Archivo | agosto, 2014

Cazatiempos – Parte 3

29 Ago

Never tenía claro que hacer. Apenas se vio a sí mismo salir de la sala, buscó a alguien persiguiendo a su doble. Tardó tres segundos en encontrarlo, y dos en reconocerlo. Era el policía de Moscú, haciendo gala de su tenacidad rayana a la cabezonería. ¿Cómo le habrían encontrado? Más tarde debía procurar averiguarlo.

Ahora, debía parar a ese hombre. Así que gritó.

-¡El de la gabardina, que se espere!

El poli se paró en el acto, y se giró para verle. Never reprimió una sonrisa y ensayó su mejor cara de “Oh, mierda. Qué acabo de hacer”. Eso le haría confiarse.

De la gabardina salió una pistola lista para dispararse, que le apuntó al pecho. Esto iba mejor de lo que Never se imaginaba que iba a pasar. El muy idiota acababa de sacar una pistola en mitad del “Ninho de víboras”.

-Deténgase ahora mismo. Y ni piense en utilizar el cazatiempo. El mío también está cargado. Sería una pérdida de tiempo romper una hora hacia atrás solo para volver a encontrar mi cara esperándole, ¿no cree?

Never ni se molestó en contestar, sino que miró a Armando Valencia, diciéndole con un gesto “¿No vas a hacer nada? ¿Vas a dejar que salga impune?”. Si sus deducciones eran correctas, el mafioso no iba a tolerar que nadie menoscabara su autoridad sacando un arma en su territorio. Armando Valencia se levantó para plantar cara al detective.

-¿Se puede saber quién demonios tiene los cojones necesarios para apuntarme a la cara?

Y ahora que Armando Valencia va a ocuparse de su problemilla en su lugar, era el momento propicio para desaparecer de la escena. El detective se había colocado hábilmente entre su mesa y las dos salidas, pero aún podía aprovechar el acceso al segundo piso para confundirse entre la muchedumbre y deslizarse cinco minutos hacia atrás sin que nadie se diera cuenta, en una de las salas privadas preferiblemente. De ahí solo tendría que salir por la puerta como había visto hacer a su yo futuro mientras su yo pasado distraía al detective.

Utilizar un cazatiempo sin incurrir en paradojas era complicado, un desafío intelectual que pocos tenían el privilegio de acometer y aún menos superaban satisfactoriamente. Para los estándares de los viajeros, Never era aún un amateur en el arte del deslizamiento temporal. Había obtenido su cazatiempo un año atrás, y lo primero que había logrado era hacer estallar la bolsa neoyorquina en el plazo de una semana, quedando él en posesión de una considerable fortuna a la que lamentablemente le habían cortado el acceso la división de cazatiempos cuando algún economista puso las piezas juntas y llegó a la conclusión de que la crisis financiera era obra de un criminal temporal. Never había sido descuidado y no se había preocupado de esconder las pistas que apuntaban hacia él.

-En efecto… -dijo el detective. Y, con esas palabras mágicas, cuatro pistolas le apuntaron a la cabeza. Never salió corriendo hacia las escaleras, reconociendo una oportunidad única.

Sin pararse a mirar atrás, escaneó las puertas hasta encontrar una con el cartel de libre: la segunda por la derecha prometía estar vacía. Con el tacto manipuló el cazatiempo de su bolsillo y se preparó para deslizarse cinco minutos hacia atrás.

Nada más abrir la puerta, Never se encontró de bruces con el detective. Un disparo rasgó el aire.

En ese momento, el cazatiempo abrió la puerta del tiempo, arrastrando a Never cinco minutos hacia atrás. Y Never se encontró frente a una puerta cerrada, sorprendido de no tener un nuevo agujero en la nariz.

16:27

Ese había sido un fallo importante, olvidar que el detective tenía su propio cazatiempo. Por supuesto, era imposible que le hubiera disparado y le hubiera incapacitado, o no habría visto a su yo futuro salir del garito ileso; pero muchas otras cosas podrían haber ido mal.

Never bajo las escaleras y huyó por la puerta del fondo, observando de paso a su yo pasado en la mesa, estupefacto al verle. Nunca lograba acostumbrarse a ver sus dobles futuros. Aun sabiendo que iba a pasar, siempre le pillaban con la guardia baja.

