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Un grito de socorro desde la república independiente de mi casa

10 Ene

Me encontraba yo tranquilamente gozando del compendio de infinita sabiduría que me ofrecía Internet. ¡Bendita tecnología! La curiosidad es ahora el único límite para acceder a cualquier información.

Sin embargo, pronto una turbia amenaza hizo peligrar mi apacible calma: mi hermano pequeño, con quien mantenía una relación más o menos fraterna, irrumpió en mi cuarto con la discreción de una manada de elefantes furiosos; y por si la interrupción no hubiera bastado, me exigió que cesara de inmediato toda actividad informática y le dejara mi puesto privilegiado frente a la computadora.

Lejos de perder los estribos, le pedí con educación que me ofreciera algún motivo razonado para ello. La expresión estúpida y pueril con la que me deleitó me llevó a deducir que carecía de éste, o que si por el contrario tenía un argumento, era del tipo “porque lo digo yo” que desgraciadamente tan común se ha vuelto en los tiempos que corren.

Continué, pues, con mi epopeya gnóstica particular, pero mi hermano, lejos de rendirse, dejó claro que si los expertos habían dictaminado que el silencio absoluto no existe, era a causa y sazón de él. He de reconocer que mi paciencia, por lo general infinita, comenzaba a flaquear. Me abstuve de utilizar la violencia o cualquier tono amenazante, y le invité amablemente a salir de mi cuarto.

Milagrosamente me hizo caso, pero sólo para volver minutos más tarde, y esta vez, acompañado por el juez, jurado y verdugo del gobierno doméstico: mi madre, con quién me unía una relación menos fraternal que con mi hermano, y más materno-filial.

Trataré de reproducir con la mayor fidelidad posible cómo acaeció nuestra conversación

  • ¡Niño! ¡Deja al pequeño!
  • Discúlpeme, querida progenitora, pero no veo ningún motivo para ello; ¿o es que acaso hago daño a alguien? ¿Hay algún aquejado por alguna extraña enfermedad que agrave por momentos mientras yo trato de compilar información?
  • Llevas jugando toda la tarde. Deja jugar al hermanito AHORA.
  • Más, ¿por qué hacerlo?
  • Porque es lo justo.
  • ¿Qué es lo justo? No lo veo yo así… Ahora estoy obligado a acatar una autoridad que se me impuso desde mi nacimiento, sin darme opción ni pedirme opinión. ¿Con qué derecho se alza entonces esta justicia?
  • Mi techo, mis normas. Y si no te gusta, emancípate.
  • Nunca hubo una elección por mi parte que te otorgara poder sobre mí. Tu gobierno puede ser legal, pero no es en absoluto legítimo.
  • Mira que puedes ponerte pedante, caray.
  • ¿Pero no te das cuenta del absurdo? Perpetramos, generación tras generación, un modelo familiar reminiscente de la infame dictadura; cuando en los panfletos electorales hablamos del sacro Estado de la democracia.
  • NI PEROS NI PERAS.
  • ¡Ah, mujer vil! ¡Ahora amenazas mi derecho a la libre expresión, el último resquicio de libertad que me queda en este ambiente opresor y degenerado! ¡No silenciaras mi pluma! ¡Defenderé mis ideales hasta mi último aliento!

Y así me apresuré a redactar esta pieza de texto, en la que vuelco mi esperanza de acabar con la injusticia. Huelga decir, por supuesto, que la escribo desde el móvil, y no desde el ordenador.

Reina de corazones

1 Ene

-He traído conmigo un paquete de cartas –dijo el mago a la par que extraía de su americana dicho paquete- Sobra decir que son cartas mágicas.

“Estas cartas resultan ser nueves de picas, que he cogido de distintas barajas. Tenemos un nueve, el segundo, el tercero -El público miraba expectante como el mago pelaba el paquete carta por carta mientras contaba. Todos agudizaban la vista, esperando detectar un movimiento sospechoso, un hábil juego de manos destinado a engañarles- el cuarto y… una reina de corazones. Esta carta –señaló a la reina- es el corazón y alma de toda baraja. Pronto tendréis ocasión de verla en acción; por ahora, recordadla mientras vemos el resto de cartas del paquete. –La reina paso entre sus dedos y detrás se sucedieron otros cuatro nueves de picas.-En total, ocho nueves de picas, y la reina de corazones.

