Polybius – parte 4

22 Feb

Una vez aparecí en el domicilio de la señora que acababa de citarme me encontré a ésta llorando a moco tendido junto a un chico pequeño en la escalinata que daba acceso a la vivienda.

-¿Señora? ¿Es usted quien me ha citado?

La mujer interrumpió momentaneamente su gimoteo y lo corroboró, tras lo cual continuó con su sollozo.

-¿Qué ha pasado?

-Mi… mi hijo acaba de… fallecer.

Un gran mazazo cayó sobre mi conciencia. Me sentía inútil ante una enfermedad que me venía grande.

-¿Cómo ha ocurrido?

-Un demonio enloquecedor le hizo perder la cordura completamente y se agitó por el suelo hasta que comezó a sangrar por la boca. Le metí una esponja para evitar que se dañara, pero después murió.

Identifique su bíblico relato con otro ataque de epilepsia. Y si se trataba epilepsia, meter algo en la boca de quien está sufriendo un ataque era lo peor que se podía hacer.

Me adentré en la casa para descubrir un mórbido y dantesco panorama. El cuerpo del crío yacía en el suelo, con sangre aún manando de su boca en un reguero rojo. Parte de la lengua se había desprendido y permanecía junto a su mano derecha. Tras un breve examen pude determinar con facilidad la causa de la muerte: asfixia, provocada, tal y como sospechaba yo, por la esponja que su asustada progenitora le introdujo en la boca.

Salí de nuevo a la calle y respiré una calada del aire contaminado de Portland, en cualquier caso menos repulsivo que el que invadía los alrededores del cadáver. Me dirigí nuevamente a la madre.

-Su hijo se afixió atragantado con su propia lengua.

Obviamente, mentía. Pero creí que ya bastante tenía con haber perdido a un ser querido como para arrastrar la culpa. La mujer sollozó más fuerte.

-Ahora, por favor, necesito que deje de llorar y me ayude respondiendo a unas preguntas. Si no, puede que otros niños corran la misma suerte.

La mujer hizo un esfuerzo por serenarse. No obstante, el trauma impidió que se recobrase completamente.

-Pregunte… pregunte lo que quiera.

-Dígame. ¿Cuando comenzó su chico a encontrarse mal?

-Anteayer… des… mientras estabamos en los recreativos. Por aquel entonces el pequeño Terry estaba resfriado y se quedó con su aya en cama.

Los recreativos. Podían ser la causa. Lewis Lillman también  había estado por lo menos una vez allí. Pero, ¿como explica eso el efecto retardado? ¿Podía haber en los recreativos un foco infeccioso cuyos síntomas se manifestasen de manera tardía?

-¿Cómo se llamaba su hijo?

-Dave Brunt, como su difunto padre, que en paz descanse. Al menos ahora estarán reunidos.

Recogí velozmente toda la información obtenida en la libreta. Ya había un muerto. Era cuestión de tiempo que el otro enfermo finara.

-Muchas gracias por su colaboración. Ahora necesito hacer una llamada importante. ¿Podría dejarme su teléfono?

-Por supuesto. Siéntase como en casa.

La señora parecía ya más calmada. Al menos había dejado de llorar.

Entré de nuevo en la sala y sorteé el cuerpo hasta llegar al teléfono. Marqué un número con decisión.

-¿A quién llama?

La madre había entrado detrás mía si que lo hubiera advertido. Desviaba la vista hacia el techo, intentándose convencer a sí misma de que aquello que evitaba mirar era una gigantesca cucaracha y no su hijo muerto.

-A la escuela de medicina de Oregón.

Los pitidos del teléfono cesaron. La voz de un recepcionista me recibió a través del aurícular.

-¿Quién llama?

Le dije con claridad todas las señas que atañían a mi persona.

-Veamos… ah sí. Usted es doctor ambulante en Portland, ¿me equivoco?

-No, tiene razón. Llamo para alertar de una posible epidemia.

-¿Epidemia? ¿Cuántos casos ha detectado y que enfermedad padecen?

-Dos casos de epilepsia idiopática en dos menores, uno de los cuales ya ha fallecido.

-Señor, con el debido respeto. -replicó en un tono socarrón- SÓLO dos casos con síntomas parecidos no es una epidemia, es una casualidad. Y no creo que ningún médico competente en toda américa acepte que la epilepsia es contagiosa. No hay ningún precedente que lo avale.

Fruncí el ceño. Este recepcionista respondón estaba empezando a sacarme de mis casillas.

-Escucheme con atención. No es una mera coincidencia. Ambos pacientes repetían la palabra Sinneslöschen y se comportaban de manera idéntica antes del ataque. Por lo que sé podría haber más enfermos, ¡hágame el favor de ayudarme!

-Lo siento. No estoy dispuesto a perder más tiempo. Quedan muchas cosas serias por hacer.

-¡No se atreva a colgar!

Los pitidos que informan del fin de la llamada fueron los únicos que escucharon mi orden. Coloque el aurícular en su sitio correspondiente con enojo y frustación. Había quedado bastante claro que estaba solo en esto.

Me despedí educadamente de la señora, renunciando al pago que me ofrecía por la visita, y volví a casa dando patadas a una lata mientras pensaba en como estaría Lewis en su casa, si es que seguía vivo.

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