Polybius – Parte 10

20 Oct

El sol era ya nada más que una mancha borrosa sobre el horizonte, batallando con su débil fulgor a las farolas recién encendidas. Mientras tanto yo caminaba alejandome del río, en dirección a la zona residencial. Buscaba una cabina de teléfono.

Me había costado horrores calmarme tras el episodio de la hoguera. El cansancio y el terror me instaban a dejarme caer en el primer banco que viera, pero no podía permitírmelo. Después de todo, Willy había sido asesinado. Y Lewis era el siguiente.

No creía que estuviera aun a tiempo de salvarle. Ellos tenían una furgoneta y yo iba a pie. Incluso puede que el mismo fuego que había devorado a Willy hubiera consumido anteriormente al hijo de los Lillman, traído momentos antes por los hombres de negro. O un segundo equipo que le hubiera despachado de una manera similar. A pesar de ello, tenía que intentarlo. Si los gigantes habían decidido desviarse para visitar al otro niño que se desmayó en los recreativos, Dave, quien yo sabía muerto, aun cabía la posibilidad de que una llamada al padre de Lewis pusiera a salvo al niño.

Apreté un poco el paso, y mi cuerpo se quejó por ello. Finalmente una solitaria cabina telefónica apareció tras una esquina. Abrí la puerta y entré.

Entonces caí en la cuenta de que me había dejado el maletín en el hogar de los Vance. “Maldita sea” me dije, “Mi cartera estaba dentro del maletín”. Escarbé en los bolsillos de mi gabardina en busca de monedas. Un bolígrafo medio gastado y mi libreta de notas fueron mis hallazgos en el bolsillo derecho. Volví a guardarlos y probé suerte en el izquierdo. El frío tacto del metal y un tintineo me aliviaron al instante. Me acordé entonces de que esas monedas se me habían caído del maletín en la entrada de Astrocade y no me había preocupado de guardarlas nuevamente en su lugar.

Cogí 20 centavos y los introduje por la rendija del teléfono. Acto seguido marque el número que tenía apuntado en la libreta junto al nombre de Lewis Lillman.

Los pitidos de la línea no tardaron en desaparecer. Escuche la voz del señor Lillman.

-¿Diga?

-Buenas noches señor Lillman. -respondí sin demora.

-Oh, doctor. Precisamente estaba intentando contactarle. Vamos a prescindir de sus servicios.

Un silencio tenso siguió a su comentario. Parte de mí no quería creerle. No quería creer lo que aquello implicaba.

-¿Cómo dice? He debido haberle escuchado mal.

-No es necesario que se preocupe más por la enfermedad de mi retoño. Por supuesto, le pagaré la consulta de ayer.

-No importa el dinero. ¿Dónde está Lewis?

-Ha sido ingresado en una clínica. Un hombre trajeado vino esta tarde y habló con mi señora. Decía que mi hijo sufría una enfermedad descubierta hace poco y que debía ser tratada en clínica. En un principio mi mujer desconfió, pero cambió de parecer al ver los papeles oficiales del Instituto de Medicina estatal. -el teléfono se me escurrió entre las manos sudorosas. Me di prisa en cogerlo nuevamente- ¿Oiga? ¿Sigue ahí?

-Sí, disculpe. Tengo que decirle… Es difícil de probar pero tengo la sospecha de que los hombres que recogieron a su hijo no eran quienes pretendían ser.

-Entiendo que esté disgustado conque hayamos decidido apartarle de su paciente, pero le prometo que no dejaremos de recurrir a usted en el futuro. Es un buen médico; ya han sido muchas ocasiones en las que nos ha ayudado.

-¡No es por eso!

-Escuche. Es tarde y la cena me espera. Hablaremos mañana si quiere. Adiós, doctor.

-¡No cuelgue!

Pero el señor Lillman lo hizo igualmente.

Volví a introducir mi mano en el bolsillo para rescatar las monedas que habían sobrado. Antes de que pudiera coger ninguna, una sombra se cernió sobre la cabina.

Un hombre que medía dos metros ataviado en negro y con gafas de sol estaba postrado frente a la puerta. Di un grito ahogado mientras abría.

Estaba atrapado. No había posibilidad de huida. Reuní las fuerzas que me quedaban para darle un derechazo en la mejilla, en un intento desesperado. Sus gafas de sol cayeron al suelo, pero no hubo reacción por su parte. Daba la sensación de que le hubiera atizado con un cojín en vez de con el puño.

Entonces vi que no estaba solo. Dos copias exactas aguardaban junto a la furgoneta negra. Me pregunté cómo era posible que ningún ruido me hubiera alertado. Un vehículo no puede ser tan silencioso.

El gigante que tenía ante mí se acercó a la parte trasera de la furgoneta y abrió  las puertas. Luego volvió a mirarme intensamente. Quería que entrara. No tuve más remedio que hacerle caso, pero antes recogí las gafas de sol caídas. Ninguno de los hombres de negro hizo ningún gesto hasta que me metí dentro de la furgoneta. El hombre sin gafas subió conmigo. Los otros dos se montaron en la cabina y arrancaron.

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3 comentarios to “Polybius – Parte 10”

  1. jaime13lzq octubre 20, 2012 a 8:49 pm #

    Me averguenza bastante reconocerlo, pero he tenido que echar mano de una de las técnicas más odiadas por el fandom (y con razón): el retcon. Que a grandes rasgos se puede resumir en la frase hecha “Donde dije digo digo Diego”.
    Los cápitulos actualizados son 1, 2 y 7. Siento caer tan bajo, pero creo que aporta bastante a la historia.
    Tal vez antes del siguiente cap de Polybius escriba una historia corta. Ya hace bastante de la última.

    • sebastian marzo 30, 2013 a 8:56 am #

      tenes q continuar con este relato es muy bueno me lo lei todo estoy investigando sobre esto baje el juego lo vi por internet estoy leyendo sobre casos

      • jaime13lzq abril 17, 2013 a 6:54 pm #

        ¡Mil gracias por el comentario!
        Verlo me ha animado a terminar Polybius.
        Intentaré sacar una nueva parte ASAP.

        Au revoir,
        Jaime

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