“Vamos a colocar claramente sobre la mesa los nueves. Colocaremos uno bocabajo, y uno bocarriba –El mago depositó sobre el tapete la carta trasera de la baraja y en un movimiento hipnótico dio la vuelta al paquete y dejo que la carta de delante, un nueve, se deslizara a su sitio encima del otro.- Repitamos. Uno bocabajo, uno bocarriba, uno bocabajo… -El ritual se repitió hasta que quedaron dos grupos de cuatro cartas sobre la mesa; uno bocabajo y otro de nueves bocarriba. En las manos del mago quedó la reina, con la cual jugueteaba grácilmente dándole vertiginosas vueltas sin aparente esfuerzo por su parte.

“La reina de corazones es una carta carismática. Todas las demás quieren ser como ella. Además de carismática, no le importa compartir los secretos de su… magnetismo irresistible –Según decía esto la reina se levanto unos centímetros por encima de su palma. Por arte de magia.- Por ello, ha concertado una reunión con cuatro afortunadas cartas, a quienes va a enseñar. –El mago introduce la reina entre las cartas bocabajo, y recogiéndolas todas en su mano les da un suave golpe con el dedo índice. Un momento más tarde despliega todas las cartas bocarriba sobre la mesa.

Primer clímax. Los espectadores quedan boquiabiertos mientras observan atónitos como los nueves son ahora reinas de corazones. “Me siento muy afortunado de ser mago. La cara de incredulidad que ponen algunos espectadores es de lo más reconfortante.” Tras este liviano comentario, que consigue un par de carcajadas, los espectadores prorrumpen en un aplauso, que el mago recibe con una sobria reverencia y una sonrisa.

Un gesto con la mano para el jolgorio, indicando que hay más por venir. “Ya hemos visto lo increíble. Ahora, procedamos con lo imposible. Nos quedan cuatro nueves.” -El mago señala a las cuatro cartas que colocó bocarriba en un principio.- “Y ahora tenemos cinco damas. Veamos qué podemos hacer.” El mago cubre cada nueve con una dama bocabajo.

Y le va dando la vuelta a cada par de cartas una a una, mostrando dos damas en cada par. No tan pronto ha acabado con el último par, el público inicia un aplauso, aún más vibrante que el anterior. Un incrédulo de la primera fila se abalanza sobre las cartas, y al examinar una cualquiera encuentra lo último que esperaba: nada. Cartón corriente, que no cambia al moverlo ni por delante ni por detrás. Es cosa de magia.

Mundo de metal – parte 2

3 Nov

2160/11/3 18:22 Evergreen dice:

HEMOS SIDO ENGAÑADOS

Hace 100 años nos subimos a la red para protegernos del miasma, pero esperando volver. ¿Y ahora qué nos dicen los admins? QUE NO SE PUEDE VOLVER AL MUNDO REAL.

Yo no accedí a esto. Quiero que se tomen medidas inmediatamente.

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2160/11/3 18:22 |admin| Daniel Reddean responde:

Todos los usuarios de la Red firmaron antes de subirse un contrato vinculante en el que afirmaban ser conscientes de las implicaciones de subir al nuevo mundo. Esto en adición a la intensa campaña informativa que fue organizada una vez la Red pudo ser accedida por el público corriente.

Lamento que una situación tan desagradable haya tenido lugar, pero no hay posibilidad de enmendar tal error.

~140000 comentarios | A ~100 personas les ha gustado esto

2160/11/3 18:22 Evergreen responde:

QUIERO MI CUERPO DE VUELTA.

VOY A DENUNCIARLES.

2160/11/3 18:22 Peter Bowkowski responde:

@Evergreen ¿A quién vas a acudir, listillo? Ellos son los administradores. Mientras estemos en la Red ellos controlaran nuestras vidas 😛

2160/11/3 18:22 |admin| Daniel Reddean dice:

Lamentablemente, su petición es irrealizable. Los cuerpos de los usuarios fueron desechados una vez realizada la subida a la Red.

2160/11/3 18:22 Nathalie dice:

¿QUÉ DICES QUE HAN HECHO CON MI CUERPO?

Esto es indignante.

2160/11/3 18:22 Evergreen dice:

*Este comentario ha sido eliminado por un moderador

2160/11/3 18:22 |admin| Alan Chadrasenkhar dice:

@Evergreen sus comentarios son innecesariamente infantiles y violentos. No toleraremos tal comportamiento en la Red.

2160/11/3 18:22 Evergreen dice:

*Este comentario ha sido eliminado por un moderador

2160/11/3 18:22 |admin| Alan Chadrasenkhar dice:

@Evergreen Se acabó el portarse bien. Hora de tomar medidas drásticas.

