Archive | octubre, 2012

Polybius – Parte 10

20 Oct

El sol era ya nada más que una mancha borrosa sobre el horizonte, batallando con su débil fulgor a las farolas recién encendidas. Mientras tanto yo caminaba alejandome del río, en dirección a la zona residencial. Buscaba una cabina de teléfono.

Me había costado horrores calmarme tras el episodio de la hoguera. El cansancio y el terror me instaban a dejarme caer en el primer banco que viera, pero no podía permitírmelo. Después de todo, Willy había sido asesinado. Y Lewis era el siguiente.

No creía que estuviera aun a tiempo de salvarle. Ellos tenían una furgoneta y yo iba a pie. Incluso puede que el mismo fuego que había devorado a Willy hubiera consumido anteriormente al hijo de los Lillman, traído momentos antes por los hombres de negro. O un segundo equipo que le hubiera despachado de una manera similar. A pesar de ello, tenía que intentarlo. Si los gigantes habían decidido desviarse para visitar al otro niño que se desmayó en los recreativos, Dave, quien yo sabía muerto, aun cabía la posibilidad de que una llamada al padre de Lewis pusiera a salvo al niño.

Apreté un poco el paso, y mi cuerpo se quejó por ello. Finalmente una solitaria cabina telefónica apareció tras una esquina. Abrí la puerta y entré.

Entonces caí en la cuenta de que me había dejado el maletín en el hogar de los Vance. “Maldita sea” me dije, “Mi cartera estaba dentro del maletín”. Escarbé en los bolsillos de mi gabardina en busca de monedas. Un bolígrafo medio gastado y mi libreta de notas fueron mis hallazgos en el bolsillo derecho. Volví a guardarlos y probé suerte en el izquierdo. El frío tacto del metal y un tintineo me aliviaron al instante. Me acordé entonces de que esas monedas se me habían caído del maletín en la entrada de Astrocade y no me había preocupado de guardarlas nuevamente en su lugar.

Cogí 20 centavos y los introduje por la rendija del teléfono. Acto seguido marque el número que tenía apuntado en la libreta junto al nombre de Lewis Lillman.

Los pitidos de la línea no tardaron en desaparecer. Escuche la voz del señor Lillman.

-¿Diga?

-Buenas noches señor Lillman. -respondí sin demora.

-Oh, doctor. Precisamente estaba intentando contactarle. Vamos a prescindir de sus servicios.

Un silencio tenso siguió a su comentario. Parte de mí no quería creerle. No quería creer lo que aquello implicaba.

-¿Cómo dice? He debido haberle escuchado mal.

-No es necesario que se preocupe más por la enfermedad de mi retoño. Por supuesto, le pagaré la consulta de ayer.

-No importa el dinero. ¿Dónde está Lewis?

-Ha sido ingresado en una clínica. Un hombre trajeado vino esta tarde y habló con mi señora. Decía que mi hijo sufría una enfermedad descubierta hace poco y que debía ser tratada en clínica. En un principio mi mujer desconfió, pero cambió de parecer al ver los papeles oficiales del Instituto de Medicina estatal. -el teléfono se me escurrió entre las manos sudorosas. Me di prisa en cogerlo nuevamente- ¿Oiga? ¿Sigue ahí?

-Sí, disculpe. Tengo que decirle… Es difícil de probar pero tengo la sospecha de que los hombres que recogieron a su hijo no eran quienes pretendían ser.

-Entiendo que esté disgustado conque hayamos decidido apartarle de su paciente, pero le prometo que no dejaremos de recurrir a usted en el futuro. Es un buen médico; ya han sido muchas ocasiones en las que nos ha ayudado.

-¡No es por eso!

-Escuche. Es tarde y la cena me espera. Hablaremos mañana si quiere. Adiós, doctor.

-¡No cuelgue!

Pero el señor Lillman lo hizo igualmente.

Volví a introducir mi mano en el bolsillo para rescatar las monedas que habían sobrado. Antes de que pudiera coger ninguna, una sombra se cernió sobre la cabina.

Un hombre que medía dos metros ataviado en negro y con gafas de sol estaba postrado frente a la puerta. Di un grito ahogado mientras abría.

Estaba atrapado. No había posibilidad de huida. Reuní las fuerzas que me quedaban para darle un derechazo en la mejilla, en un intento desesperado. Sus gafas de sol cayeron al suelo, pero no hubo reacción por su parte. Daba la sensación de que le hubiera atizado con un cojín en vez de con el puño.