Según dejaba el local en el horizonte, se escuchó el jaleo del que solo puede ser causa un tiroteo. Never sintió una leve punzada de pena por el detective cuyo cadáver mañana estaría en una fosa del Atlántico, pero claro: él mismo se lo había buscado.

Una vez Never se cercioró de que estaba lo suficientemente lejos del local, completó la última parte del plan. Eran las 16:54, y ya se había deslizado cinco minutos hoy. El cazatiempo tenía una carga máxima de una hora, que se recargaba periódicamente cada día. Eso le dejaba con 55 minutos, que utilizó para deslizarse inmediatamente.

15:59

Never se lamentó internamente. Hubiera preferido quedarse con cinco minutos en el cazatiempo en caso de algún improvisto, pero no podía arriesgarse a causar una paradoja. Había oído algunas historias acerca de la gente que rompía el espacio-tiempo, y no eran historias con final feliz precisamente. Rápidamente sacó su móvil y busco en el correo el mensaje que había recibido a las 16:00, dándole a reenviar en el mismo instante que el cazatiempo indicaba esa hora.

10 M; 3-7 + 2-A, 4-7; 5.000.000.

1630 ф

Recibido a las 16:00

En la décima mano repartida, Full de sietes ases contra póker de sietes, sube hasta 5.000.000 de dólares. A las 16:30 hay problemas. Eso significaba el mensaje.

Armando Valencia era un hombre de honor. Comprendería por qué Never debió ausentarse y dejaría la apuesta ingresada en su cuenta. Probablemente. De todas maneras, más tarde lo averiguaría.

Ahora una pregunta rondaba por la cabeza de Never. ¿Cómo le habían localizado?

Cazatiempos – Parte 2

22 Ago

Roy Redshirt estaba cansado de su trabajo. Para ser justos, él adoraba ser un detective temporal. Las persecuciones a través del tiempo y la creatividad necesaria para usar el cazatiempo le realizaban. No era un trabajo apto para cualquiera, y estaba orgulloso de lo bueno que era haciéndolo. El problema eran los criminales a los que cazaba. Por alguna razón que se le escapaba, no comprendían que las reglas estaban ahí para protegerles, no para cohibirles. De los diez últimos delincuentes con los que había tratado, nueve habían acabado en un psiquiátrico. No puedes jugar con el tiempo sin que tu cerebro irremediablemente lineal termine friendo algún circuito. Maldita sea, estaba seguro de que él mismo daría con sus huesos en un manicomio antes de jubilarse.

No obstante, no era el momento de quejarse, sino de actuar. Un viajero del tiempo ilegal, cuya pista llevaba siguiendo un año, había sido localizado en Fortaleza, Brasil, donde ahora estaba Roy. La última vez que se encontró su rastro, hará cuatro meses, estaba en Moscú, donde le había perseguido a través de las calles heladas y de las fracturas del tiempo. A pesar de haber contado con el factor sorpresa, le había conseguido superar, engañándole para que se quedara sin tiempo en el cazatiempo. Y ahora que conocía su cara no se dejará sorprender tan fácilmente.

Un mensaje de la centralita hizo pitar el móvil de Roy. Acababan de interceptar un correo dirigido al ilegal, escrito por él mismo:

10 M; 3-7 + 2-A, 4-7; 5.000.000

1630 ф

Recibido a las 16:00

El correo en sí no le decía nada, pero el ilegal lo había mirado en su móvil, y había sido fácil localizarle. Se encontraba en una sala de juego en las afueras. Redshirt no perdió un segundo y condujo el coche que había alquilado raudo hacia el sitio indicado.

Diez minutos después estaba allí. Antes de entrar en la sala de juego, comprobó rutinariamente que su pistola estaba cargada con los tranquilizadores reglamentarios. El cazatiempo, que aparte de servir para rasgar el tiempo era un reloj excepcional, indicaba que eran las 16:30.

La sala de juego estaba dividida en dos pisos. Arriba había habitaciones privadas con mesas para que los clientes pudientes jugaran a gusto. Abajo estaban las mesas públicas, donde se juntaban desconocidos e intentaban vaciarse los bolsillos mutuamente.

Lo primero que Roy Redshirt hizo nada más haber escaneado por primera vez el lugar es situar las salidas. Por donde acababa de entrar era la más obvia; y al final del salón se adivinaba una segunda salida. Y un hombre que por complexión se correspondía al ilegal se dirigía apresuradamente hacia ella. Jackpot.