Si no deseas seguir formando parte de la Red, que así sea.

|Evergreen ha sido eliminado|

2160/11/3 18:22 Random dice:

LE HAS MATADO! ASESINO!

2160/11/3 18:22 Helen dice:

Los administradores acaban de cruzar la línea. Cuando alguien dice algo que no les gusta, les eliminan. ¿Dónde ha quedado el espíritu de democracia?

2160/11/3 18:22 Anon1337 dice:

Quieren oprimirnos, pero no se lo permitiremos. Ellos no son los únicos que saben de informática.

Mi grupo hemos conseguido aislar un clúster de servidores donde ellos no pueden acceder. Quien quiera sus datos trasladados allí que deje un like.

~55000 comentarios | A ~2,000,000 personas les ha gustado esto

| Alan Chadrasenkhar ha perdido sus privilegios de administrador|

2160/11/3 18:22 |admin| Daniel Reddean dice:

Un desafortunado suceso ha ocurrido en relación con unos de nuestros administradores, pero como pueden ver acción inmediata ha sido tomada. Pedimos disculpas sinceras a toda la comunidad. Nuevas medidas serán tomadas para prevenir que esto se repita.

En relación con Anon1337 y el grupo Resistance, comunicamos que su infraestructura es de dudosa fiabilidad, y que muchos de los programas que emplean son ilegales según el contrato de usuario final. Por favor, absténganse de contactar con ellos y contacten con un administrador en caso de obtener cualquier nueva información de su paradero dentro de la memoria interna.

Este tema queda cerrado.

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Mundo de metal – Parte 1

1 Nov

-¿No te alegras, Kurtz? Tu sueño se está realizando aquí y ahora. La gente migra en masa a la Red. Pronto habrá más gente online que viva, en el sentido antiguo de la palabra.

-No, Daniel. No es así como debe ser. Los nuevos habitantes de la Red han elegido motivados por el miedo. El miasma se extiende por el mundo, matando a miles. Para ellos, la Red no es una opción. Es la única salida.

-Con el tiempo comprenderán que este es el camino natural para el ser humano. El siguiente paso lógico en nuestra evolución.

-Es demasiado apresurado. Mi equipo no pudo prever que tanta gente fuera a unirse a la plataforma. Las fábricas no cesan de manufacturar nuevos servidores, pero no están enfocando bien el problema. La memoria crece de manera lineal con cada nueva infraestructura conectada a la Red, pero nuestras necesidades aumentan de manera exponencial. Lo único que consiguen con su desesperada carrera es fortalecer el miasma. Si tuviera más tiempo y dinero, podría acabar el mainframe cuántico…

-No hay tiempo. Tampoco dinero, aunque dudo que eso importe tal y como están las cosas. Kurtz, debemos aceptar la realidad y actuar en consecuencia. Los problemas de memoria no son prioritarios.

-¡Pero lo serán! El ciudadano común no comprende por qué la memoria es de vital importancia en el nuevo mundo. La tratarán como si fuera dinero, comerciarán con ella. Y los que si lo sepan se aprovecharán de ello. Obtendrán más memoria, que les otorgará a su vez más capacidad para imaginar nuevas maneras de ganar memoria. Es un ciclo vicioso.

-Los únicos que comprenden realmente esto están comprometidos con nuestro movimiento. Y todos y cada uno de ellos jurarán solemnemente que no destruirán la utopía que tanto nos ha costado construir. Mírame, Kurtz. ¿Crees que yo o cualquier otro lo haría? ¿Crees que alguien destruiría este hermoso sueño a sabiendas de lo que está haciendo?

-Ese no es el único problema. La Red es una situación con el que nunca antes se ha enfrentado la sociedad. EL ser humano está acostumbrado a pensar a corto plazo, limitado por el lapso de su existencia. Estar online supone la inmortalidad práctica. Cualquier pérdida periódica, incluso de un bit por año, conducirá eventualmente a un usuario a la pérdida total de memoria.

-Te preocupas en exceso. Una vez online, hay tiempo para enseñarles la responsabilidad que conlleva esta nueva vida. Kurtz, tenemos que subir nosotros también a la Red.

-Ve tú. Llévate a tu familia. Yo tengo que quedarme. Yo tengo que ser el último en abandonar el barco. Soy el único que puede tratar con alguna eventualidad.

-Será inútil si estás solo. Casi todo tu equipo ya ha subido a la red. Un hombre no va a suponer una gran diferencia en caso de emergencia.

-Que irónico.

-¿El qué?

