Polybius – Parte 12

6 Ago

No consigo recordar cuanto tiempo pasé leyendo. No quería levantar la vista la vista del libro y encontrarme nuevamente en las oficinas de Sinneslöschen. Pero nada podía hacer para evitar el paso del tiempo; finalmente la puerta gris volvió a abrirse.

Un hombre de negro guiaba al doctor Schneider cogiéndole los hombros. No lograba comprender que pasaba. Schneider estaba con la mirada perdida, en un estado catatónico; su rostro carecía de la vida que había reconocido en él antes de que se lo llevaran. Locura era lo que mostraban sus ojos, pero una locura inanimada, que le apartaba de la realidad en vez de tergiversarle la percepción y la razón. Como si hubiera sufrido una… pérdida de los sentidos.

Traté de hablarle, pero no reaccionaba. Simplemente me ignoraba, junto al resto del universo. Ambos hombres salieron de la sala de espera, el gigante guiando a Schneider.

Les seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ellos. Entonces, oí como alguien se aclaraba la voz. Delante de la puerta gris se alzaba otro coloso imponente, al que reconocí por el hecho de que no llevara gafas como el resto. Al parecer había entrado después de Schneider, pero de una manera tan silenciosa y furtiva que ni siquiera había reparado en su presencia hasta que quiso hacerse notar.

El hombre abrió la puerta gris y ladeo ligeramente la cabeza, dándome a entender que mi turno había llegado. Me levante con parsimonia tras dejar el libro donde Schneider lo abandonó, imaginándome quién o qué me esperaba dentro.

Recorrí un largo y oscuro pasillo que daba a un despacho de tamaño medio, decorado al estilo minimalista. Lo único que destacaba dentro de la habitación era un ordenador, y un hombre tecleando en él. El ordenador era un modelo nuevo que había visto en algún anuncio televisivo; el hombre era de unos treinta años, con rasgos marcados y gafas de pasta.

El hombre de negro volvió por el pasillo, y yo tomé asiento. Sentí como la tensión iba en crescendo cada vez que el ratón era clicado. Pensé que el hombre no se había dado cuenta de mi persona, así que me dispuse a saludarle. Antes de que ningún sonido saliera de mi boca él comenzó a hablar.

-Supongo que querrá saber qué demonios está pasando, ¿me equivocó, señor médico?

-¿Quién…?

-¿Soy yo? –Completó rápidamente mi interlocutor- Ed Rotberg, director de Sinneslöschen; aunque la administración no es mi fuerte, sino la ingeniería de software.

La voz de Rotberg era calmante, especialmente en contraste con los siniestros y mudos gigantes de negro. Sin embargo, no podía olvidar que esto no era una entrevista de trabajo; era un secuestro en toda regla.

-¿Por qué estoy preso aquí?

-¿Preso? –dijo levantando una ceja- Nada más lejos de la realidad. Mandé a mis colegas a buscarle para felicitarle por el trabajo con los chicos enfermos, ya para poder explicarle toda la verdad. Me disculpo sinceramente si mis trabajadores le han ocasionado algún problema.

¿Mentía? No podía saberlo a ciencia cierta. No obstante, la curiosidad pudo al orgullo y la prudencia.

-¿Cómo está relacionado Sinneslöschen con los enfermos?

Ed Rotberg apoyó los codos sobre el escritorio y cruzó las manos.

-En primer lugar, deberá saber a qué nos dedicamos. Nosotros somos una rama independiente de una gran empresa de videojuegos. Como tales, nos dedicamos a la industria del entretenimiento.

-Y ustedes desarrollaron Polybius.

-Veo que ha investigado algo por su cuenta. Sí, efectivamente. Polybius es nuestro primer juego. En su fase de desarrollo consistía en escapar de un laberinto, pero finalmente nos decidimos por un shooter con naves espaciales. Pensábamos que así venderíamos más.

-Por favor, continúe.

-Durante la producción todo iba bien. Hasta que llegó la hora de probar el juego. Varios de los “beta testers” experimentaron migrañas y otras molestias menores tras jugar. En un principio lo achacamos a cansancio ocular; después de todo es gente que se gana la vida jugando delante de una pantalla. Así que ignoramos completamente el pormenor y comenzamos un tour por Oregón para probar la máquina en distintos recreativos, preguntando por feedback a los dueños de los distintos arcades.

-¿Qué ocurrió?

-Un niño se desmayó delante del videojuego en Eugene. Lo apuntamos en un informe como un añadido, sin darle mayor importancia. Como usted comprenderá, los datos que nos interesaban eran las ventas. Pero volvió a suceder, varias veces más.

-¿Qué causaba los desmayos?

-Varios médicos que examinaron a los niños coincidieron en que era una epilepsia causada por cambios de color muy bruscos, así que intentamos recuperar la máquina para sustituir los gráficos cuanto antes.

¿Eso era todo? ¿Tenía razón desde un principio? ¿Ataques epilépticos sin más? Rotberg siguió hablando:

-Para cuando nos dimos cuenta del error la máquina ya estaba en Portland, donde tres niños cayeron.

-Lewis, Dave y Willy. ¿Qué ocurrió con ellos? –pregunté.

-Respecto al pequeño Dave, creo que su madre recurrió a usted antes de que pudiéramos encontrarle. Y ya sabe lo ocurrido. –Contuve una arcada al pensar en la esponja y el cadáver- Los otros dos niños fueron transportados a un hospital psiquiátrico por mis hombres, con todos los gastos pagados.

Mentía. Había visto con mis propios ojos como quemaban a Willy. ¡¿Qué clase de tratamiento macabro era aquel?! Mientras, Ed Rotberg me miraba con una media sonrisa en la cara.

