Archivo | julio, 2012

Polybius – parte 8

30 Jul

No descansé un sólo momento en el trayecto entre los recreativos y 4th avenue. Cada segundo perdido podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte del pequeño. Tras un cuarto de hora legué frente a la dirección que me había indicado el encargado y me permití el lujo de pararme a recuperar el aliento mientras llamaba al timbre. La puerta no tardó en abrirse con un chasquido.

-¿Quería algo?

Ante mí se encontraba una mujer de mediana edad sonriendo. Sin embargo, unas profundas ojeras bajo sus ojos delataban su preocupación. Era evidente que se trataba de la madre de Willy.

-¿Es usted la señora Vance?

-Efectivamente.

-Necesito hablar con usted. Es acerca de Willy.

Súbitamente, su cara se tiñó de pálido y todo esbozo de sonrisa desapareció.

-¡¿Está bien mi hijo?! ¡¿Ha empeorado?!

-¿Cómo? Creía que Willy Vance se encontraba aquí.

La señora Vance me miró fijamente, esforzándose en vano por reconocerme.

-¿Quién es usted?

-Un simple médico de poca monta. Recientemente me he encontrado con dos casos con síntomas idénticos a los que sospecho ha presentado su niño. Me gustaría informarme más acerca de su caso.

-Está bien. Pase adentro, por favor, y espere en la salita. Ahora mismo le recibo con mi marido.

Tomé asiento en un sofá no muy cómodo y releí mi libreta de notas mientras esperaba. Si Willy no estaba aquí es obvio que había sido trasladado ya a una clínica o algo por el estilo. Al menos allí se asegurarían de que no muriera grotescamente como Dave.

Pronto apareció por el pasillo un hombre de mediana edad y barba cuidada que me lanzó una mirada de desconfianza de soslayo. Trate de relajar mi expresión lo más posible para calmarlo.

-Buenos días, señor Vance. Supongo que su mujer ya habrá…

-Mi hijo no está aquí. Lo llevaron a la clínica Sinneslöschen hace dos días.

La interrupción repentina me dejó estupefacto por unos segundos. No me esperaba que Mr. Vance mostrara una personalidad tan cortante ante un desconocido. Aunque la verdad es que mi aspecto descuidado no añadía muchos puntos a mi favor; la única prueba que me acreditaba como profesional competente era un maletín raído que cualquiera podía haber comprado por 20 dólares en la tienda de la esquina.

-Disculpe las molestias ocasionadas, pero me vendría muy bien todo dato…

-¿No me ha oído, señor “médico”? No pienso contestarle a ninguna de sus preguntas.

Traté de contenerme para no soltarle una pulla. Este hombre parecía empeñado en no dejarme acabar una frase. Traté de desvíar el tema con la esperanza de que cediera más adelante.

-Por cierto, ¿y su esposa?

-Haciendo una llamada urgente. Nada de su incumbencia.

Adios a la perspectiva de hablar con alguien más colaborador. Me urgía encauzar la conversación cuanto antes, por que mi interlocutor parecía estar perdiendo la poca paciencia que tenía, si es que tenía alguna.

-Entiendo lo difícil que esta situación es para usted como padre. Trato diariamente con progenitores preocupados por sus chiquillos. Duro, sin duda.

-Deje de hablar como si lo supiera todo. Usted no entiende nada. Váyase cuanto antes.

La señora Vance irrumpió nuevamente en la sala.

-Cariño, ya he terminado con el teléfono. Doctor, espero que podamos servirle de ayuda.

-Oh, no se angustie por ello. ¿Podría usted hablarme de los síntomas que experimentó su hijo?

Era obvio que continuar la conversación con el padre era un callejón sin salida; tal vez su esposa se mostrara más colaboradora. No perdía nada por intentarlo.

-Cómo no.

Sin embargo, nada más empezó a hablar el teléfono de la sala contigua prorrumpió en un canto agudo. Al parecer, el dichoso aparato estaba empeñado en no dejarme mantener una conversación con la señora Vance, quien hizo un amago de levantarse.

