan fue el primero en recuperar la compostura.

-¡Qué mala pata! Bueno, a la siguiente saldrá bien. ¿Verdad, profe?

Dante no respondió. Seguía inmóvil, clavando su vista en la pantalla.

-No hace falta que digas nada profe. Eso es un “por supuesto, Ethan”. ¿No, Will?

-¡Deja de intentar animarnos Ethan! -respondió Will enfurecido- ¡Todo ha sido un desastre, y ni siquiera sabemos cual es el fallo!

-Tampoco hay que enojarse.

Dante se incorporó lentamente, todavía con la mirada perdida.

-No discutáis. Nos reuniremos mañana.

Su voz sonaba entrecortada y decepcionada. Will y Ethan bajaron la cabeza mientras Dante abandonaba el laboratorio arrastrando los pies. La frustación compartida sumía el cuarto en un aire funesto.

Cartas de amor jamás enviadas

14 Feb

Mi querida enamorada,

Necesitaba contarte urgéntemente sobre tí y mis sentimientos hacia tu persona. Pero cada vez que te cruzas en mi travesía perlas de sudor y violentos temblores atacan mi semblante, así que no me queda más remedio que escribirte una carta que arrojaré al aire; y esperaré en el fondo de mi corazón que encuentre un camino hasta tí y puedas leerla.

No se me da demasiado bien hablar de sensiblerías ni de esas tonterías que los enamorados se susurran dulcemente al amparo de la luna y las estrellas; sin embargo, trataré por lo menos de honrar el buen nombre del amor y despertar en tí algun sentimiento que, espero, compartamos fugazmente. Empezaré pues relatando todo aquello que me provocas.

Cada vez que te veo, siento paz en mi alma. Tu cabello bailando al compás del viento, tu sonrisa nívea reposando en tu rostro, tu suave piel cubriendo tu encantador cuerpecillo de gorrión; todas esas cosas en delicada sintonía me llenan de un placer espiritual cálido y sencillo. Y tus ojos. Tus ojillos de sol y luna, brillando con luz propia bajo una eterna alborada, cuya simple presencia basta para espantar las dudas e infundir valor. No hay oscuridad lo bastante densa ni maldad lo suficientemente pérfida para resistir una sola de tus miradas. Cuando siento que la llama de mi voluntad está por apagarse, pienso en tu iris y su recuerdo aviva toda mi fuerza y mis ganas de vivir.

Cada vez que te escucho, me regocijo en mis adentros. Las esperanzas de mi ser se alimentan de tus palabras, siempre dulces, a veces crueles. Los pájaros que cantan anunciando la primavera no son más que quejidos disonantes a la vera de tu canto de sirena, que al igual que aquel de la mítica criatura seduce a los hombres y les conduce hacia su perdición. No hay sonido más hermoso ni timbre más claro sino el tuyo.

Cada vez que llega hasta mí tu olor delicioso no puedo sino caer rendido. Porque tu perfume es un mortífero veneno, que llena tu alrededor con tu presencia y amor. Huele a flores de todo tamaño y color, huele a almizcle y vainilla, huele a hierba recien cortada, y por encima de todas estas exóticas esencias, huele a la única fragancia que quiero percibir el resto de mis días: huele a tí.

Cada vez que te rozo,  mi alma se derrumba embebido en placer. Me basta un leve y efímero contacto contigo para sea feliz una tarde entera. No aspiro a más que sobrevivir para tocarte una vez más. Me es imposible conciliar el sueño en el crepúsculo sin antes evocar tu tacto, y sólo en mis sueños más afortunados puedo al fin dormir abrazado a tí. Porque más no quiero.

Con respecto a tu sabor, aun no te he probado, pero con que tan sólo sea una decima parte de tus otras cualidades, ya puedo asegurar que tus labios sabrán como la miel recién libada por abejas, o aun más como un tierno y exquisito bollito recién hecho.

Muchos me dicen que te idealizo, y otros tantos me llaman loco por quererte; pero puedo asegurarte y así lo hago que amarte es la única cosa de la que jamás me lamentaré. No quiero que con esta carta sientas pesadumbre o obligación alguna hacia mi persona. Mi deseo es que seas dichosa, y yo me contentaré con ello. Hace ya mucho que renuncie a mi propia felicidad, y no tengo el derecho de exigirte a caer conmigo. Por favor, vive feliz. Y, aunque solo sea en el fondo de tu subconsciente, no me olvides.

 

Adios por siempre,

tu amor.