Archivo | enero, 2015

Un grito de socorro desde la república independiente de mi casa

10 Ene

Me encontraba yo tranquilamente gozando del compendio de infinita sabiduría que me ofrecía Internet. ¡Bendita tecnología! La curiosidad es ahora el único límite para acceder a cualquier información.

Sin embargo, pronto una turbia amenaza hizo peligrar mi apacible calma: mi hermano pequeño, con quien mantenía una relación más o menos fraterna, irrumpió en mi cuarto con la discreción de una manada de elefantes furiosos; y por si la interrupción no hubiera bastado, me exigió que cesara de inmediato toda actividad informática y le dejara mi puesto privilegiado frente a la computadora.

Lejos de perder los estribos, le pedí con educación que me ofreciera algún motivo razonado para ello. La expresión estúpida y pueril con la que me deleitó me llevó a deducir que carecía de éste, o que si por el contrario tenía un argumento, era del tipo “porque lo digo yo” que desgraciadamente tan común se ha vuelto en los tiempos que corren.

Continué, pues, con mi epopeya gnóstica particular, pero mi hermano, lejos de rendirse, dejó claro que si los expertos habían dictaminado que el silencio absoluto no existe, era a causa y sazón de él. He de reconocer que mi paciencia, por lo general infinita, comenzaba a flaquear. Me abstuve de utilizar la violencia o cualquier tono amenazante, y le invité amablemente a salir de mi cuarto.

Milagrosamente me hizo caso, pero sólo para volver minutos más tarde, y esta vez, acompañado por el juez, jurado y verdugo del gobierno doméstico: mi madre, con quién me unía una relación menos fraternal que con mi hermano, y más materno-filial.

Trataré de reproducir con la mayor fidelidad posible cómo acaeció nuestra conversación

  • ¡Niño! ¡Deja al pequeño!
  • Discúlpeme, querida progenitora, pero no veo ningún motivo para ello; ¿o es que acaso hago daño a alguien? ¿Hay algún aquejado por alguna extraña enfermedad que agrave por momentos mientras yo trato de compilar información?
  • Llevas jugando toda la tarde. Deja jugar al hermanito AHORA.
  • Más, ¿por qué hacerlo?
  • Porque es lo justo.
  • ¿Qué es lo justo? No lo veo yo así… Ahora estoy obligado a acatar una autoridad que se me impuso desde mi nacimiento, sin darme opción ni pedirme opinión. ¿Con qué derecho se alza entonces esta justicia?
  • Mi techo, mis normas. Y si no te gusta, emancípate.
  • Nunca hubo una elección por mi parte que te otorgara poder sobre mí. Tu gobierno puede ser legal, pero no es en absoluto legítimo.
  • Mira que puedes ponerte pedante, caray.
  • ¿Pero no te das cuenta del absurdo? Perpetramos, generación tras generación, un modelo familiar reminiscente de la infame dictadura; cuando en los panfletos electorales hablamos del sacro Estado de la democracia.
  • NI PEROS NI PERAS.
  • ¡Ah, mujer vil! ¡Ahora amenazas mi derecho a la libre expresión, el último resquicio de libertad que me queda en este ambiente opresor y degenerado! ¡No silenciaras mi pluma! ¡Defenderé mis ideales hasta mi último aliento!

Y así me apresuré a redactar esta pieza de texto, en la que vuelco mi esperanza de acabar con la injusticia. Huelga decir, por supuesto, que la escribo desde el móvil, y no desde el ordenador.

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Reina de corazones

1 Ene

-He traído conmigo un paquete de cartas –dijo el mago a la par que extraía de su americana dicho paquete- Sobra decir que son cartas mágicas.

“Estas cartas resultan ser nueves de picas, que he cogido de distintas barajas. Tenemos un nueve, el segundo, el tercero -El público miraba expectante como el mago pelaba el paquete carta por carta mientras contaba. Todos agudizaban la vista, esperando detectar un movimiento sospechoso, un hábil juego de manos destinado a engañarles- el cuarto y… una reina de corazones. Esta carta –señaló a la reina- es el corazón y alma de toda baraja. Pronto tendréis ocasión de verla en acción; por ahora, recordadla mientras vemos el resto de cartas del paquete. –La reina paso entre sus dedos y detrás se sucedieron otros cuatro nueves de picas.-En total, ocho nueves de picas, y la reina de corazones.

“Vamos a colocar claramente sobre la mesa los nueves. Colocaremos uno bocabajo, y uno bocarriba –El mago depositó sobre el tapete la carta trasera de la baraja y en un movimiento hipnótico dio la vuelta al paquete y dejo que la carta de delante, un nueve, se deslizara a su sitio encima del otro.- Repitamos. Uno bocabajo, uno bocarriba, uno bocabajo… -El ritual se repitió hasta que quedaron dos grupos de cuatro cartas sobre la mesa; uno bocabajo y otro de nueves bocarriba. En las manos del mago quedó la reina, con la cual jugueteaba grácilmente dándole vertiginosas vueltas sin aparente esfuerzo por su parte.

“La reina de corazones es una carta carismática. Todas las demás quieren ser como ella. Además de carismática, no le importa compartir los secretos de su… magnetismo irresistible –Según decía esto la reina se levanto unos centímetros por encima de su palma. Por arte de magia.- Por ello, ha concertado una reunión con cuatro afortunadas cartas, a quienes va a enseñar. –El mago introduce la reina entre las cartas bocabajo, y recogiéndolas todas en su mano les da un suave golpe con el dedo índice. Un momento más tarde despliega todas las cartas bocarriba sobre la mesa.

Primer clímax. Los espectadores quedan boquiabiertos mientras observan atónitos como los nueves son ahora reinas de corazones. “Me siento muy afortunado de ser mago. La cara de incredulidad que ponen algunos espectadores es de lo más reconfortante.” Tras este liviano comentario, que consigue un par de carcajadas, los espectadores prorrumpen en un aplauso, que el mago recibe con una sobria reverencia y una sonrisa.

Un gesto con la mano para el jolgorio, indicando que hay más por venir. “Ya hemos visto lo increíble. Ahora, procedamos con lo imposible. Nos quedan cuatro nueves.” -El mago señala a las cuatro cartas que colocó bocarriba en un principio.- “Y ahora tenemos cinco damas. Veamos qué podemos hacer.” El mago cubre cada nueve con una dama bocabajo.

Y le va dando la vuelta a cada par de cartas una a una, mostrando dos damas en cada par. No tan pronto ha acabado con el último par, el público inicia un aplauso, aún más vibrante que el anterior. Un incrédulo de la primera fila se abalanza sobre las cartas, y al examinar una cualquiera encuentra lo último que esperaba: nada. Cartón corriente, que no cambia al moverlo ni por delante ni por detrás. Es cosa de magia.