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Polybius – Parte 11

24 Abr

A través de la ventana observaba como las calles de Portland se iban sucediendo delante mía. Las pocas personas que seguían en la intemperie a estas horas no reparaban en la furgoneta negra, que se deslizaba a través de la tenue luz de las farolas con un susurro mecánico.

Me pregunté adonde estaría siendo llevado mientras notaba la mirada de mi captor clavada en mí como una astilla. El gigante mate se sentaba tranquilo, como si supiera con certeza que no intentaría hacer nada. O que todo lo que pudiera intentar acabaría indudablemente en fracaso.

Le alargué la mano ofreciéndole las gafas de sol que antes había recogido, pero no movió un músculo. Al darme cuenta de que no iba a recogerlas las guardé en mi bolsillo y volví a mirar por la ventana, tratando en vano de ubicar el recorrido del vehículo.

De cuando en cuando atravesábamos zonas que me eran vagamente familiares, pero pronto volvía a perderme. En ese momento contemplaba al final de la calle una oficina de considerable tamaño, que se iba engrandeciendo por momentos según nos acercábamos. Las ventanas del colosal edificio eran pequeñas y deprimentes. Unas luces encendidas delataban la presencia de personas.

La furgoneta paró delante de la oficina. Oí como el conductor bajaba y se acercaba a la parte trasera del vehículo. La puerta se abrió y los dos gigantes, el conductor y quien me acompañaba dentro del vehículo, se quedaron mirándome a través de sus gafas negras, expectantes.

Querían que saliera. Tampoco se me ocurría una opción mejor.

La luz brillante de las farolas me recibió con entusiasmo mudo al salí de la furgoneta de cristales tintados. Ahora podía leer con claridad el letrero encima de las oficinas: Sinneslöschen. A estas alturas no me sorprendía en exceso; sin embargo, pude notar cómo me temblaba la mano dentro del abrigo. Si dijera que se debía al frío mentiría descaradamente.

Reconsideré la idea de escapar, pero los gigantes negros seguían vigilándome en su mutis. Respiré profundamente y me aventuré dentro del edificio, escoltado por mis captores.

Una vez atravesado el umbral de la puerta el que creo había conducido se adelantó y nos guío por un laberinto de pasillos estrechos. Pensé en Lewis, y si seguiría vivo en estos momentos. Finalmente, llegamos a una sala de espera. Los hombres esperaron a que entrara y después cerraron la puerta. Pude oír el sonido del cerrojo cerrándose.

Dentro había un hombre leyendo distraído, sentado encima de una silla de plástico parecida a la que encontrarías en un hospital. Enseguida levantó la vista y habló.

-No te molestes en intentar escapar. Ya he probado todas las salidas.

Le dediqué un breve vistazo a la puerta gris en el otro lado de la habitación, cerrada a cal y canto. Luego centré mi atención en el lector. Su voz me resultaba familiar…

-¡Mister Schneider!

-No parece estar en buenas condiciones, doctor.

El doctor Schneider era un hombre mayor y cano, pero mantenía cierta chispa de actividad. Vestía un traje marrón y gafas pequeñas; no era muy diferente a como lo había imaginado durante las conversaciones telefónicas.

-¿Cómo ha terminado en Portland? Le creía en la escuela de medicina de Salem.

-Nada más terminar de hablar con usted aquella última vez los hombres de negro me recogieron en una camioneta. Llevaban tiempo vigilándome, aunque no esperaba que me cogieran tan pronto.

-¿Qué hemos hecho exactamente para que nos capturen?

-Ser demasiado curiosos. Tal vez hayamos topado durante nuestra investigación con una tapadera que no les conviene que destapemos. -Schneider cerró su libro y lo posó en el asiento contiguo- Hace ya unas semanas dos niños llegaron a mi consulta. Ambos parecían haber perdido la cordura y repetían una palabra que uno de mis ayudantes reconoció como alemana.

Sinneslöschen.

-Exacto. Los tres niños se habían desmayado mientras jugaban en unos recreativos, en la misma máquina. Fisgoneé un poco, y terminé enterándome de que la máquina en cuestión estaba en un tour de prueba por todo Oregón. Telefoneé a los recreativos de ciudades cercanas, y pronto encontré el rastro de la máquina en Oregon City. Una tercera víctima había caído delante de la máquina. El encargado del establecimiento me facilitó las direcciones del pequeño y el nombre de la empresa que produjo el juego. Les había encontrado. El problema, amigo mío, es que ellos también me encontraron a mí.

Trague saliva y me aventuré a preguntar.

-¿Cuál era el nombre del juego?

-Polybius.

Saqué mi libreta. Efectivamente, ese era el nombre que Nathan me había dicho.

De repente, la puerta gris se abrió, revelando a un hombre de negro. Me acerqué, presuponiendo que esperaba que le siguiera, pero me detuvo con un gesto. En mi lugar, el señor Schneider se levantó.

-Soy el primero, parece. De todos modos, ya le he contado lo que le tenía que contar. Espero que nos volvamos encontrar algún día, en circunstancias más favorables. Ha sido un placer, doctor.

-Igualmente, doctor Schneider.

Observé apesadumbrado como Schneider salía del habitáculo con el gigante pegado a su sombra. Cada paso que daba me adentraba un poco más en el miedo. Tuve por seguro que no volvería a verle, que el sitio donde le llevaban sería su tumba, o algo peor. Y yo iba a ser el siguiente en ir a aquel sitio.

El silencio de la sala creció hasta que se hizo opresivo. Vagué de un lado a otro, tratando de reordenar mis pensamientos mientras releía la libreta. Recordé a Willy Vance ardiendo en la hoguera. Recordé a Dave Brunt ahogado con una esponja. Recordé a Lewis Lillman, desaparecido, loco y probablemente muerto.

Después me senté donde antes estaba el doctor Schneider, y me percaté del libro que había dejado en la sala. El título en la portada rezaba: El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft. El escritor me resultaba familiar; probablemente hubiera sido objeto de una moda febril hace poco en Portland, de la que mis pacientes me habían hecho partícipe sin yo saberlo. La cultura nos rodea, y quieras o no termina adhiriéndose, muchas veces en forma de pedazos o nombres que permanecen en la memoria.

Ojeé un poco las páginas del libro. Los márgenes estaban llenos de anotaciones, en su mayoría acerca de la personalidad del escritor. Supuse que el doctor Schneider podía quitarse la bata, pero nunca dejaría de su profesión, la psiquiatría, a un lado.

Me esforcé en dejar la mente en blanco, olvidar la situación en la que estaba y los horrores que había presenciado. Y leí.