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El mundo de los sueños: Capítulo III. Platón.

18 Feb

Platón era el nombre en clave con el que Dante había bautizado a su proyecto. Era una idea ambiciosa, que surgió por primera vez en su mente mientras estudiaba el mito de la caverna de dicho filósofo. Dante todavía recordaba con claridad cuando se lo explicó a Ethan al hacerle partícipe de su experimento.

-Supongamos una caverna bajo tierra. -había explicado- En la caverna hay un grupo de hombres atados desde su nacimiento en un muro situado en el centro por las piernas y el cuello, de manera que no puedan moverse ni mirar a otra cosa que no sea la pared.

-Entiendo -había dicho Ethan.

-Detrás suya hay un pasillo, por donde circulan hombres portando objetos que sobrepasan sus cabezas. Estos objetos arrojan una sombra sobre la pared bajo la luz de una hoguera en lo alto. Además, las conversaciones de los caminantes serían escuchadas por los presos. Con el tiempo, los presos, ignorantes de todo lo que hay detrás suya, llegarían a considerar las sombras como la única verdad, y las conversaciones oídas serán interpretadas como conversaciones de las sombras. ¿Comprendes?

-Si. Creo. Al no saber otra cosa sino lo que ven y oyen, es lógico que lo consideren como cierto, ¿verdad?

-Efectivamente. Supongamos ahora que uno de estos reos logra librarse de las cadenas y sale de las profundidades de la caverna. Tras acostumbrarse a la luz, vería un mundo colorido y mucho más verdadero y complejo que aquel hecho de sombras que había vivido hasta el momento.

-Luego él ya no volvería a la caverna porque ya no la estimaría como real.

-No. Este preso liberado sentiría compasión por sus antiguos compañeros cautivos y su moral le empujaría a volver a rescatar a sus compañeros.

-Quienes le acompañan luego al Mundo de las Ideas.

-Te equivocas nuevamente. Los presos, al oir la fabulosa descripción de aquel que subió, le toman por loco y se ríen de él. Él aun así les libera, e insiste. Pero los demás se cansan de su perorata y le asesinan entre todos -Ethan había dado un respingo.

-¡Que horrible!

-En mi opinión personal, Platón dió este final a su historia por despecho, criticando entre líneas a los salvajes que condenaron a muerte a su mentor, Sócrates. Pero nos estamos desviando del tema. Lo principal que Platón buscaba decirnos con esta curiosa alegoría es la existencia de una realidad dual, dividida en dos planos: el plano sensible que todo el mundo percibe y el plano inteligible, al que únicamente se puede llegar a través del razonamiento. Para Platón, sólo este último tenía un auténtico sentido; el mundo que reconocemos a través de los sentidos queda relegado a una mera sombra, prisión de aquellos que no llegan a la Iluminación del Bien, simbolizado por el sol del exterior en el relato.

-Eso último de la Iluminación me suena a rollo budista. -había indicado Ethan- Ya sabes, todo eso del Nirvana.

-La diferencia radica en que el Nirvana budista es un estado mental mientras que el Mundo de las Ideas platónico es un lugar. Yo pretendo ir un paso más allá y decir que hay un mundo dentro de la mente de cada persona, al cual llegan no a través del razonamiento y la metafísica como decía Platón; sino mediante la creatividad y la imaginación. Es un mundo ilógico, lleno de incongruencias y en constante cambio. Sólo su dueño puede atisbar la razón detrás de cada elemento en ese cosmos caótico de su pensamiento, agrupados en relaciones que muchas veces escapan incluso a la comprensión de éste. Estas relaciones se hacen en muchos casos evidentes y determinan la actuación de la mente del individuo. Poniendo un ejemplo, si oyes hablar de Einstein es lógico que justo después pienses en física y en la teoría de la relatividad; tu mente ha creado un nexo de unión durante el aprendizaje de estos términos. Sin embargo, no parece haber ningún sentido en relacionar inconscientemente Einstein con pizza, aunque a lo mejor leiste por primera vez el nombre del físico mientras comías dicho alimento, con lo que tu mente generó un vínculo que tu subsconciente ha mantenido vigente aunque el recuerdo haya sido reprimido, ¿entiendes?

-Más o menos. Creo…  ¿No podrías aclararlo todo un poco más con otro ejemplo?

-Por supuesto. De hecho, hay un caso bastante esclarecedor en el que nos vemos totalmente inmersos en este mundo: cuando estamos soñando.

-¿Soñando?

