Archive | septiembre, 2014

El papel del coro en la Antígona de J. Anouilh

19 Sep

La tragedia de Antígona se cierra con la última piedra que la sepulta. Creón vive su propia penitencia con la muerte de su familia. Y, detrás de ambos, se encuentra el omnipresente coro, orquestando la obra; dirigiendo desde las sombras la música fatal de un entierro que aún no ha ocurrido y probablemente nunca ocurrirá.

Cuesta concebir a una Antígona sin Creón o incluso sin el personaje que da nombre a la obra, pero el anónimo coro parece prescindible. No obstante, Anouilh reinterpreta su papel, convirtiéndolo en el pegamento que mantiene unida la obra, así como el metrónomo que dirige su compás.

En la Antígona original de Sófocles el coro intercede en la obra por los espectadores, actuando como el público ideal. Además, ayuda a guiar la opinión del público: cuando los espectadores se han identificado con el coro, convierten en suyos sus comentarios.

Sófocles expresa los temas clave de la tragedia a través de los cantos corales; Anouilh opta por reducir estos cantos a reflexiones, más breves pero no menos profundas.

Anouilh incluye en su Antígona cuatro intervenciones del coro que marcan el ritmo de la obra. El coro es comúnmente identificado con la voz del autor, con el público y/o el colectivo de Tebas en otras ocasiones. Incluso unos pocos críticos dicen que es un mero guiño al coro original, una reproducción nostálgica del coro de la era clásica, sin una función concreta[1]. En mi opinión, el coro de Anouilh aglutina estas funciones y otras más, alternándolas y combinándolas en cada aparición.

Primero lo vemos disfrazado de prólogo. Comienza la obra dirigiéndose directamente al espectador, sin preocuparse de la cuarta pared que los separa, para introducirnos uno a uno a los personajes[2]. Podemos ver que él es omnisciente; conoce a la perfección a todos los personajes y su papel, además de lo que piensan. Finalmente relata el marco narrativo: la tragedia de Eteocles y Polinice, seguida del edicto de Creón prohibiendo enterrar el cadáver del mal hermano.

Desde un primer momento el prólogo se separa del resto de personajes y se incluye en el público[3]. Esto explica que muchos críticos lo identifiquen con el papel del colectivo de espectadores. Sin embargo, esto es insuficiente. ¿Cómo conoce, entonces, lo que va a pasar en la obra? Uno podría decir que Anouilh escribe su obra para un público culto y conocedor de la tragedia clásica; la historia hasta el momento no difiere de la escrita por Sófocles.

Sin embargo, recordemos su omnisciencia. El prólogo conoce hasta el último detalle, además de los pensamientos de los personajes. Sabe como Hemón se declaró a Antígona[4]. Conoce los miedos de la protagonista[5]. Adivina sin esfuerzo la razón que hay detrás de la soledad que aísla al mensajero[6]. Sólo existe en la obra una persona que esté al tanto de todos los detalles que la componen, y esta persona es el propio autor. Por ello identifico, al menos en esta parte, al prólogo con el autor.

La siguiente intervención del prólogo ocurre tras la llegada de Jonás, el primer guardia, a palacio, para informar a Creón de que alguien se ha atrevido a romper su ley. Su discurso funciona perfectamente a la hora de dividir la introducción y el nudo de la obra, acompasando de esta manera la pieza. A continuación procede a realizar una divagación metaliteraria acerca de las tragedias, que termina apresuradamente cuando Antígona vuelve a entrar en escena, esta vez apresada por los guardias[7].

Viendo cómo dirige el transcurso de la obra, parece lógico volver a afirmar que el coro representa de nuevo al autor. Sin embargo, el autor no puede robarles la escena a los personajes, ni arrojarse a una reflexión espontánea durante una representación. Opino que aquí el coro es Anouilh, y no sólo en su faceta de autor. Comienza narrando; pero pronto trasciende dicha faceta y asciende a filósofo. Se entrega a su abstracción hasta que el Anouilh autor le vuelve a interrumpir, no tomando el mando, sino introduciendo a Antígona[8]. El Anouilh filósofo se retira sin ofrecer resistencia; aquello que quería decir ya ha sido dicho, es hora de continuar la tragedia.

Después de que Antígona sea condenada por Creón e Ismena cambie su opinión (aunque demasiado tarde) el coro hace su tercera aparición. Al contrario que en las anteriores ocasiones, el coro toma un papel activo, interactuando directamente con Creón, criticándole[9] y exhortándole a perdonar a su sobrina[10]. A su vez, Creón le contesta, defendiendo su decisión. Seguidamente entra en escena Hemón, quien discute con su padre. El coro sigue hablando con Creón, buscando una alternativa a la muerte de Antígona. Pero su esfuerzo es fútil; Creón sabe que no puede hacer ya nada.