Entonces vi que no estaba solo. Dos copias exactas aguardaban junto a la furgoneta negra. Me pregunté cómo era posible que ningún ruido me hubiera alertado. Un vehículo no puede ser tan silencioso.

El gigante que tenía ante mí se acercó a la parte trasera de la furgoneta y abrió  las puertas. Luego volvió a mirarme intensamente. Quería que entrara. No tuve más remedio que hacerle caso, pero antes recogí las gafas de sol caídas. Ninguno de los hombres de negro hizo ningún gesto hasta que me metí dentro de la furgoneta. El hombre sin gafas subió conmigo. Los otros dos se montaron en la cabina y arrancaron.

Polybius – Parte 9

14 Oct

No había tiempo para pararse a pensar. Delante de mí había un muro insuperable de huesos y carne; y mi instinto de conservación me advertía a gritos que no me dejara atrapar . Le cerré la puerta al gigante en sus narices.

El señor Vance seguía de pie en el pasillo detrás de mí, pero parecía demasiado sorprendido por mi brusca reacción, así que le aparté de un manotazo y busqué otra salida.

Se oyó un tremendo golpetazo proveniente de la entrada. El hombre de negro había embestido bruscamente contra la puerta y se disponía a intentarlo de nuevo, deduje. El tiempo se acababa.

“Piensa” Me dije a mí mismo “Pero piensa rápido” Entonces me fijé en la ventana junto al teléfono, que debía dar a la calle trasera. ¿Habría algún obstáculo delante?

Pero no tuve tiempo siquiera de hacer la comprobación. Un segundo golpetazo y un crujido me informaron de que el hombre de negro ya había terminado con la puerta y ahora estaba pasando el umbral. Tomé aire, deje que la adrenalina inundara mi cuerpo y comencé a correr en dirección a la ventana.

Al parecer la diosa de la fortuna parecía dispuesta a sonreírme por una vez. Caí suavemente de rodillas en un jardincito trasero con hierba mullida y cuidada. No tardé en incorporarme y salir corriendo hacia el norte, donde el gentío parecía congregarse a celebrar la tarde.

Me pareció advertir en el reflejo de los coches una gigantesca silueta oscura que corría en mi dirección apartando a empujones a los transeúntes circundantes. No me molesté en comprobarlo, y apreté aun más el paso.

Atravesé temerariamente la calle de acera a acera esquivando los vehículos que la recorrían. Uno de ellos tuvo el detalle de recordarme las leyes cívicas con un sonoro bocinazo. Pero en ese momento mi conciencia ciudadana estaba de vacaciones forzadas ante el peligro inminente. Me di la vuelta justo a tiempo para ver como mi perseguidor se salvaba por un pelo de ser atropellado gracias a los reflejos del conductor de un Audi 100 Avant, un modelo nuevo en el mercado.

El accidente había atraído la atención de muchos curiosos, que se interpusieron entre el hombre de negro y yo. No lo dudé y eché a correr como si me persiguiera un tigre de bengala.

Mi huída se prolongó durante media hora más, hasta que  caí en la cuenta de que el aire comenzaba a faltarme en grandes cantidades. Me arrepentí profundamente de no haberme apuntado al gimnasio local cuando tuve ocasión.

La carrera desesperada me había arrastrado al sector industrial junto al río. Respiré agitadamente apoyado en una pared mientras comprobaba aliviado que no había nadie más allí. Pero el alivio no duraría mucho.

Justo en frente mía había una impoluta furgoneta negra que bien recordaba de mi visita a los recreativos. En su lateral se encontraban las mismas letras plateadas que me llevaban largo tiempo dándome quebraderos de cabeza: Sinneslöschen.

Maldije al destino por su peculiar ironía. Huyendo de ellos, he terminado yendo de cabeza a mis perseguidores. Al menos parecía que nadie ocupaba el vehículo; de lo contrario ya hubiera salido a por mí. No obstante, si la furgoneta estaba aquí aparcada quien quiera que la hubiera traído hasta aquí no podía andar lejos y no me quedaban fuerzas para continuar la fuga.

El crepitar de unas llamas me sacó de mis ensimismaciones. Una humareda espesa y negra se alzaba detrás de una nave industrial junto a la furgoneta, de una zona llana probablemente pensada para que los barcos mercantes dejaran con ayuda de grúas su carga.

