Cazatiempos – Parte 2

22 Ago

Roy Redshirt estaba cansado de su trabajo. Para ser justos, él adoraba ser un detective temporal. Las persecuciones a través del tiempo y la creatividad necesaria para usar el cazatiempo le realizaban. No era un trabajo apto para cualquiera, y estaba orgulloso de lo bueno que era haciéndolo. El problema eran los criminales a los que cazaba. Por alguna razón que se le escapaba, no comprendían que las reglas estaban ahí para protegerles, no para cohibirles. De los diez últimos delincuentes con los que había tratado, nueve habían acabado en un psiquiátrico. No puedes jugar con el tiempo sin que tu cerebro irremediablemente lineal termine friendo algún circuito. Maldita sea, estaba seguro de que él mismo daría con sus huesos en un manicomio antes de jubilarse.

No obstante, no era el momento de quejarse, sino de actuar. Un viajero del tiempo ilegal, cuya pista llevaba siguiendo un año, había sido localizado en Fortaleza, Brasil, donde ahora estaba Roy. La última vez que se encontró su rastro, hará cuatro meses, estaba en Moscú, donde le había perseguido a través de las calles heladas y de las fracturas del tiempo. A pesar de haber contado con el factor sorpresa, le había conseguido superar, engañándole para que se quedara sin tiempo en el cazatiempo. Y ahora que conocía su cara no se dejará sorprender tan fácilmente.

Un mensaje de la centralita hizo pitar el móvil de Roy. Acababan de interceptar un correo dirigido al ilegal, escrito por él mismo:

10 M; 3-7 + 2-A, 4-7; 5.000.000

1630 ф

Recibido a las 16:00

El correo en sí no le decía nada, pero el ilegal lo había mirado en su móvil, y había sido fácil localizarle. Se encontraba en una sala de juego en las afueras. Redshirt no perdió un segundo y condujo el coche que había alquilado raudo hacia el sitio indicado.

Diez minutos después estaba allí. Antes de entrar en la sala de juego, comprobó rutinariamente que su pistola estaba cargada con los tranquilizadores reglamentarios. El cazatiempo, que aparte de servir para rasgar el tiempo era un reloj excepcional, indicaba que eran las 16:30.

La sala de juego estaba dividida en dos pisos. Arriba había habitaciones privadas con mesas para que los clientes pudientes jugaran a gusto. Abajo estaban las mesas públicas, donde se juntaban desconocidos e intentaban vaciarse los bolsillos mutuamente.

Lo primero que Roy Redshirt hizo nada más haber escaneado por primera vez el lugar es situar las salidas. Por donde acababa de entrar era la más obvia; y al final del salón se adivinaba una segunda salida. Y un hombre que por complexión se correspondía al ilegal se dirigía apresuradamente hacia ella. Jackpot.

-¡El de la gabardina, que se espere!

Antes de que Roy pudiera iniciar la persecución, un hombre de una mesa de póker se levantó y le paró de un grito. Era el ilegal, vestido con un inmaculado traje blanco, y ahora lucía en su cara un gesto de reconocimiento y estupidez que decía “Oh, mierda. Qué acabo de hacer”. Roy sonrió para sus adentros. El muy idiota se había entregado sin darse cuenta.

Redshirt desenfundó en un rápido movimiento y le apunto al pecho, donde de seguro no fallaría.

-Deténgase ahora mismo. Y ni piense en utilizar el cazatiempo. El mío también está cargado. Sería una pérdida de tiempo deslizarse una hora hacia atrás solo para volver a encontrar mi cara esperándole, ¿no cree?

Uno de los clientes sentado en la mesa junto al ilegal se levantó y miró desafiantemente a Roy. La cicatriz de su cara parecía arder con ira contenida.

-¿Se puede saber quién demonios tiene los cojones necesarios para apuntarme a la cara?

-Roy Redshirt, división de Cazatiempos. Tengo autoridad federal para disparar el arma si alguien se interpone en mi camino, señor. Le recomiendo que se haga a un lado.

-Eres poli. Me estás diciendo que eres un jodido madero.

Un escalofrío recorrió la espalda de Roy. Algo le daba mala espina…

-En efecto…

Inmediatamente, cuatro armas de cuatro lugares distintos de la sala se alzaron para apuntarle. Roy Redshirt se había metido en un nido de víboras, y ahora corría peligro de ser mordido.

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