Polybius – parte 5

23 Feb

Despues de recuperar los ánimos y el temple con un suculento plato de cintas carbonara, decidí que el mejor a paso a seguir en mi propósito de descubrir las causas de la extraña enfermedad era visitar al amigo de Lewis, quien le vio sucumbir al desmayo para luego perder la cordura. Revisé el nombre en mi bloc. Nathaniel Hawthorne. Busqué en la guía telefónica el apellido y, de entre las tres posibilidades que se me ofrecían, marque la última.

-¿Quién llama?

-¿Señor Hawthorne? ¿Es usted el padre de Nathaniel?

-¡¿Qué ha hecho el crío?! Se lo ruego, no le denucie, podemos compensarle por lo que quiera que haya ocurrido.

Bingo. Al menos con los números de teléfono tenía suerte.

-No, se equivoca. Quería hablar con su hijo acerca de su amigo Lewis Lillman.

-Ah, el enfermo.

-Efectivamente. ¿Sería mucha molestia que me pasara por su casa a eso de las cinco?

-Esa hora esta bien. Apunte la dirección.

Ya tenía preparado el bolígrafo. Garabateé la dirección junto a la de la señora Brunt.

-Muchas gracias por su tiempo. Que pase una buena tarde, señor Hawthorne.

-Igualmente.

Ya estaba hecho. Ahora debía esperar hasta las cinco. No creía que la visita al amigo de Lewis fuera a arrojar algo de luz en el asunto, pero nada se perdía por probar.

Una vez me recosté en mi butaca, dispuesto a tomarme un merecido descanso, el timbre del teléfono comenzó a sonar. Me levanté y lo cogí, suponiendo que sería el señor Hawthorne queriendo prosponer nuestra cita.

-¿Hola? ¿Estoy hablando con el médico de Portland que identifico dos casos de epilepsia idiopática?

El viento helado que venía por la ventana lamió mis manos. No era el señor Hawthorne el que hablaba.

-Ciertamente sí. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

-Doctor Emil Schneider, para servirle. Me especializo en psiquiatría, concretamente psicopatología; actualmente trabajo en una consulta en Tulsa, Oklahoma.

-Encantado de conocerle. ¿Qué quiere usted de mí?

-En las últimas dos semanas he tenido tres casos de pacientes con ataques epilépticos y hablando en alemán. ¿Le suena de algo?

Mi corazón dio un vuelco. No me equivocaba al hablar de una epidemia, y ya tratabamos con dos focos distantes. El doctor Schneider siguió hablando.

-Además, todos ellos se desmayaron mientras jugaban con una videoconsola.

Videojuegos. La teoría del cambio de color volvía a cobrar fuerza, contando con que tanto Lewis como Dave habían tenido como mínimo contacto con las máquinas recreativas.

-Coincido con usted en un caso. Dave Brunt perdió el conocimiento en una situación idéntica.

-Tal y como supuse. Tenemos que encontrarnos. Estoy en posesión de cierto conocimiento que será de su interés.

-¿Por qué no lo comenta ahora, señor Schneider?

-¡No! ¡La línea no es segura! Es necesario hablar cara a cara.

Su actitud se me antojó paranóica. No me imaginaba a agentes federales pinchando la conversación de un médico barriobajero de Portland.

-Está bien, doctor. Le citaré a través de la escuela de medicina.

-¡Idiota! ¿Cómo crees que me enteré acerca de usted? La escuela se vigila con lupa, amigo. Yo contactaré con usted. Tenga cuidado hasta entonces y no haga movimientos que llamen su atención. Buenas tardes.

-Buenas tardes señor Schneider.

Una vez terminada la conversación ojeé el reloj junto a mi escritorio. Ya era hora de salir a la calle o perdería el autobús hasta el hogar de los Hawthorne.

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