-Hace 10 años, cuando empezamos todo esto, estuve a punto de abandonar, de dejarlo por imposible. Te dije: “Un hombre no va a cambiar el mundo”. Respondiste de manera muy clara: “Tú no eres un hombre cualquiera.”

Cazatiempos – Parte 1

15 Ago

Cinco hombres tensos centraban su atención en el tapete sobre el cual cinco cartas de la baraja francesa relucían, jugando a un juego que cualquier aficionado a las apuestas reconocería como Poker Texas Hold’em. Sólo dos conservaban las cartas en la mano, indicando que seguían en la ronda. El resto se había acobardado al ver como las apuestas escalaban a un ritmo alarmantemente rápido, y ahora respiraban la tensión reflejada en la cara de los que apostaban.

-Veo tu apuesta, y subo otro millón de dólares –Dice aquel quien según sus pintas y los rumores que le acompañan allá donde vaya es uno de los capos más peligrosos de la mafia mexicana. Desde luego, la pistola que cuelga de su cinto y la cicatriz que le cruza la cara avalan la historia.

Neil Verdant, que arrastra desde pequeño el apodo de Never, le sostiene la mirada durante un calculado momento. Siempre se necesita fingir un poco de sorpresa. No le era conveniente que los otros empezaran a ver cabos sueltos; alguno podría intentar atarlos. Con un poco de teatro se asegura de que su oponente vea la perla de sudor que le cuelga de la frente. A continuación, dejando que le tiemble la voz lo suficiente como para que los otros se den cuenta, pero no tanto como para que se note el engaño, dice:

-Acepto.

Se juegan cinco millones de dólares americanos, cada uno. Las transferencias de dinero se realizan de forma instantánea a través de transferencias bancarias entre las cuentas suizas privadas de cada jugador. Si a la hora de pagar uno de los partícipes no le quedaba dinero en la cuenta para pagar al ganador de la ronda, se estaría metiendo en un problema muy gordo. Un problema del que se suele salir mojado y con los pies fraguados en cemento.

Never no tenía cinco millones de dólares en su cuenta. Dudaba de que le quedaran siquiera cien dólares; sin embargo, no tenía intención de dejar que sus compañeros de mesa lo descubrieran. Pensaba ganar esta mano, perdón, sabía que iba a ganar esta mano.

-Muy bien. –El supuesto mafioso reveló sus cartas. –Full House de sietes y ases.

En este momento Never debía empezar a fingir alivio, para eliminar por completo cualquier sospecha que pudieran tener sobre su persona, pero la tentación de mantener la farsa hasta el final era demasiado grande. ¿Y qué sentido hay en ser un genio manipulador si no te permites un capricho de cuando en cuando? Never decidió dar un descanso a su fiel paranoia salvavidas para comenzar a acelerar su respiración.

El hombre de la cicatriz no tardó en percatarse.

-¿Por qué vacilas? Enseña tu mano. –Dijo en una voz imperativa y cortante.

-Es-espera.

-No voy a repetirlo. –Los jugadores de la mesa escucharon el clic distintivo que produce cuando le quitas el seguro a una pistola.-Tienes tres segundos. Piensa rápido.

Ahora esto que era divertido. Aún así, mejor no tentar más a la suerte. Había oído que su oponente tenía fama de ser poco paciente.

-Poker de sietes. La mano es mía.

Never alzó la vista y encontró la mirada del mafioso. Sus fingidos nervios se habían trocado en una sonrisa confiada. El mexicano le miraba gravemente, como contemplando las opciones que tenía.

Un piloto de emergencia se encendió en la mente de Never. Acababa de vacilar a Armando Valencia, a quien se atribuían más de cincuenta homicidios. El propio delincuente había afirmado al comienzo de la partida que eso no era sino una cifra exagerada. Exageradamente baja.

Los otros tres hombres se miraban nerviosos, esperando al momento propicio para poner pies en polvorosa. Y, de repente, Armando Valencia, estalla en una carcajada sonora.

-He de reconocer, señor Dumas (nombre falso, por supuesto), que por un momento le he tenido por un tramposo sin dinero, metiendo las narices donde no le llaman. –“Y no le quepa duda”, parecía decir mientras recolocaba el seguro, “de que en ese caso me hubiera encargado personalmente de hacerle un par de nuevos agujeros en el cuerpo”.

Never disfrutó con las caras de perplejidad que exhibían los otros tres apostadores, hasta que reparó en un hombre corriendo al fondo del salón de juego. Permaneció por unos segundos estupefacto, hasta que puso sus pensamientos en orden.