En esta escena el coro parece estar cumpliendo la función de intermediario entre Creón y un colectivo. Podemos descartar que esta muchedumbre sean los habitantes de Tebas, ya que ellos mismos claman por la sangre de Antígona[11] cegados por el poder del rey y un posible anhelo de orden. El coro sería entonces representante del público, a cuyo lado permaneció durante sus dos primeras intervenciones y ahora actúa según lo que Anouilh les ha llevado a pensar, implorando a Creón que cambie su destino, que trueque la tragedia en un drama con esperanza.

¿Por qué no es ya el escritor, como anteriormente? La respuesta es la siguiente: el autor, quien aunque como ser humano esté obligado a querer salvar su personaje, no puede contravenir el dictado de muerte que pronunció, a través de los labios del prólogo, al principio de la obra. Con ello no niego que en este momento el coro pueda representar la faceta humana de Anouilh, aquella que le une al público.

Otra interpretación posible consistiría en identificar al coro con un espectro, fruto de la locura de Creón, proveniente de la carga del Estado. Esto explicaría por qué Creón es el único que se dirige al coro. Anouilh representaría entonces en su diálogo una lucha interna, entre el Creón que antes intentaba salvar a Antígona y el rey tirano que la condena. Pero en cierta ocasión Creón y el coro hablan en presencia de Hemón[12]. Si el coro fuera una alucinación del rey resultaría extraño que Hemón no comentara nada al ver a su padre hablar solo. Por supuesto, no sería el único elemento que se aleja de la realidad en el libro (recordemos la actitud extravagante de Antígona) ni el último (verbigracia, el discurso sobre la rivalidad entre el sargento y el guardia).

La última intervención del coro tiene lugar tras la muerte de la heroína y cierra la obra, en reminiscencia de cómo la abrió. Primero habla al espectador, informándole del final de la tragedia de Antígona y del comienzo de la de Creón. Después habla con el mensajero, dejándole a él narrar lo acontecido en el pozo. Creón aparece; el coro suplanta al mensajero como corresponsal de malas noticias e informa al rey del suicidio de Eurídice. Finalmente, cierra con un último discurso acerca de Antígona, de la muerte y de la indiferencia de los guardias.

En esta última aparición se conjugan todos los papeles que el coro ha desempeñado a lo largo de la obra. Su primera línea la dice como narrador, distanciado; pero luego se mezcla en la obra y escucha al mensajero. En mi opinión, él escucha representando a la corte, especialmente a Eurídice. Luego, como ya he dicho, sustituye al mensajero, relevándole del papel que le entregó al principio; tal vez el autor considera que el mensajero ya ha cumplido. Le sigue un recordatorio siniestro a Creón de su soledad en la cima, de lo que le ha costado la condena de Antígona[13]. Vuelve a ser autor, recapitulando brevemente la tragedia; y, como en la segunda intervención, se convierte en filósofo. Pero sus últimas tres frases[14] son más que divagación: son denuncia; una llamada a la acción dirigida al espectador, instándole a concienciarse en lugar de pasar la vida como los guardias, sin cuestionar su existencia ni el poder que la autoridad tiene sobre ellos.

En síntesis, el coro es prólogo y cierre; es autor, filósofo, un poco poeta, crítico literario y social; es el pueblo de Tebas, la corte del palacio y los espectadores; es un guiño al pasado, una divagación del presente y un revolucionario adelantado a su época; y es, indudablemente, Anouilh. Todos estos aspectos se abstraen y concentran en este enigmático personaje, que dota la obra de un aura mágica, misteriosa.

Podemos imaginar sin duda, como decía al principio de este ensayo, una Antígona sin coro. Pero, desde luego, no la Antígona de Anouilh, en la que el coro juega un papel fundamental.

Bibliografía

Fuentes primarias:

  • ANOUILH, Jean. Antígona. Traducción de Aurora Bernárdez. Buenos Aires, 2009. 1ª edición. 202 pp.
  • SÓFOCLES. Antígona. Grecia, 442 a.C. Disponible online en [http://www.ciudadseva.com/textos/teatro/sofocles/antigona.htm] Última consulta el 12 de mayo de 2013.

Fuentes secundarias:

  • GIL, Luis. Transmisión mítica. Barcelona, 1975. Planeta.
  • VICO, Ramón. Temática popular en la Antígona de Sófocles y en algunas de sus recreaciones en la Europa del siglo XX: J.M. Peman, S. Espriu, J. Dantas, J. Anouilh, J. Cocteau y B. Brecht. Granada, 2012. Universidad de Granada.

[1] GIL, Luis. Transmisión mítica, pp. 80-81. “Su función [la función del coro] (…) es casi nula. Ni como parte activa de la narración, ni como espectador ideal, ni como portavoz del ideario del autor, salvo en lo que atañe a sus puntos de vista en crítica literaria.”