Sin ninguna razón para ello, al ver el humo se me erizaron los pelos del brazo. Algo siniestro se adivinaba en las formas que articulaba; y juraría de no haber estado al borde del colapso que tenía el aspecto de una calavera.

Podría en ese momento haber permanecido recostado contra la pared hasta reunir las fuerzas necesarias para salir de allí. Pero algo me decía que tal vez esta era la única pista que podría recabar en las actuales circunstancias. Había la vida de dos niños en juego. No era el momento de ponerse a dudar. Así que con esta nueva resolución me acerqué con cautela a la esquina del edificio.

Tras atravesar la puerta de metal, que cedió con un leve empujón al no estar cerrada, me fijé en los containers que parecían un escondite perfecto para acercarse a lo que fuera que produjera el humo. Caminé procurando hacer el menor ruido posible mientras agudizaba el oído. Solo el chisporroteo que produce el fuego rompía el absoluto silencio del atardecer.

Miré por la pequeña apertura que había entre dos containers. Al otro lado, dos hombres contemplaban callados una hoguera de tamaño respetable. Uno de ellos era el gigante de negro que ya prácticamente podía llamar mi perseguidor particular. Y el otro… me froté los ojos sin creer lo que veía. ¿El otro era la misma persona? Sí, no me equivocaba. Eran copias idénticas.

Los siniestros gemelos miraban fijamente a un punto de la hoguera que quedaba fuera de mi línea de visión. Tras cerciorarme de que estaban absortos en las llamas, me atreví a rodear el container por detrás y mirar lo que ellos observaban.

Tuve que esforzarme en reprimir un grito. Entre las llamas carmesíes y el hollín grisáceo se adivinaba una diminuta mano humana que aun no había sido devorada por el fuego. “Willy” Supuse “O lo que queda de él”. No pude evitar sentir pena por los engañados señores Vance, a pesar de que me delataran.

La ceremonia prosiguió por unos minutos más, hasta que la hoguera se apagó al quedarse sin combustible que consumir. Entonces, uno de los hombres de negro comenzó a darse la vuelta lentamente. Yo me sorprendí a mí mismo ocultándome rápidamente con unos reflejos que creía perdidos desde mi adolescencia.

El gigante con gafas de sol se quedo mirando durante unos segundos a mi escondite, hasta que su compañero le hizo un gesto y comenzaron a desplazar las cenizas y los restos óseos del niño hasta el río con un par de escobas. Una vez acabada la tarea, uno de ellos cogió un frasco de su traje y vertió su contenido sobre los rastros del fuego que habían quedado en el suelo. Ningún rastro visible quedaba de la hoguera; de no haberlo visto con mis propios ojos dudaría de que hubiera habido alguna.

Finalmente se montaron en la furgoneta y arrancaron. Me dejé caer hacia delante mientras respiraba profundamente, tratando de calmarme lo antes posible. Pero no me fue posible hasta que deje de oír el motor del vehículo.

¡Le habían matado! ¡A sangre fría y calculadamente! Pensé en un principio que tal vez sí habían intentado salvarle… Pero por dentro sabía que no era así… Y probablemente ahora se estuvieran dirigiendo a casa de Lewis. Tal vez ya hubieran pasado por ahí…

“¿Qué puedo hacer?” Me dije “¿Qué puedo hacer?” Debo admitir, para mi vergüenza, que permanecí tirado en el suelo un buen rato, preso del pánico que me producía la impotencia.

Recomendando: Soñando entre libros

8 Oct

Generalmente aquí es cuando despliego mi (falta de) habilidad literaria para regalaros un pequeño texto/minicapítulo de mi propia mano. Pero hoy vamos a romper con el modelo y voy a descubriros en su lugar un pequeño y modesto blog llamado Soñando entre libros, que hace poco acaba de reavivar su marcha con un poema otoñal que capta completamente la esencia de la estación.

Espero que ha este pequeño post le sigan muchos más, Paloma. Como ya dijiste en tu comentario hace poco, los escritores noveles tenemos que apoyarnos unos a otros. ¡No dejes de escribir!

¿En qué se basa la ética para juzgar las religiones?

8 Oct

Tesis

En la razón. La ética analiza profundamente las motivaciones detrás de una religión, como por ejemplo el cristianismo, junto con sus consecuencias; para después declarar a sangre fría si dicha religión es buena o mala.