-¡El de la gabardina, que se espere!

Antes de que Roy pudiera iniciar la persecución, un hombre de una mesa de póker se levantó y le paró de un grito. Era el ilegal, vestido con un inmaculado traje blanco, y ahora lucía en su cara un gesto de reconocimiento y estupidez que decía “Oh, mierda. Qué acabo de hacer”. Roy sonrió para sus adentros. El muy idiota se había entregado sin darse cuenta.

Redshirt desenfundó en un rápido movimiento y le apunto al pecho, donde de seguro no fallaría.

-Deténgase ahora mismo. Y ni piense en utilizar el cazatiempo. El mío también está cargado. Sería una pérdida de tiempo deslizarse una hora hacia atrás solo para volver a encontrar mi cara esperándole, ¿no cree?

Uno de los clientes sentado en la mesa junto al ilegal se levantó y miró desafiantemente a Roy. La cicatriz de su cara parecía arder con ira contenida.

-¿Se puede saber quién demonios tiene los cojones necesarios para apuntarme a la cara?

-Roy Redshirt, división de Cazatiempos. Tengo autoridad federal para disparar el arma si alguien se interpone en mi camino, señor. Le recomiendo que se haga a un lado.

-Eres poli. Me estás diciendo que eres un jodido madero.

Un escalofrío recorrió la espalda de Roy. Algo le daba mala espina…

-En efecto…

Inmediatamente, cuatro armas de cuatro lugares distintos de la sala se alzaron para apuntarle. Roy Redshirt se había metido en un nido de víboras, y ahora corría peligro de ser mordido.

Cazatiempos – Parte 1

15 Ago

Cinco hombres tensos centraban su atención en el tapete sobre el cual cinco cartas de la baraja francesa relucían, jugando a un juego que cualquier aficionado a las apuestas reconocería como Poker Texas Hold’em. Sólo dos conservaban las cartas en la mano, indicando que seguían en la ronda. El resto se había acobardado al ver como las apuestas escalaban a un ritmo alarmantemente rápido, y ahora respiraban la tensión reflejada en la cara de los que apostaban.

-Veo tu apuesta, y subo otro millón de dólares –Dice aquel quien según sus pintas y los rumores que le acompañan allá donde vaya es uno de los capos más peligrosos de la mafia mexicana. Desde luego, la pistola que cuelga de su cinto y la cicatriz que le cruza la cara avalan la historia.

Neil Verdant, que arrastra desde pequeño el apodo de Never, le sostiene la mirada durante un calculado momento. Siempre se necesita fingir un poco de sorpresa. No le era conveniente que los otros empezaran a ver cabos sueltos; alguno podría intentar atarlos. Con un poco de teatro se asegura de que su oponente vea la perla de sudor que le cuelga de la frente. A continuación, dejando que le tiemble la voz lo suficiente como para que los otros se den cuenta, pero no tanto como para que se note el engaño, dice:

-Acepto.

Se juegan cinco millones de dólares americanos, cada uno. Las transferencias de dinero se realizan de forma instantánea a través de transferencias bancarias entre las cuentas suizas privadas de cada jugador. Si a la hora de pagar uno de los partícipes no le quedaba dinero en la cuenta para pagar al ganador de la ronda, se estaría metiendo en un problema muy gordo. Un problema del que se suele salir mojado y con los pies fraguados en cemento.

Never no tenía cinco millones de dólares en su cuenta. Dudaba de que le quedaran siquiera cien dólares; sin embargo, no tenía intención de dejar que sus compañeros de mesa lo descubrieran. Pensaba ganar esta mano, perdón, sabía que iba a ganar esta mano.

-Muy bien. –El supuesto mafioso reveló sus cartas. –Full House de sietes y ases.

En este momento Never debía empezar a fingir alivio, para eliminar por completo cualquier sospecha que pudieran tener sobre su persona, pero la tentación de mantener la farsa hasta el final era demasiado grande. ¿Y qué sentido hay en ser un genio manipulador si no te permites un capricho de cuando en cuando? Never decidió dar un descanso a su fiel paranoia salvavidas para comenzar a acelerar su respiración.

El hombre de la cicatriz no tardó en percatarse.

-¿Por qué vacilas? Enseña tu mano. –Dijo en una voz imperativa y cortante.

-Es-espera.