-Efectivamente. Piénsalo detenidamente, ¡no hay mejor ejemplo! Desconectamos con todo aquellos que tenga que ver con el exterior y quedamos embebidos en toda la esencia de ese mundo en su momento más activo: la reorganización mental que sufre como consecuencia del archivamiento y actualización de toda la información recibida a lo largo de la jornada. Podemos llamarlo, para diferenciarlo del plano ideal platónico, el Mundo de los Sueños.

-Ya entiendo. Pero, ¿qué tiene que ver esto con el experimento del que hablabas?

-Eso es lo que viene ahora. Mi plan consiste en crear un aparato que nos permita crear una interfaz entre el Mundo de los Sueños y el yo consciente para poder observar claramente al primero. Y simular este mundo por ordenador, aprovechando las maravillas de la era informática. Sé que no tiene nada que ver con la física, pero necesito a alguien que me ayude a poner orden. ¿Me ayudaras tú, Ethan?

-¡Ni te atrevas a dudarlo, profe!

Habían tomado prestado el material de neurobiología y comenzaron casi inmediatamente a trabajar en la interpretación de las ondas cerebrales. Dante publicó algunos trabajos sobre la inducción del sueño y desarrollaron un producto capaz de estimular el cerebro durante la fase REM para investigarlo.  Seis meses después, Will se unió al proyecto ayudando especialmente con la parte digital, aspirando a simular satisfactoriamente los datos recabados.

Aquel día, los tres esperaban haber alcanzado su meta. A únicamente un botón de distancia, se abría ante Dante su ansiada puerta al Mundo de los Sueños.

Dante adelantó la mano y presiono ENTER. Miles de cifras empezaron a bailar en la pantalla. Un fogonazo, y ésta quedó en negro. El corazón del trío se encogió al unísono.

-¿Qué? -preguntó Ethan impacientemente- ¿Qué pasa?

-No seas impaciente. -contestó Will- Déjale tiempo a la computadora.

-¡Me estoy muriendo de los nervios!

-¡Y yo no tengo la culpa!

Varias palabras aparecieron en el monitor. Ethan y Will enmudecieron y clavaron su vista en la frase que parpadeaba en el ordenador. Dante hincó las rodillas en el suelo.

ERROR

Las grandes letras blancas cayeron como una sentencia de muerte sobre el grupo. Tras varios minutos de fulminante mutismo, Ethan fue el primero en recuperar la compostura.

-¡Qué mala pata! Bueno, a la siguiente saldrá bien. ¿Verdad, profe?

Dante no respondió. Seguía inmóvil, clavando su vista en la pantalla.

-No hace falta que digas nada profe. Eso es un “por supuesto, Ethan”. ¿No, Will?

-¡Deja de intentar animarnos Ethan! -respondió Will enfurecido- ¡Todo ha sido un desastre, y ni siquiera sabemos cual es el fallo!

-Tampoco hay que enojarse.

Dante se incorporó lentamente, todavía con la mirada perdida.

-No discutáis. Nos reuniremos mañana.

Su voz sonaba entrecortada y decepcionada. Will y Ethan bajaron la cabeza mientras Dante abandonaba el laboratorio arrastrando los pies. La frustación compartida sumía el cuarto en un aire funesto.

El mundo de los sueños. Capítulo II. El escritor inspirado.

31 Ene

Jonás irrumpió exaltado en su hogar, rompiendo la quietud del ambiente. La razón de su impetuosidad no era otra que una idea que rondaba por su cabeza desde el comienzo de la mañana. Llevaba toda la jornada aguardando para llegar a casa y plasmarla en papel, y nada ni nadie podría interponerse entre su meta y él.

Jonás debía tener ya unos 17 años y cursaba bachillerato en el instituto local de Arhkam, a dos manzanas de la universidad de Miskatonik. Tenía un aire descuidado y su pelo negro de rizos salvajes presentaba el aspecto de no haber conocido nunca un peine. Era obediente y estudioso, no destacaba demasiado y pasaba su vida en una apacible rutina que no tenía nada en especial. Pero debajo de su actitud simplona y común, ocultaba una desbordante imaginación.

La literatura llegó a las manos de Jonás a través de su padre, traductor de toda clase de libros. Desde que Jonás aprendió a leer gastó tardes enteras sumergido entre las páginas que le narraban mil y una historias. Y pasados unos años, Jonás se decidió a probar a escribir él mismo. Cientos de historias nacían bajo la tinta de su pluma, historias que siempre eran leídas en primicia por el progenitor de Jonás, que emitía un juicio crítico sobre ellas, animando por todos los medios posibles a Jonás para pulirlas y mejorarlas hasta el umbral de la perfección.