El hombre que salía apresuradamente del salón era él mismo. Y eso significaba que era hora de poner tierra de por medio.

Polybius – Parte 12

6 Ago

No consigo recordar cuanto tiempo pasé leyendo. No quería levantar la vista la vista del libro y encontrarme nuevamente en las oficinas de Sinneslöschen. Pero nada podía hacer para evitar el paso del tiempo; finalmente la puerta gris volvió a abrirse.

Un hombre de negro guiaba al doctor Schneider cogiéndole los hombros. No lograba comprender que pasaba. Schneider estaba con la mirada perdida, en un estado catatónico; su rostro carecía de la vida que había reconocido en él antes de que se lo llevaran. Locura era lo que mostraban sus ojos, pero una locura inanimada, que le apartaba de la realidad en vez de tergiversarle la percepción y la razón. Como si hubiera sufrido una… pérdida de los sentidos.

Traté de hablarle, pero no reaccionaba. Simplemente me ignoraba, junto al resto del universo. Ambos hombres salieron de la sala de espera, el gigante guiando a Schneider.

Les seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ellos. Entonces, oí como alguien se aclaraba la voz. Delante de la puerta gris se alzaba otro coloso imponente, al que reconocí por el hecho de que no llevara gafas como el resto. Al parecer había entrado después de Schneider, pero de una manera tan silenciosa y furtiva que ni siquiera había reparado en su presencia hasta que quiso hacerse notar.

El hombre abrió la puerta gris y ladeo ligeramente la cabeza, dándome a entender que mi turno había llegado. Me levante con parsimonia tras dejar el libro donde Schneider lo abandonó, imaginándome quién o qué me esperaba dentro.

Recorrí un largo y oscuro pasillo que daba a un despacho de tamaño medio, decorado al estilo minimalista. Lo único que destacaba dentro de la habitación era un ordenador, y un hombre tecleando en él. El ordenador era un modelo nuevo que había visto en algún anuncio televisivo; el hombre era de unos treinta años, con rasgos marcados y gafas de pasta.

El hombre de negro volvió por el pasillo, y yo tomé asiento. Sentí como la tensión iba en crescendo cada vez que el ratón era clicado. Pensé que el hombre no se había dado cuenta de mi persona, así que me dispuse a saludarle. Antes de que ningún sonido saliera de mi boca él comenzó a hablar.

-Supongo que querrá saber qué demonios está pasando, ¿me equivocó, señor médico?

-¿Quién…?

-¿Soy yo? –Completó rápidamente mi interlocutor- Ed Rotberg, director de Sinneslöschen; aunque la administración no es mi fuerte, sino la ingeniería de software.

La voz de Rotberg era calmante, especialmente en contraste con los siniestros y mudos gigantes de negro. Sin embargo, no podía olvidar que esto no era una entrevista de trabajo; era un secuestro en toda regla.

-¿Por qué estoy preso aquí?

-¿Preso? –dijo levantando una ceja- Nada más lejos de la realidad. Mandé a mis colegas a buscarle para felicitarle por el trabajo con los chicos enfermos, ya para poder explicarle toda la verdad. Me disculpo sinceramente si mis trabajadores le han ocasionado algún problema.

¿Mentía? No podía saberlo a ciencia cierta. No obstante, la curiosidad pudo al orgullo y la prudencia.

-¿Cómo está relacionado Sinneslöschen con los enfermos?

Ed Rotberg apoyó los codos sobre el escritorio y cruzó las manos.

-En primer lugar, deberá saber a qué nos dedicamos. Nosotros somos una rama independiente de una gran empresa de videojuegos. Como tales, nos dedicamos a la industria del entretenimiento.

-Y ustedes desarrollaron Polybius.

-Veo que ha investigado algo por su cuenta. Sí, efectivamente. Polybius es nuestro primer juego. En su fase de desarrollo consistía en escapar de un laberinto, pero finalmente nos decidimos por un shooter con naves espaciales. Pensábamos que así venderíamos más.

-Por favor, continúe.

-Durante la producción todo iba bien. Hasta que llegó la hora de probar el juego. Varios de los “beta testers” experimentaron migrañas y otras molestias menores tras jugar. En un principio lo achacamos a cansancio ocular; después de todo es gente que se gana la vida jugando delante de una pantalla. Así que ignoramos completamente el pormenor y comenzamos un tour por Oregón para probar la máquina en distintos recreativos, preguntando por feedback a los dueños de los distintos arcades.

-¿Qué ocurrió?