-Espero que todo haya quedado aclarado. Muchas gracias por su venir hasta nuestras oficinas. Y no se preocupe más por los niños; yo me encargaré personalmente de que reciban la mejor de las atenciones.

A continuación exploté. No logro recordar con precisión qué palabras utilicé, y en caso de recordarlas no estoy muy seguro de que me gustaría ponerlas en este informe. En cualquier caso, di rienda suelta a mis emociones. Durante todo momento el empresario me miró impasiblemente, y dejó con parsimonia las gafas sobre la mesa.

-Usted está muy estresado. –Afirmó- Por fortuna, sé cómo solucionar eso. –Rotberg tecleó un par de veces en el teclado y luego escarbó en un cajón hasta sacar algo: un joystick.- Sería una pena que se fuera sin probar el juego que comenzó este disparate, ¿no cree?

Empuje la silla con mis brazos, apartándome instintivamente de la pantalla que Rotberg giraba.

-No hace falta tanta precaución. Ya nos encargamos de corregir los gráficos, no debería haber problema con una partida corta.

Sin dignarme a dirigirle la palabra, me levanté y me dispuse a salir. No obstante, un gigante me salió al paso, bloqueando la puerta.

-Tal vez no me ha entendido bien. –dijo Rotberg- Juegue.

Amedrentado por el tono imperativo, me senté de nuevo.

Rotberg enchufó el controlador al ordenador de sobremesa y ejecutó un programa. En la pantalla ladeada apreciaba la pantalla de inicio de un videojuego, reminiscente de las que había en las máquinas de Astrocade. El empresario giró la pantalla hacia mí.

-Creo que no me equivoco al afirmar que usted no es un aficionado a los recreativos. –Rotberg tomó mi silencio enojado como una corroboración. Me esforzaba todo lo posible por mantener el ceño fruncido y hacerles ver que pensaba que esto era una pérdida total de tiempo, pero mi pulso acelerado amenazaba con hacerme temblar y delatarme. -Las instrucciones, señor médico, son sencillas. Esta palanca mueve la nave –el hombre acompañó sus palabras de una demostración- este botón sirve para disparar las armas de la nave; aunque esto es una beta y no están implementados aún enemigos, así que no será de mucho uso. Por último, si toca una pared el juego acaba. –Rotberg dirigió la nave contra una pared a propósito y, en efecto, una exhibición de fuegos artificiales indicaban que la nave había reventado.- Game Over.

A continuación, el hombre volvió a ladear la pantalla y pulsó alguna combinación de teclas; un menú titulado “funciones ocultas” apareció en la computadora. Las opciones que se desplegaban bajo ese menú no pude apreciarlas con claridad. Me entregó el joystick.

-Su turno. Mientras usted disfruta de nuestro juego, yo tengo unos asuntos que atender. Estoy seguro de que no le gustaría retenerme. –Ed Rotberg sonrió para sí mismo, convencido de que había dicho algo muy divertido. Traté de dedicarle una mirada de desprecio, pero no pude. Tenía un nudo hecho en el estómago, incapacitándome. Quería gritar y salir corriendo. Una mirada hacia la puerta obstruida por el matón me dejó claro que mi intento sería en vano.

Ed Rotberg salió. El hombre de negro me indicó con un gesto que empezara la partida y se dio la vuelta. Tragué saliva.

Polybius, rezaba el título. El juego que había causado, al menos, dos muertes en Portland. Era también fácil asumir que el Schneider al borde de la locura que había visto salir de las oficinas era producto de este maldito juego. Y yo era su siguiente víctima.

Sus gráficos eran brillantes; y aunque tantos cambios de color eran como un mazazo en mi cabeza cansada algo hipnótico me invitaba a no apartar la mirada. La música era estridente y casi alienígena.

Necesitaba un plan, y lo necesitaba en breve, antes de que mi amigo de negro se impacientara y me sometiera a una sesión de juego al más puro estilo de la Naranja mecánica. “¿Podría fingir que juego mientras miro hacia otro lado?”, contemplaba en silencio. La pantalla brilló ante mis ojos, como riéndose de mi vana esperanza. “¿En serio crees poder aguantar sin mirarme? He sido diseñado para ser mirado, y un solo vistazo basta para que no puedas apartar la cabeza demí.”, parecía decirme. Sin embargo, había gente que había mirado sin consecuencias. Nathan había jugado antes que Lewis, y los hombres de negro por fuerza habían tenido que mirar las pantallas del juego en alguna ocasión.

Claro, puede que sólo afectara a los niños. Después de todo, los menores son más sensibles a esta clase de ataques epilépticos. ¿Y Schneider? Tal vez el juego del despacho de Rotberg, esta beta que había llamado, fuera más potente. Rotberg había jugado, pero antes de que trasteara con ese menú de funciones ocultas. Después había salido sin demora del cuarto; evidentemente no quería someterse a la influencia del juego. ¿Y el guardia que me habían dejado? ¿Por qué arriesgarse a dejar la puerta abierta y poder echar un vistazo accidental al juego? Un vistazo no sería suficiente para provocar la reacción, entonces.

Volví a pensar en Nathan. Había estado mirando la pantalla mientras Lewis jugaba, con casi total seguridad, y aun así había resultado impune. ¿Por qué? ¿Qué le protegía?

Una idea me cruzó la cabeza. Era posible que… Supongo que no me quedaba otra. Esperaba estar en lo cierto.

Lentamente, procurando no hacer ruidos que alertaran al guardia, me llevé las manos al bolsillo.

En la entrada, el impasible guardia advirtió la música que señala el comienzo de una nueva partida.

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