-No voy a repetirlo. –Los jugadores de la mesa escucharon el clic distintivo que produce cuando le quitas el seguro a una pistola.-Tienes tres segundos. Piensa rápido.

Ahora esto que era divertido. Aún así, mejor no tentar más a la suerte. Había oído que su oponente tenía fama de ser poco paciente.

-Poker de sietes. La mano es mía.

Never alzó la vista y encontró la mirada del mafioso. Sus fingidos nervios se habían trocado en una sonrisa confiada. El mexicano le miraba gravemente, como contemplando las opciones que tenía.

Un piloto de emergencia se encendió en la mente de Never. Acababa de vacilar a Armando Valencia, a quien se atribuían más de cincuenta homicidios. El propio delincuente había afirmado al comienzo de la partida que eso no era sino una cifra exagerada. Exageradamente baja.

Los otros tres hombres se miraban nerviosos, esperando al momento propicio para poner pies en polvorosa. Y, de repente, Armando Valencia, estalla en una carcajada sonora.

-He de reconocer, señor Dumas (nombre falso, por supuesto), que por un momento le he tenido por un tramposo sin dinero, metiendo las narices donde no le llaman. –“Y no le quepa duda”, parecía decir mientras recolocaba el seguro, “de que en ese caso me hubiera encargado personalmente de hacerle un par de nuevos agujeros en el cuerpo”.

Never disfrutó con las caras de perplejidad que exhibían los otros tres apostadores, hasta que reparó en un hombre corriendo al fondo del salón de juego. Permaneció por unos segundos estupefacto, hasta que puso sus pensamientos en orden.

El hombre que salía apresuradamente del salón era él mismo. Y eso significaba que era hora de poner tierra de por medio.

Polybius – Parte 12

6 Ago

No consigo recordar cuanto tiempo pasé leyendo. No quería levantar la vista la vista del libro y encontrarme nuevamente en las oficinas de Sinneslöschen. Pero nada podía hacer para evitar el paso del tiempo; finalmente la puerta gris volvió a abrirse.

Un hombre de negro guiaba al doctor Schneider cogiéndole los hombros. No lograba comprender que pasaba. Schneider estaba con la mirada perdida, en un estado catatónico; su rostro carecía de la vida que había reconocido en él antes de que se lo llevaran. Locura era lo que mostraban sus ojos, pero una locura inanimada, que le apartaba de la realidad en vez de tergiversarle la percepción y la razón. Como si hubiera sufrido una… pérdida de los sentidos.

Traté de hablarle, pero no reaccionaba. Simplemente me ignoraba, junto al resto del universo. Ambos hombres salieron de la sala de espera, el gigante guiando a Schneider.

Les seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ellos. Entonces, oí como alguien se aclaraba la voz. Delante de la puerta gris se alzaba otro coloso imponente, al que reconocí por el hecho de que no llevara gafas como el resto. Al parecer había entrado después de Schneider, pero de una manera tan silenciosa y furtiva que ni siquiera había reparado en su presencia hasta que quiso hacerse notar.

El hombre abrió la puerta gris y ladeo ligeramente la cabeza, dándome a entender que mi turno había llegado. Me levante con parsimonia tras dejar el libro donde Schneider lo abandonó, imaginándome quién o qué me esperaba dentro.

Recorrí un largo y oscuro pasillo que daba a un despacho de tamaño medio, decorado al estilo minimalista. Lo único que destacaba dentro de la habitación era un ordenador, y un hombre tecleando en él. El ordenador era un modelo nuevo que había visto en algún anuncio televisivo; el hombre era de unos treinta años, con rasgos marcados y gafas de pasta.

El hombre de negro volvió por el pasillo, y yo tomé asiento. Sentí como la tensión iba en crescendo cada vez que el ratón era clicado. Pensé que el hombre no se había dado cuenta de mi persona, así que me dispuse a saludarle. Antes de que ningún sonido saliera de mi boca él comenzó a hablar.

-Supongo que querrá saber qué demonios está pasando, ¿me equivocó, señor médico?

-¿Quién…?

-¿Soy yo? –Completó rápidamente mi interlocutor- Ed Rotberg, director de Sinneslöschen; aunque la administración no es mi fuerte, sino la ingeniería de software.

La voz de Rotberg era calmante, especialmente en contraste con los siniestros y mudos gigantes de negro. Sin embargo, no podía olvidar que esto no era una entrevista de trabajo; era un secuestro en toda regla.