-Un niño se desmayó delante del videojuego en Eugene. Lo apuntamos en un informe como un añadido, sin darle mayor importancia. Como usted comprenderá, los datos que nos interesaban eran las ventas. Pero volvió a suceder, varias veces más.

-¿Qué causaba los desmayos?

-Varios médicos que examinaron a los niños coincidieron en que era una epilepsia causada por cambios de color muy bruscos, así que intentamos recuperar la máquina para sustituir los gráficos cuanto antes.

¿Eso era todo? ¿Tenía razón desde un principio? ¿Ataques epilépticos sin más? Rotberg siguió hablando:

-Para cuando nos dimos cuenta del error la máquina ya estaba en Portland, donde tres niños cayeron.

-Lewis, Dave y Willy. ¿Qué ocurrió con ellos? –pregunté.

-Respecto al pequeño Dave, creo que su madre recurrió a usted antes de que pudiéramos encontrarle. Y ya sabe lo ocurrido. –Contuve una arcada al pensar en la esponja y el cadáver- Los otros dos niños fueron transportados a un hospital psiquiátrico por mis hombres, con todos los gastos pagados.

Mentía. Había visto con mis propios ojos como quemaban a Willy. ¡¿Qué clase de tratamiento macabro era aquel?! Mientras, Ed Rotberg me miraba con una media sonrisa en la cara.

-Espero que todo haya quedado aclarado. Muchas gracias por su venir hasta nuestras oficinas. Y no se preocupe más por los niños; yo me encargaré personalmente de que reciban la mejor de las atenciones.

A continuación exploté. No logro recordar con precisión qué palabras utilicé, y en caso de recordarlas no estoy muy seguro de que me gustaría ponerlas en este informe. En cualquier caso, di rienda suelta a mis emociones. Durante todo momento el empresario me miró impasiblemente, y dejó con parsimonia las gafas sobre la mesa.

-Usted está muy estresado. –Afirmó- Por fortuna, sé cómo solucionar eso. –Rotberg tecleó un par de veces en el teclado y luego escarbó en un cajón hasta sacar algo: un joystick.- Sería una pena que se fuera sin probar el juego que comenzó este disparate, ¿no cree?

Empuje la silla con mis brazos, apartándome instintivamente de la pantalla que Rotberg giraba.

-No hace falta tanta precaución. Ya nos encargamos de corregir los gráficos, no debería haber problema con una partida corta.

Sin dignarme a dirigirle la palabra, me levanté y me dispuse a salir. No obstante, un gigante me salió al paso, bloqueando la puerta.

-Tal vez no me ha entendido bien. –dijo Rotberg- Juegue.

Amedrentado por el tono imperativo, me senté de nuevo.

Rotberg enchufó el controlador al ordenador de sobremesa y ejecutó un programa. En la pantalla ladeada apreciaba la pantalla de inicio de un videojuego, reminiscente de las que había en las máquinas de Astrocade. El empresario giró la pantalla hacia mí.

-Creo que no me equivoco al afirmar que usted no es un aficionado a los recreativos. –Rotberg tomó mi silencio enojado como una corroboración. Me esforzaba todo lo posible por mantener el ceño fruncido y hacerles ver que pensaba que esto era una pérdida total de tiempo, pero mi pulso acelerado amenazaba con hacerme temblar y delatarme. -Las instrucciones, señor médico, son sencillas. Esta palanca mueve la nave –el hombre acompañó sus palabras de una demostración- este botón sirve para disparar las armas de la nave; aunque esto es una beta y no están implementados aún enemigos, así que no será de mucho uso. Por último, si toca una pared el juego acaba. –Rotberg dirigió la nave contra una pared a propósito y, en efecto, una exhibición de fuegos artificiales indicaban que la nave había reventado.- Game Over.

A continuación, el hombre volvió a ladear la pantalla y pulsó alguna combinación de teclas; un menú titulado “funciones ocultas” apareció en la computadora. Las opciones que se desplegaban bajo ese menú no pude apreciarlas con claridad. Me entregó el joystick.

-Su turno. Mientras usted disfruta de nuestro juego, yo tengo unos asuntos que atender. Estoy seguro de que no le gustaría retenerme. –Ed Rotberg sonrió para sí mismo, convencido de que había dicho algo muy divertido. Traté de dedicarle una mirada de desprecio, pero no pude. Tenía un nudo hecho en el estómago, incapacitándome. Quería gritar y salir corriendo. Una mirada hacia la puerta obstruida por el matón me dejó claro que mi intento sería en vano.

