Archivo | mayo, 2012

Muñequita de la luna

24 May

Decenas de muñecas se apilaban en las estanterías de aquella oscura sala. Todas esperaban pacientemente sentadas, sus vestidos de encaje manchados de polvo. Sus ojos inertes brillaban débilmente bajo los rayos de luna que se filtraban por la ventanilla.

 

Y en medio de toda la quietud, una niña de negros cabellos atusaba a una de las muñecas, sus ojos velados por la oscuridad. Su mano blanca acariciaba la fina porcelana de la muñeca con suavidad y ternura. Agradeciendo los cuidados, la muñeca le sonreía, y ella sonreía también. Mientras observaba con delicadeza cada detalle de la muñeca, temiendo que ésta se rompiera si la miraba demasiado intensamente.

 

Una vez terminó de peinar la rubia melena de la muñeca, la niña colocó con dulzura los pliegues de su vestido blanco.

 

-Muñequita, qué hermosa eres. Esperas obediente mi llegada y me dices que me quieres. No hablas con los labios, conversas con el corazón. No tienes vida aquí sino en mi imaginación. ¡Y cuán grácilmente posas! Eres la más bella de todas las cosas.

 

La muñeca escuchaba inexpresiva las palabras de su dueña. La niña miraba fijamente su pupila y temblaba. Su propia oscuridad la había consumido, arrastrándola a lo más profundo de su mente. Ya habían pasado horas, pero para ella nociones como el tiempo se habían convertido  en sinsentidos que no merecían su atención.

 

-Qué envidia, muñequita. Esperando pacientemente mi visita. Nada te sujeta, nada te ata. Sólo te preocupas de la luna y su sonata. Ni siquiera la Muerte te gobierna. Pues tú y sólo tú eres eterna.

 

La niña abrazó a su muñeca. La muñeca le correspondió con un abrazo gélido e inhumano. Un río de lágrimas brotaba ahora tras los párpados de la niña, pero ella fingía no darse cuenta. Una de esas perlas de agua se precipitó contra el rostro de la muñeca. La niña alzó en vilo a la muñeca hasta la altura de su cabeza con una mano mientras le limpiaba con un pañuelo la lágrima recién caída.

 

– Muñequita, no tienes que llorar. Ahora juntas por siempre vamos a estar. Unidas de la mano, al amparo de las tinieblas. Caminando sin miedo entre las brumas y las nieblas. Guiadas por las estrellas, de la noche seremos las doncellas.

 

La niña acomodó a la muñeca en su regazo y la estrechó entre sus brazos con fuerza. Tenía miedo. Miedo a la soledad, miedo a la oscuridad. Miedo al vacío que se cernía sobre ella. Pero se sobreponía a él. Aun conservaba su muñeca favorita.

 

 

Detrás de la niña, una dama blanca se alzaba impasible. Negro su velo, blanca su cara. La luz de luna parecía esquivar su presencia, de manera que un aura sombría aparecía a su alrededor. La dama Muerte se acercó silenciosamente a la niña. La niña tiritaba de puro terror. La Muerte bajó su mano y acarició el pómulo de la niña. Ella abandonó entonces todo miedo y se le serenaron los latidos, en tanto que la dama frígida se llevaba su aliento con un tierno beso.

 

La dama Muerte contempló por largo rato a la niña durmiente y serena. Hacía mucho que ella ya no sentía nada, pero pensó que de ser aún humana, consideraría la escena cuanto menos bella.

 

El sol comenzó a despertar en el horizonte. La Muerte permaneció en la quietud un momento más antes de desvanecerse en el aire como si nunca hubiera existido. En la habitación, las decenas de muñecas persistían en la misma posición que el día anterior. En medio, una nueva muñeca acunaba en su regazo a otra.

Polybius – Parte 7

23 May

El salón de arcade estaba rodeado de un aura brillante y mágica de carteles de neón, que atraían las curiosas miradas de los más jóvenes y les invitaba a pasar a conocer sus misterios. El encanto de la nueva era tecnológica encerrado en las pantallas luminosas y los ruidosos pinball.