-¿Por qué estoy preso aquí?

-¿Preso? –dijo levantando una ceja- Nada más lejos de la realidad. Mandé a mis colegas a buscarle para felicitarle por el trabajo con los chicos enfermos, ya para poder explicarle toda la verdad. Me disculpo sinceramente si mis trabajadores le han ocasionado algún problema.

¿Mentía? No podía saberlo a ciencia cierta. No obstante, la curiosidad pudo al orgullo y la prudencia.

-¿Cómo está relacionado Sinneslöschen con los enfermos?

Ed Rotberg apoyó los codos sobre el escritorio y cruzó las manos.

-En primer lugar, deberá saber a qué nos dedicamos. Nosotros somos una rama independiente de una gran empresa de videojuegos. Como tales, nos dedicamos a la industria del entretenimiento.

-Y ustedes desarrollaron Polybius.

-Veo que ha investigado algo por su cuenta. Sí, efectivamente. Polybius es nuestro primer juego. En su fase de desarrollo consistía en escapar de un laberinto, pero finalmente nos decidimos por un shooter con naves espaciales. Pensábamos que así venderíamos más.

-Por favor, continúe.

-Durante la producción todo iba bien. Hasta que llegó la hora de probar el juego. Varios de los “beta testers” experimentaron migrañas y otras molestias menores tras jugar. En un principio lo achacamos a cansancio ocular; después de todo es gente que se gana la vida jugando delante de una pantalla. Así que ignoramos completamente el pormenor y comenzamos un tour por Oregón para probar la máquina en distintos recreativos, preguntando por feedback a los dueños de los distintos arcades.

-¿Qué ocurrió?

-Un niño se desmayó delante del videojuego en Eugene. Lo apuntamos en un informe como un añadido, sin darle mayor importancia. Como usted comprenderá, los datos que nos interesaban eran las ventas. Pero volvió a suceder, varias veces más.

-¿Qué causaba los desmayos?

-Varios médicos que examinaron a los niños coincidieron en que era una epilepsia causada por cambios de color muy bruscos, así que intentamos recuperar la máquina para sustituir los gráficos cuanto antes.

¿Eso era todo? ¿Tenía razón desde un principio? ¿Ataques epilépticos sin más? Rotberg siguió hablando:

-Para cuando nos dimos cuenta del error la máquina ya estaba en Portland, donde tres niños cayeron.

-Lewis, Dave y Willy. ¿Qué ocurrió con ellos? –pregunté.

-Respecto al pequeño Dave, creo que su madre recurrió a usted antes de que pudiéramos encontrarle. Y ya sabe lo ocurrido. –Contuve una arcada al pensar en la esponja y el cadáver- Los otros dos niños fueron transportados a un hospital psiquiátrico por mis hombres, con todos los gastos pagados.

Mentía. Había visto con mis propios ojos como quemaban a Willy. ¡¿Qué clase de tratamiento macabro era aquel?! Mientras, Ed Rotberg me miraba con una media sonrisa en la cara.

-Espero que todo haya quedado aclarado. Muchas gracias por su venir hasta nuestras oficinas. Y no se preocupe más por los niños; yo me encargaré personalmente de que reciban la mejor de las atenciones.

A continuación exploté. No logro recordar con precisión qué palabras utilicé, y en caso de recordarlas no estoy muy seguro de que me gustaría ponerlas en este informe. En cualquier caso, di rienda suelta a mis emociones. Durante todo momento el empresario me miró impasiblemente, y dejó con parsimonia las gafas sobre la mesa.

-Usted está muy estresado. –Afirmó- Por fortuna, sé cómo solucionar eso. –Rotberg tecleó un par de veces en el teclado y luego escarbó en un cajón hasta sacar algo: un joystick.- Sería una pena que se fuera sin probar el juego que comenzó este disparate, ¿no cree?

Empuje la silla con mis brazos, apartándome instintivamente de la pantalla que Rotberg giraba.

-No hace falta tanta precaución. Ya nos encargamos de corregir los gráficos, no debería haber problema con una partida corta.

Sin dignarme a dirigirle la palabra, me levanté y me dispuse a salir. No obstante, un gigante me salió al paso, bloqueando la puerta.

-Tal vez no me ha entendido bien. –dijo Rotberg- Juegue.