 

Argumento

Si las consecuencias de A son malas, A es malo. Simple, ¿verdad? Ojalá el resto lo fuera. Este no es el único factor a ser analizado por la ética para juzgar.

Una cosa a tener en cuenta: el fin NO justifica los medios, por mucho que diga Maquiavelo. Es necesario tener en cuenta también el camino, la senda recorrida para llegar al objetivo deseado. Los siento, no importa cuánto desees que gane tu equipo de baloncesto, ni que si ganáis vayáis a donar el premio a una ONG, no es ético asesinar al mejor jugador del equipo contrario para ello. ¿Por qué razón? Porque matar es malo. Si te matan mueres, c’est fini (con la posible excepción del protagonista de una novela que ha conseguido una inesperada secuela).

También hay que distinguir entre el motivo y las consecuencias. Las consecuencias deben supeditarse al motivo, supuestamente (la intención es lo que cuenta, ¿no?). A lo mejor ese móvil que le regalaste a tu amigo con toda buena intención termina provocándole un cáncer mortal por las radiaciones gamma que emite. Alguien tiene que mantener a los cazadores de mitos trabajando. Para una reflexión más profunda sobre este tema, tan largo y divertido, prueba con mi ensayo “Sobre la suerte moral”, disponible en mi blog (https://plumacreativa.wordpress.com/2012/02/06/sobre-la-suerte-moral/; no, no tiene que ver con los Myth Busters).

La razón es necesaria para diferenciar los aspectos de una misma cosa, y solo cuando todos y cada uno de ellos son éticos podemos llamar a algo bueno. Y no con mucha convicción…

 

Ejemplo

Veamos el ejemplo del cristianismo, paso por paso.

¿Son sus motivos buenos? Sí, o eso quiero creer. Amor al prójimo, paz, y un largo etcétera. Nunca he visto  a un cristiano predicando el mal como objetivo. Otra cosa es la disonancia declaración-acción. Aunque cada uno interpreta el cristianismo como quiere. Y muchos se inventan una incitación a lo considerado malo. Hmmm…

¿Son sus consecuencias buenas? Puede, según consideremos las restricciones culturales que impone, el lastre al desarrollo que conlleva, blablablá. Vale, quizás no tan buenas.

¿Son sus medios adecuados? Depende del creyente. De su fe y su ceguera ante la verdad, que queda eclipsada por el dogma. Nada creado para controlar a estúpidos puede ser inteligente. Bueno o malo, a decisión del lector…

 

Contraargumento

¿Pero qué pasa si preguntamos a un pobre transeúnte escogido al azar si una religión es buena o mala? En el caso de que sea hablador (y no nos culpe mucho por robarle su valioso tiempo) nos dirá que sí o qué no. ¿Y si le preguntamos además, exponiéndonos a su ira, por qué es o no es buena? Pues quelas cosas dejan de ser sencillas. Responderá probablemente con una tautología, o una afirmación dogmática. No es su culpa, está intentando expresar con palabras algo imposible de razonar. Eso es amigos, es un sentimiento. Las distinciones que hace el individuo entre bien y mal en la sociedad actual se basan puramente en emociones, muchas veces expresadas subconscientemente a través de una voz social interior que acepta las convenciones impuestas por el colectivo. Porque el ser humano necesita sentirse integrado.

Desde el frío pensamiento analítico, cualquier punto de vista es justificable: no en vano existe una amplia multiplicidad de paradigmas. De hecho, hay tantas morales como seres conscientes. Nada es absolutamente bueno o malo. Hay matices que varían de persona a persona. Por tanto, la razón no es una herramienta útil a la ética más allá que para distinguir los distintos aspectos de una misma cosa, ya que puede probar puntos de vista contrarios y, por analogía al principio de explosión, demostrar cualquier cosa.

No sé si llamarlo amor

1 Oct

Justo anoche tuve un sueño

Una lágrima se interponía entre los dos

No sé quien es el dueño

No sé si llamarlo amor

 

Se fue la musa

vino la diosa

no puedo pensar en otra cosa

desde que puse en tu mano una rosa

 

Frío como el hielo

Roza la obsesión

No calma mi anhelo

La llama de la pasión

 

¿Qué remedo queda?

Ninguno, estoy perdido

Mi corazón vuela

Y no tiene fijo un destino