[2] No puedo evitar comparar este comienzo con aquel de El teatro del mundo, de Pedro Calderón de la Barca, en el que Dios reparte los papeles que les toca interpretar a cada actor. La diferencia radica en que en Antígona los papeles ya han sido repartidos, y el prólogo se limita a indicarnos el elenco.

[3]ANOUILH, Jean. Jezabel. Antígona. p. 125. El prólogo: […] de todos nosotros, que estamos aquí muy tranquilos mirándola, de nosotros, que no tenemos que morir esta noche.

[4] Ibídem, p. 126. El prólogo: […] Hemón fue a buscar a Antígona que soñaba en un rincón, como en este momento, rodeando las rodillas con los brazos, y le pidió que fuera su mujer.

[5] Ibídem, p. 125. El prólogo: […] Piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir.

[6] Ibídem, p. 127. El prólogo: […] Aquel muchacho pálido, el que está allá, en el fondo, soñando pegado a la pared, solitario, es El mensajero. Él vendrá a anunciar la muerte de Hemón dentro de un rato. Por eso no tiene ganas de charlar ni de mezclarse con los demás.

[7] Ibídem, p. 156. El coro: […] ¡Y, por último, nada queda por intentar! (Entra Antígona, empujada por guardias.) Ahora empieza. Han detenido a la pequeña Antígona. La pequeña Antígona podrá ser ella misma por primera vez.

[8] Ver nota 8.

[9] Ibídem, p. 186. El coro: Estás loco, Creón. ¿Qué has hecho?

[10] Ibídem, p. 186 El coro: ¡No dejes morir a Antígona, Creón! Todos llevaremos esa llaga en el costado durante siglos.

[11] Ibídem, p. 188. Creón: La multitud ya lo sabe, aúlla alrededor del palacio.

[12] Ibídem, p. 189 El coro: ¿No se puede ganar tiempo, hacerla escapar mañana?

Creón: La multitud ya lo sabe, aúlla alrededor del palacio. No puedo.

Hemón: Padre, la multitud no es nada. Tú eres el amo.

[13] Ibídem, p. 201. El coro: Y ahora estás completamente solo, Creón.

[14] Ibídem, p 202. El coro: No queda más que los guardias. A ellos todo esto les da lo mismo; no es harina de su costal. Continúan jugando a las cartas…

Cazatiempos – Parte 4

5 Sep

Roy Redshirt estaba en un lío. Cuatro pistolas le amenazaban. Uno de los tiradores estaba en el piso de arriba, dos en sendas salidas y el último estaba sentado en la mesa desde la cual el hombre de la cicatriz le miraba con superioridad.

Con el rabillo del ojo vio como el ilegal se escabullía al piso superior, donde le perdió la pista.

-Se acabó el juego, madero. –Dijo el hombre de la cicatriz- Tienes tres segundos. Piensa rápido.

Redshirt siguió su consejo. Con un súbito movimiento se arrojó debajo de la mesa que más cerca suya estaba. El hombre de la mesa, el único que tenía ángulo de tiro para darle, se dispuso a finarle, pero un disparo tranquilizador proveniente de la mesa siguiente le derribó.

El hombre de la cicatriz trató de desenfundar rápidamente para disparar a Roy mientras identificaba a la nueva amenaza, pero Roy no se lo permitió, disparando con precisión a su pecho desde su barricada improvisada. A continuación manipuló el cazatiempo con destreza, y desapareció cinco minutos hacia atrás.

16:27

Los cinco hombres de la mesa se miraban intensamente mientras jugaban al póker.

-Veo tu apuesta, y subo otro millón de dólares –Dijo el hombre de la cicatriz.

Roy Redshirt se cercioró de que nadie le había visto, y esperó al momento propicio para arrastrarse sigilosamente hasta la mesa siguiente. Una vez allí, repitió la operación. Nadie le había visto. Perfecto. Se escondió un poco mejor y espero cuatro minutos, sin quitarle la vista de encima al ilegal en la mesa.

-¡El de la gabardina, que se espere! –Exclamo el ilegal, dándole pie a Roy para apuntar al hombre de la pistola en la mesa de juego mientras la atención se centraba en él y en su doble del pasado.

Esta vez Roy se fijó atentamente en la ruta del ilegal, y justo cuando le vio entrar en la segunda puerta a la derecha, oyó la señal:

-Se acabó el juego, madero. Tienes tres segundos. Piensa rápido.

Roy disparó inmediatamente. Y mientras su yo pasado despachaba al mafioso de la cicatriz, manipuló su cazatiempo. 45 minutos debería ser suficiente.