Amedrentado por el tono imperativo, me senté de nuevo.

Rotberg enchufó el controlador al ordenador de sobremesa y ejecutó un programa. En la pantalla ladeada apreciaba la pantalla de inicio de un videojuego, reminiscente de las que había en las máquinas de Astrocade. El empresario giró la pantalla hacia mí.

-Creo que no me equivoco al afirmar que usted no es un aficionado a los recreativos. –Rotberg tomó mi silencio enojado como una corroboración. Me esforzaba todo lo posible por mantener el ceño fruncido y hacerles ver que pensaba que esto era una pérdida total de tiempo, pero mi pulso acelerado amenazaba con hacerme temblar y delatarme. -Las instrucciones, señor médico, son sencillas. Esta palanca mueve la nave –el hombre acompañó sus palabras de una demostración- este botón sirve para disparar las armas de la nave; aunque esto es una beta y no están implementados aún enemigos, así que no será de mucho uso. Por último, si toca una pared el juego acaba. –Rotberg dirigió la nave contra una pared a propósito y, en efecto, una exhibición de fuegos artificiales indicaban que la nave había reventado.- Game Over.

A continuación, el hombre volvió a ladear la pantalla y pulsó alguna combinación de teclas; un menú titulado “funciones ocultas” apareció en la computadora. Las opciones que se desplegaban bajo ese menú no pude apreciarlas con claridad. Me entregó el joystick.

-Su turno. Mientras usted disfruta de nuestro juego, yo tengo unos asuntos que atender. Estoy seguro de que no le gustaría retenerme. –Ed Rotberg sonrió para sí mismo, convencido de que había dicho algo muy divertido. Traté de dedicarle una mirada de desprecio, pero no pude. Tenía un nudo hecho en el estómago, incapacitándome. Quería gritar y salir corriendo. Una mirada hacia la puerta obstruida por el matón me dejó claro que mi intento sería en vano.

Ed Rotberg salió. El hombre de negro me indicó con un gesto que empezara la partida y se dio la vuelta. Tragué saliva.

Polybius, rezaba el título. El juego que había causado, al menos, dos muertes en Portland. Era también fácil asumir que el Schneider al borde de la locura que había visto salir de las oficinas era producto de este maldito juego. Y yo era su siguiente víctima.

Sus gráficos eran brillantes; y aunque tantos cambios de color eran como un mazazo en mi cabeza cansada algo hipnótico me invitaba a no apartar la mirada. La música era estridente y casi alienígena.

Necesitaba un plan, y lo necesitaba en breve, antes de que mi amigo de negro se impacientara y me sometiera a una sesión de juego al más puro estilo de la Naranja mecánica. “¿Podría fingir que juego mientras miro hacia otro lado?”, contemplaba en silencio. La pantalla brilló ante mis ojos, como riéndose de mi vana esperanza. “¿En serio crees poder aguantar sin mirarme? He sido diseñado para ser mirado, y un solo vistazo basta para que no puedas apartar la cabeza demí.”, parecía decirme. Sin embargo, había gente que había mirado sin consecuencias. Nathan había jugado antes que Lewis, y los hombres de negro por fuerza habían tenido que mirar las pantallas del juego en alguna ocasión.

Claro, puede que sólo afectara a los niños. Después de todo, los menores son más sensibles a esta clase de ataques epilépticos. ¿Y Schneider? Tal vez el juego del despacho de Rotberg, esta beta que había llamado, fuera más potente. Rotberg había jugado, pero antes de que trasteara con ese menú de funciones ocultas. Después había salido sin demora del cuarto; evidentemente no quería someterse a la influencia del juego. ¿Y el guardia que me habían dejado? ¿Por qué arriesgarse a dejar la puerta abierta y poder echar un vistazo accidental al juego? Un vistazo no sería suficiente para provocar la reacción, entonces.

Volví a pensar en Nathan. Había estado mirando la pantalla mientras Lewis jugaba, con casi total seguridad, y aun así había resultado impune. ¿Por qué? ¿Qué le protegía?

Una idea me cruzó la cabeza. Era posible que… Supongo que no me quedaba otra. Esperaba estar en lo cierto.

Lentamente, procurando no hacer ruidos que alertaran al guardia, me llevé las manos al bolsillo.

En la entrada, el impasible guardia advirtió la música que señala el comienzo de una nueva partida.