-No te preocupes querida. Ya lo cojo yo.

El señor Vance se levantó de su asiento y se encaminó al pasillo. Esperé pacientemente a que su silueta doblara la esquina. He de reconocer que me sentí bastante aliviado al perderle de vista.

-Señora Vance, si puede continuar, por favor…

-Willy se desmayó hace tres días en los recreativos. Fue el encargado quien lo trajo a casa, así que no sé mucho más. Después de eso, Willy comenzó a actuar extraño y a decir cosas raras.

-¿Le dice algo la palabra Sinneslöschen?

-¡Justo eso! ¡Esa es la palabra que repetía sin cesar!

Lo que me temía. La misma historia, cambiando los nombres. Estaba en un punto muerto, sin salida aparente; el único callejón que se abría ante mí me devolvía al principio. Mientras decoraba el nombre de Willy en mi libreta con los mismos síntomas que figuraban junto a Lewis y Dave, el desagradable marido de la señora Vance asomó por la puerta.

-Oiga. Preguntan por un “médico”.

La inesperada frase me dejó anonadado. ¿Quién y cómo sabía que me encontraba aquí? No pude evitar alarmarme al pensar en el siniestro gigantón envuelto en negro que me encontré en los recreativos esperándome al otro lado de la línea.

-Presumo que ese soy yo.

-Acompáñeme.

El teléfono en cuestión se encontraba prácticamente situado en una encrucijada de pasillos que deduje se encontraba en el centro de la casa. Un ventanal que daba a la calle trasera se abría frente al aparato. Cogí el auricular y contesté con un hilillo de voz, mientras sentía que la mirada agria de mi anfitrión se clavaba en mi nuca.

-¿Diga?

-¡Rápido! ¡No tenemos mucho tiempo!

Solté un suspiro de alivio al reconocer la voz del doctor Schneider. Sin embargo, su tono de urgencia me preocupó nuevamente.

-Cálmese, señor Schneider.

-¡Idiota! ¡Cómo cree que sabía que estaba aquí! ¡Acaban de llamar al colegio de medicina delatándole a ellos!

Una lucecita se prendió en mi cabeza. Nada más llegar, el señor Vance me demostró de buen grado lo poco que confiaba en mí. La señora Vance había hecho una rápida llamada que no podía esperar a que me fuera. Quien quiera que me estuviera persiguiendo acababa de recibir una llamada con información sobre mi paradero. Dos más dos suman cuatro. La encantadora pareja me había vendido.

-¡Dése prisa! ¡No sabe cuanto tardaran en llegar!

-Entendido, señor Schneider.

Colgué sin más dilación. El señor Vance me miraba receloso mientras me dirigía hacia la puerta; y sólo la señora Vance, que seguía en la salita, me dirigió la palabra con una sonrisa.

-¿Ya se va? ¿No quiere quedarse y seguir hablando un poco más?

Ni siquiera me digne a contestarla. Las hipócritas son las peores. Abrí la puerta agilmente, deseando salir cuanto antes de este nido de víboras.

Cual fue mi sorpresa al encontrar detrás de la puerta a una mole de hombre vestida de negro y gafas de sol.

Breve historia de amor

27 Jul

Él, un electrón recién separado de su protón tras haber formado un protio durante varios millones de años.

Ella, un positrón que había perdido a su antipartícula en el horizonte de sucesos de un agujero negro.

Se conocieron en algún lugar perdido de la galaxia, donde sólo ellos estaban, aparte de algún bosón mensajero, encargado de poner en contacto partículas lejanas para transmitir fuerza entre ellas.

Entonces supieron que estaban hechos el uno para el otro.

Los dos tenían la misma masa, y a él le sobraba un vistazo para saber que también compartían el espín ½. Y así ella se fue frenando lentamente, dejando decaer su energía y se desmayó entre los brazos de su amado.

Nada más tocarse se fundieron en un positronio, para justo después aniquilarse entre sí.

Y allí donde ellos habían perecido, dos fotones salieron despedidos en direcciones contrarias, anunciando con su fulgor la muerte de los enamorados.