Aquel día Jonás creía tener entre manos una historia particularmente brillante. Llevaba ya una semana sin escribir nada, esperando tumbado a la musa de la narración que una vez le había visitado, otorgándole la inspiración, y desesperaba creyendo que ya no volvería. Sin embargo, unas horas antes una pequeña trama había cruzado su mente, y Jonás se aferraba ahora a ella como si fuera su última oportunidad para escribir. Jonás, dentro de su humildad habitual, se enorgullecía en su fuero interno de como su idea había ido madurando rápidamente desde su concepción, y podía decir sin exagerar que era la mejor de cuantas historias que se le habían ocurrido en la vida.

Jonás cruzó el recibidor y el salón casi corriendo, resuelto a comenzar a redactar cuanto antes le fuera posible. Justo cuando atravesaba la puerta que daba a su habitación, oyó una voz familiar detrás suya.

-¿A dónde crees que vas, jovencito?

Su madre, cruzada de brazos, le miraba con el ceño fruncido.

-Llegas a casa y lo primero que haces es ir a tu habitación a encerrarte sin tan siquiera saludar a la familia.

-Pero es que tengo una idea para una historia.-respondió Jonás impaciente.

-¡Ni peros ni peras! ¿Y qué pasa con la comida? Digo yo que los escritores también comerán. ¿O acaso se alimentan de aire?

-Mamá… por favor… Ya tomaré los macarrones luego.

En ese momento su padre salió al pasillo. Sus viejas gafas pequeñas y redondas centelleaban encima de su nariz, y lucía una simpática sonrisa llena de cálida felicidad.

-¿Qué te ocurre, Jonás?

A Jonás se le iluminó la cara. Quizás su madre no comprendiera sus motivaciones artísticas, pero su padre, amante incondicional de los libros, de seguro le daría el visto bueno.

-Tengo una idea genial para un texto. Y ahora mismo iba a escribirla.

-Me parece excelente. Espero ansioso que termines para poder leerlo.

Mi madre interrumpió de nuevo.

-¡Pero Philip! ¡Qué el niño aún no ha comido!

-Oh, vamos. Por comer un poco más tarde un día no va a morirse. Déjale un poco de libertad.

El padre de Jonás cogió a su madre por los hombros y la guió hacia la cocina, dándose la vuelta a mitad de camino para guiñarle un ojo a su hijo. Jonás le respondió con otro guiño.

Una vez dentro de su habitación, Jonás se apresuró a despejar su escritorio de cualquier cosa que pudiera distraerle de la historia. Cogió su viejo cuaderno y buscó la primera página en blanco. Localizó su pluma de faisán (su padre siempre decía que los buenos relatos siempre se escriben con una pluma de faisán) y humedeció su punta en un tintero. Tras comprobar que no había demasiada tinta pasándose el extremo por el dedo, comenzó a escribir.

Dejó un espacio para el título, que rellenaría en último lugar, y rubricó con perfecta caligrafía una descripción. Jonás siempre comenzaba sus novelas con una descripción concisa de la primera escena, en la que abundaban los detalles y los pormenores, tratando de buscar siempre la palabra exacta que transportara al lector al lugar descrito. Uno o dos párrafos largos dedicados exclusivamente a la ambientación, que estimulaban la imaginación y te llevaban dentro del libro. Luego pasó a presentar a algunos personajes secundarios sin importancia para la trama, adentrándose profundamente en su psicología.

Jonás ya llevaba veinte minutos de escrito ininterrumpido cuando su padre entró en la habitación con un gran plato de macarrones.

-Me encanta que escribas. -dijo- Pero no me gustaría que murieras de inanición. Tu madre de seguro me mataría.

-Muchas gracias papá.

-Ahora tengo cosas que hacer fuera. Volveré por la noche. Y pienso leer lo que lleves redactado.

-Vale papá.

Jonás continuó escribiendo y escribiendo, descansando cada poco para tomar la comida en pequeñas raciones. Las palabras parecían fluir solas en su mente; Jonás sólo tenía que mover la mano para dejarlas pasar al papel. Y de repente paró. Tras la súbita inspiración que le había dado para escribir veinte hojas de un tirón, se había quedado en blanco.

Jonás no podía creérselo. Repasó el texto una vez más. Todo estaba allí, dispuesto perfectamente para avanzar en la trama. Abundantes descripciones, personajes bien definidos, un argumento interesante. Debía ser el protagonista. Jonás leyó la última parte otra vez. El protagonista comenzaba un nuevo viaje a través del tiempo y… ¡¿no quería?!

Jonás se frotó los ojos. No recordaba haber escrito aquella parte.