Ed Rotberg salió. El hombre de negro me indicó con un gesto que empezara la partida y se dio la vuelta. Tragué saliva.

Polybius, rezaba el título. El juego que había causado, al menos, dos muertes en Portland. Era también fácil asumir que el Schneider al borde de la locura que había visto salir de las oficinas era producto de este maldito juego. Y yo era su siguiente víctima.

Sus gráficos eran brillantes; y aunque tantos cambios de color eran como un mazazo en mi cabeza cansada algo hipnótico me invitaba a no apartar la mirada. La música era estridente y casi alienígena.

Necesitaba un plan, y lo necesitaba en breve, antes de que mi amigo de negro se impacientara y me sometiera a una sesión de juego al más puro estilo de la Naranja mecánica. “¿Podría fingir que juego mientras miro hacia otro lado?”, contemplaba en silencio. La pantalla brilló ante mis ojos, como riéndose de mi vana esperanza. “¿En serio crees poder aguantar sin mirarme? He sido diseñado para ser mirado, y un solo vistazo basta para que no puedas apartar la cabeza demí.”, parecía decirme. Sin embargo, había gente que había mirado sin consecuencias. Nathan había jugado antes que Lewis, y los hombres de negro por fuerza habían tenido que mirar las pantallas del juego en alguna ocasión.

Claro, puede que sólo afectara a los niños. Después de todo, los menores son más sensibles a esta clase de ataques epilépticos. ¿Y Schneider? Tal vez el juego del despacho de Rotberg, esta beta que había llamado, fuera más potente. Rotberg había jugado, pero antes de que trasteara con ese menú de funciones ocultas. Después había salido sin demora del cuarto; evidentemente no quería someterse a la influencia del juego. ¿Y el guardia que me habían dejado? ¿Por qué arriesgarse a dejar la puerta abierta y poder echar un vistazo accidental al juego? Un vistazo no sería suficiente para provocar la reacción, entonces.

Volví a pensar en Nathan. Había estado mirando la pantalla mientras Lewis jugaba, con casi total seguridad, y aun así había resultado impune. ¿Por qué? ¿Qué le protegía?

Una idea me cruzó la cabeza. Era posible que… Supongo que no me quedaba otra. Esperaba estar en lo cierto.

Lentamente, procurando no hacer ruidos que alertaran al guardia, me llevé las manos al bolsillo.

En la entrada, el impasible guardia advirtió la música que señala el comienzo de una nueva partida.

Polybius – Parte 11

24 Abr

A través de la ventana observaba como las calles de Portland se iban sucediendo delante mía. Las pocas personas que seguían en la intemperie a estas horas no reparaban en la furgoneta negra, que se deslizaba a través de la tenue luz de las farolas con un susurro mecánico.

Me pregunté adonde estaría siendo llevado mientras notaba la mirada de mi captor clavada en mí como una astilla. El gigante mate se sentaba tranquilo, como si supiera con certeza que no intentaría hacer nada. O que todo lo que pudiera intentar acabaría indudablemente en fracaso.

Le alargué la mano ofreciéndole las gafas de sol que antes había recogido, pero no movió un músculo. Al darme cuenta de que no iba a recogerlas las guardé en mi bolsillo y volví a mirar por la ventana, tratando en vano de ubicar el recorrido del vehículo.

De cuando en cuando atravesábamos zonas que me eran vagamente familiares, pero pronto volvía a perderme. En ese momento contemplaba al final de la calle una oficina de considerable tamaño, que se iba engrandeciendo por momentos según nos acercábamos. Las ventanas del colosal edificio eran pequeñas y deprimentes. Unas luces encendidas delataban la presencia de personas.

La furgoneta paró delante de la oficina. Oí como el conductor bajaba y se acercaba a la parte trasera del vehículo. La puerta se abrió y los dos gigantes, el conductor y quien me acompañaba dentro del vehículo, se quedaron mirándome a través de sus gafas negras, expectantes.

Querían que saliera. Tampoco se me ocurría una opción mejor.

La luz brillante de las farolas me recibió con entusiasmo mudo al salí de la furgoneta de cristales tintados. Ahora podía leer con claridad el letrero encima de las oficinas: Sinneslöschen. A estas alturas no me sorprendía en exceso; sin embargo, pude notar cómo me temblaba la mano dentro del abrigo. Si dijera que se debía al frío mentiría descaradamente.

Reconsideré la idea de escapar, pero los gigantes negros seguían vigilándome en su mutis. Respiré profundamente y me aventuré dentro del edificio, escoltado por mis captores.