Me dispuse a entrar, pero un gigante de dos metros que en ese momento salía colisionó conmigo. Mi maletín cayó al suelo y se abrió con estrépito. De su interior salieron despedidas algunas monedas que se desparramaron por el suelo.

-Disculpe -le dije mientras recogía la calderilla y me la metía en la gabardina- No le había visto.

El gigante no respondió. Vestía un discreto traje negro a juego con una corbata del mismo color y unas gafas oscuras. Tras dirigirme una mirada fulminante (o eso me pareció adivinar tras sus gafas) se dirigió a una furgoneta, curiosamente también de color negro, aparcada a la sombra de los recreativos Astrocade. No le hubiera dado mayor importancia de no ser por las letras plateadas del vehículo. Formaban la palabra Sinneslöschen.

Quise acercarme al hombre de negro para preguntarle acerca de ello, pero el coloso ya había desaparecido en el interior de la furgoneta y arrancado. Tras recuperarme de la impresión, entré en el arcade.

Dentro, varios chavales jugaban abstraídos en las máquinas. Incesantes pitidos se sucedían al ritmo de luces parpadeantes. En el fondo había sentado tras un mostrador un hombre obeso y grasiento que parecía estar al mando de todo. Me dirigí a él.

-Buenos días.

El encargado alzó una mirada pesada y exhibió un sonoro bostezo.

-Si busca la dichosa maquinita, llega tarde. Hace un minuto han venido varios de negro y se la han llevado.

-Perdone la pregunta pero, ¿cómo…?

-¡Ja! Todos vienen a por ella. ¿O acaso ha venido usted a jugar con las maquinitas?

-¿Todos?

-Ya sabe, esos hombres de negro y los técnicos de la empresa esa… la alemana.

-¿Sinneslöschen?

-¡Exacto! Usted no trabaja para ellos, ¿verdad? No hace falta que conteste.

Una vez más, surgía la palabra tabú. Mis sospechas sobre la empresa eran evidentes, pero traté de convencerme a mí mismo de que eran infundadas. Los niños podían haber escuchado el nombre de la compañía en un comercial y por una mera coincidencia había salido a flote de su consciencia durante el ataque epiléptico. Sin embargo, ¿no era mucha casualidad? ¿Hasta qué punto estaban relacionados?

-¿Qué querían?

-Hace cosa de una semana me trajeron un nuevo arcade. Dijeron que era un prototipo y querían probarlo, así que la dejaron en mis recreativos para ver qué tirada tenía; con la condición de que informaría de lo que opinaran los chavales y si pasara algo extraño.

-¿Y pasó?

-Tres niños se desmayaron enfrente de la máquina. Esa cosa tenía algo demoníaco, se lo digo yo.

-¿Tres? ¿Está seguro?

-Completamente. Un chaval de unos 15 años que vino con un amigo suyo, un crío al que esperaba su madre fuera y el pequeño Willy Vance, que suele venir cada tarde.

Asumí que se refería a Lewis y Dave en primer lugar, pero me sorprendió escuchar un nuevo nombre. Y me preocupó.

-¿Ha vuelto Willy Vance aquí desde el incidente?

El dependiente se quedó pensativo un momento antes de contestar.

-Pues ahora que lo dice…

La inquietud invadió mi cuerpo. ¿Y si Willy Vance también estaba enfermo? ¿Y si se estaba debatiendo ahora mismo entre la vida y la muerte? ¿Era ya demasiado… tarde? A mi mente acudió de inmediato la morbosa imagen del inerte cuerpecillo de Dave sobre un charco de sangre.

-¡¿Dónde vive Willy?!

-SE 4th Avenue, portal 6. ¿Le ocurre algo al pequeño Willy?

-¡No hay tiempo para explicaciones!

-Le creo. Tiene usted escrita en la mirada la determinación de un buen hombre. Pero vuelva cuando pueda y explíqueme de qué va todo esto.

-¡Lo prometo!

Y salí corriendo del local a trompicones, con el corazón en un puño y esperándome lo peor.