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Cazatiempos – Parte 1

15 Ago

Cinco hombres tensos centraban su atención en el tapete sobre el cual cinco cartas de la baraja francesa relucían, jugando a un juego que cualquier aficionado a las apuestas reconocería como Poker Texas Hold’em. Sólo dos conservaban las cartas en la mano, indicando que seguían en la ronda. El resto se había acobardado al ver como las apuestas escalaban a un ritmo alarmantemente rápido, y ahora respiraban la tensión reflejada en la cara de los que apostaban.

-Veo tu apuesta, y subo otro millón de dólares –Dice aquel quien según sus pintas y los rumores que le acompañan allá donde vaya es uno de los capos más peligrosos de la mafia mexicana. Desde luego, la pistola que cuelga de su cinto y la cicatriz que le cruza la cara avalan la historia.

Neil Verdant, que arrastra desde pequeño el apodo de Never, le sostiene la mirada durante un calculado momento. Siempre se necesita fingir un poco de sorpresa. No le era conveniente que los otros empezaran a ver cabos sueltos; alguno podría intentar atarlos. Con un poco de teatro se asegura de que su oponente vea la perla de sudor que le cuelga de la frente. A continuación, dejando que le tiemble la voz lo suficiente como para que los otros se den cuenta, pero no tanto como para que se note el engaño, dice:

-Acepto.

Se juegan cinco millones de dólares americanos, cada uno. Las transferencias de dinero se realizan de forma instantánea a través de transferencias bancarias entre las cuentas suizas privadas de cada jugador. Si a la hora de pagar uno de los partícipes no le quedaba dinero en la cuenta para pagar al ganador de la ronda, se estaría metiendo en un problema muy gordo. Un problema del que se suele salir mojado y con los pies fraguados en cemento.

Never no tenía cinco millones de dólares en su cuenta. Dudaba de que le quedaran siquiera cien dólares; sin embargo, no tenía intención de dejar que sus compañeros de mesa lo descubrieran. Pensaba ganar esta mano, perdón, sabía que iba a ganar esta mano.

-Muy bien. –El supuesto mafioso reveló sus cartas. –Full House de sietes y ases.

En este momento Never debía empezar a fingir alivio, para eliminar por completo cualquier sospecha que pudieran tener sobre su persona, pero la tentación de mantener la farsa hasta el final era demasiado grande. ¿Y qué sentido hay en ser un genio manipulador si no te permites un capricho de cuando en cuando? Never decidió dar un descanso a su fiel paranoia salvavidas para comenzar a acelerar su respiración.

El hombre de la cicatriz no tardó en percatarse.

-¿Por qué vacilas? Enseña tu mano. –Dijo en una voz imperativa y cortante.

-Es-espera.

-No voy a repetirlo. –Los jugadores de la mesa escucharon el clic distintivo que produce cuando le quitas el seguro a una pistola.-Tienes tres segundos. Piensa rápido.

Ahora esto que era divertido. Aún así, mejor no tentar más a la suerte. Había oído que su oponente tenía fama de ser poco paciente.

-Poker de sietes. La mano es mía.

Never alzó la vista y encontró la mirada del mafioso. Sus fingidos nervios se habían trocado en una sonrisa confiada. El mexicano le miraba gravemente, como contemplando las opciones que tenía.

Un piloto de emergencia se encendió en la mente de Never. Acababa de vacilar a Armando Valencia, a quien se atribuían más de cincuenta homicidios. El propio delincuente había afirmado al comienzo de la partida que eso no era sino una cifra exagerada. Exageradamente baja.

Los otros tres hombres se miraban nerviosos, esperando al momento propicio para poner pies en polvorosa. Y, de repente, Armando Valencia, estalla en una carcajada sonora.

-He de reconocer, señor Dumas (nombre falso, por supuesto), que por un momento le he tenido por un tramposo sin dinero, metiendo las narices donde no le llaman. –“Y no le quepa duda”, parecía decir mientras recolocaba el seguro, “de que en ese caso me hubiera encargado personalmente de hacerle un par de nuevos agujeros en el cuerpo”.

Never disfrutó con las caras de perplejidad que exhibían los otros tres apostadores, hasta que reparó en un hombre corriendo al fondo del salón de juego. Permaneció por unos segundos estupefacto, hasta que puso sus pensamientos en orden.

El hombre que salía apresuradamente del salón era él mismo. Y eso significaba que era hora de poner tierra de por medio.

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