Una vez atravesado el umbral de la puerta el que creo había conducido se adelantó y nos guío por un laberinto de pasillos estrechos. Pensé en Lewis, y si seguiría vivo en estos momentos. Finalmente, llegamos a una sala de espera. Los hombres esperaron a que entrara y después cerraron la puerta. Pude oír el sonido del cerrojo cerrándose.

Dentro había un hombre leyendo distraído, sentado encima de una silla de plástico parecida a la que encontrarías en un hospital. Enseguida levantó la vista y habló.

-No te molestes en intentar escapar. Ya he probado todas las salidas.

Le dediqué un breve vistazo a la puerta gris en el otro lado de la habitación, cerrada a cal y canto. Luego centré mi atención en el lector. Su voz me resultaba familiar…

-¡Mister Schneider!

-No parece estar en buenas condiciones, doctor.

El doctor Schneider era un hombre mayor y cano, pero mantenía cierta chispa de actividad. Vestía un traje marrón y gafas pequeñas; no era muy diferente a como lo había imaginado durante las conversaciones telefónicas.

-¿Cómo ha terminado en Portland? Le creía en la escuela de medicina de Salem.

-Nada más terminar de hablar con usted aquella última vez los hombres de negro me recogieron en una camioneta. Llevaban tiempo vigilándome, aunque no esperaba que me cogieran tan pronto.

-¿Qué hemos hecho exactamente para que nos capturen?

-Ser demasiado curiosos. Tal vez hayamos topado durante nuestra investigación con una tapadera que no les conviene que destapemos. -Schneider cerró su libro y lo posó en el asiento contiguo- Hace ya unas semanas dos niños llegaron a mi consulta. Ambos parecían haber perdido la cordura y repetían una palabra que uno de mis ayudantes reconoció como alemana.

Sinneslöschen.

-Exacto. Los tres niños se habían desmayado mientras jugaban en unos recreativos, en la misma máquina. Fisgoneé un poco, y terminé enterándome de que la máquina en cuestión estaba en un tour de prueba por todo Oregón. Telefoneé a los recreativos de ciudades cercanas, y pronto encontré el rastro de la máquina en Oregon City. Una tercera víctima había caído delante de la máquina. El encargado del establecimiento me facilitó las direcciones del pequeño y el nombre de la empresa que produjo el juego. Les había encontrado. El problema, amigo mío, es que ellos también me encontraron a mí.

Trague saliva y me aventuré a preguntar.

-¿Cuál era el nombre del juego?

-Polybius.

Saqué mi libreta. Efectivamente, ese era el nombre que Nathan me había dicho.

De repente, la puerta gris se abrió, revelando a un hombre de negro. Me acerqué, presuponiendo que esperaba que le siguiera, pero me detuvo con un gesto. En mi lugar, el señor Schneider se levantó.

-Soy el primero, parece. De todos modos, ya le he contado lo que le tenía que contar. Espero que nos volvamos encontrar algún día, en circunstancias más favorables. Ha sido un placer, doctor.

-Igualmente, doctor Schneider.

Observé apesadumbrado como Schneider salía del habitáculo con el gigante pegado a su sombra. Cada paso que daba me adentraba un poco más en el miedo. Tuve por seguro que no volvería a verle, que el sitio donde le llevaban sería su tumba, o algo peor. Y yo iba a ser el siguiente en ir a aquel sitio.

El silencio de la sala creció hasta que se hizo opresivo. Vagué de un lado a otro, tratando de reordenar mis pensamientos mientras releía la libreta. Recordé a Willy Vance ardiendo en la hoguera. Recordé a Dave Brunt ahogado con una esponja. Recordé a Lewis Lillman, desaparecido, loco y probablemente muerto.

Después me senté donde antes estaba el doctor Schneider, y me percaté del libro que había dejado en la sala. El título en la portada rezaba: El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft. El escritor me resultaba familiar; probablemente hubiera sido objeto de una moda febril hace poco en Portland, de la que mis pacientes me habían hecho partícipe sin yo saberlo. La cultura nos rodea, y quieras o no termina adhiriéndose, muchas veces en forma de pedazos o nombres que permanecen en la memoria.

Ojeé un poco las páginas del libro. Los márgenes estaban llenos de anotaciones, en su mayoría acerca de la personalidad del escritor. Supuse que el doctor Schneider podía quitarse la bata, pero nunca dejaría de su profesión, la psiquiatría, a un lado.

Me esforcé en dejar la mente en blanco, olvidar la situación en la que estaba y los horrores que había presenciado. Y leí.