15:47

Roy Redshirt salió de la puerta del tiempo para encontrarse acorralado entre las piernas de varios jugadores. Con esto no había contado.

-Ey Ted –Oyó- estive aqui esperando quase 10 minutos. Começamos a jogar?

Roy no sabía hablar portugués, pero si italiano, y a duras penas entendió el sentido general de la frase. Dando gracias al latín por haberse dividido en lenguas tan parecidas, Roy echó un ojo al cazatiempo. Diez minutos en la batería.

Roy se deslizó 9 minutos hacia atrás, esperando que eso fuera suficiente.

15:38

No había moros en la costa. Roy salió de debajo de la mesa y se encaminó discretamente hacia el piso superior. El personal apenas le dedico una mirada de curiosidad antes de seguir con su trabajo. No se aguantan muchos años trabajando en el “Ninho de víboras” si haces muchas preguntas.

Roy entró en la segunda puerta a la derecha. Después esperó pacientemente, atento siempre a los sonidos que venían del otro lado de la puerta.

A las 16:27 escuchó algo. Preparó su pistola y se acercó a la puerta, pero no se abrió. El ilegal iba a abrir la puerta, estaba seguro. Pasos se alejaron de delante de la puerta, y Roy bajó la pistola.

-¡El de la gabardina, que se espere! –Roy oyó esto por tercera vez a las 16:31. Roy volvió a apuntar a la puerta y contuvo la respiración. Medio minuto después, el manillar de la puerta giró, y Roy apretó el gatillo.

El disparo se perdió en el aire.

El ilegal había debido de deslizarse justo al abrir la puerta. Una bombilla se iluminó en la cabeza de Roy. Ha huido a las 16:27, cuando Roy oyó los pasos alejarse de su puerta. Y a él solo le quedaba un minuto en el cazatiempo. Había sido superado. Otra vez.

Conteniendo un gruñido, Roy Redshirt salió del habitáculo. Toda la atención del local estaba centrada en el piso inferior, donde un segundo tiro derribaba al mafioso de la cicatriz. Al parecer, el tiro fallido de Roy había sido camuflado por el tiro que había hecho antes. Era una buena oportunidad.

Sin vacilar, localizó al tirador del piso superior y le despachó. Ahora sí que le habían visto. Los pistoleros de las entradas intercambiaron gestos y se dividieron las tareas: uno revisó las mesas donde Roy había hecho los deslizamientos y las encontró vacía para su asombro, mientras que el otro apuntaba al Roy del piso superior.

-¡Se ha dividido! –Exclamo un asombrado jugador. Y efectivamente, al otro lado del piso estaba un doble de Roy, moviéndose hacia el Roy actual. El detective sonrió mientras ejecutaba una de sus jugadas favoritas.

El pistolero de abajo dudó un momento al ver como su enemigo se multiplicaba ante sus ojos, momento que fue aprovechado por el Roy actual para inutilizarle con un tranquilizador.

Seguidamente, Roy se cruzó con su doble y se dirigió adonde le había visto aparecer. El último pistolero ya había abandonado la búsqueda debajo de las mesas y se disponía a dispararle. Perfecto.

Cuando oyó el pistoletazo activo el cazatiempo, deslizándose el último minuto de batería.

16:35

Y Roy Redshirt sonrió mientras hacía de cebo para que su doble pasado, al otro lado del piso, le colocara un tranquilizador en el pecho a uno de los dos pistoleros. A continuación se cruzó con su doble y apunto con calma al último matón, esperando a que disparara el primero para apretar el gatillo.

Se hizo el silencio en la sala. Los pocos clientes y personal que aún permanecían allí se miraban unos a otros, indecisos.

-Muy bien caballeros. Se acabó el espectáculo. Quien no quiera ser interrogado puede salir. –Y al ver que todos se quedaban paralizados añadió- Ahora.

La muchedumbre rompió en una huida caótica, en la que cada uno trataba de poner a salvo su pellejo. Haciendo caso omiso, Redshirt extrajo su teléfono de la gabardina y llamó a su contacto en la división.

-Detective Redshirt al habla. Necesito una limpieza en el local “Ninho de víboras”. Cinco detenidos por obstrucción a la autoridad y amenaza a un agente de la ley. –murmullo- Sí, el informe estará listo mañana. –murmullo. Roy se mordió los labios mientras miraba a la mesa donde su burlador había estado jugando, lanzándole una amenaza a través del tiempo- No. El ilegal ha logrado escapar. Ignoro su paradero.

“Juro, sabandija, que esta es la última vez que se la juegas a Roy Redshirt.”

En la otra punta de la ciudad, un coche se para a recoger a un autoestopista. Después de un cordial saludo y un soborno para comprar el silencio del conductor, el autoestopista se acomoda en el asiento y comienza a jugar con un cazatiempo, saboreando la dulce victoria.