-Me estoy exigiendo demasiado. -se dijo a sí mismo- No hay forma de que un libro le lleve la contraria a su autor, ¿no?

-¿Y por qué no?

Jonás casi se cae hacia atrás del susto. Cuando recuperó la calma, dirigió su mirada hacia la cama para descubrir al protagonista de su novela sentado en su cama. Lucía tal y como se lo había imaginado en su mente, vistiendo un sombrero negro y una gran cicatriz en su carrillo derecho. Incluso llevaba el colgante que acababa de recibir en su relato. Jonás se emocionó todo lo que pudo.

-Buenos días.

-¿Buenos días? Hace un momento te helabas de miedo y ahora tiemblas de felicidad. Eres un chico extraño. Supongo que no necesitas que te diga como me llamo, ¿verdad Jonás?

-Claro que no. Tú eres Zion. Tú actúas como protagonista en mi libro.

Zion se incorporó y empezó a mirar a un punto fijo en el techo.

-Bueno -Z gesticuló con resignación- me esperaba que mi creador fuera un poquito más… -en ese momento, miró a Jonas por el rabillo del ojo- Profesional.

-¡Eh!¡Eso ofende! -Jonás bajó la cabeza y jugueteó con sus dedos- Es decir, ya sé que no soy el mejor escritor del mundo,…

-No te ofendas. Escribes fantásticamente para ser tan joven. -Jonás se ruborizó. Zion aprovechó para cambiar de tema- ¿Sabes por qué estoy aquí? Por supuesto que no. -Zion se paseaba entonces de un lado a otro del habitáculo mientras hablaba- He venido a hacerte una proposición.

Los ojos de Jonás se agrandaron. Era evidente que la curiosidad le hacía mella.

-¿Qué clase de proposición?

-Dime Jonás, ¿te gustaría escribir la mejor historia jamás pensada?

-¡Por supuesto!

-Entonces busca al hombre que tiene un sombrero como el mío.

Zion se descubrió elegantemente la cabeza y le ofreció el sombrero.

-Toma, cógelo. Así no lo olvidarás.

Jonás sometió el sombrero a un examen exhaustivo. Era de color negro plano, sin ningún adorno; y de ala estrecha. Jonás no lograba cuadrar la imagen del sombrero en ninguno de sus conocidos. Pensó en preguntarle a Zion sobre la persona a quien debía buscar. Cuando levantó la cabeza, se encontró con su habitación vacía.

En el cuaderno, a continuación del último párrafo que había escrito, Zion decía “Buena suerte”.

El mundo de los sueños: Cápitulo I. La universidad.

27 Ene

La universidad lucía tan abarrotada como de costumbre. Cientos de estudiantes conversaban en el campus y algunos catedráticos cruzaban las puertas dedicando algunos breves saludos a las caras familiares. A Dante le reconfortaba ver la vida bulliciosa de la gente, en contraste con la escena inmóvil circundante, cubierta de abundantes plantas cuidadas con esmero por el jardinero y la impresionante edificación neoclásica de altas torres. En cierta manera, le llenaba de energía y le avivaba la mente ver a otros activos.

En la entrada, abovedada y luminosa, esperaban dos alumnos.

-¡Buenos días profe! Tienes mala pinta.

Profesor… Dante no terminaba de creérselo. Él era muy inteligente, un auténtico genio. Cum Laude a los 18 años en tres carreras: física, bioquímica y psicología. Aunque hay quien dice que el grado en psicología sólo se lo sacó por capricho. Y ahora, dos años después, era el profesor en nómina más joven de la historia de la Universidad de Miskatonic.

-No tan mala pinta como las notas de tu último examen Ethan- réplicó con sarcasmo. Pero gracias por preocuparte.

Ethan era un joven alegre y despreocupado. Fue el primer estudiante que Dante conoció antes de su primera clase un año atrás, y con quién compartía una especial complicidad, en parte porque sólo se llevaban una primavera de edad. Ethan no era precisamente lo que llamaríamos un alumno brillante, pero lo compensaba con esfuerzo y obediencia, razón por la cual Dante le permitía participar en su investigación privada en calidad de ayudante personal. En cuanto a su físico, lo primero que llamaba la atención de Ethan era su altura, que rondaba los dos metros. Ethan había sido de pequeño jugador de baloncesto, pero abandonó el deporte para estudiar física.

-Como siempre, el dedo en la llaga, profe.

El otro alumno, que había permanecido callado hasta el momento, decidió entrar en la conversación.

-Profesor, llegamos 20 segundos tarde a la clase…

-Oh, no te agobies tanto Will. -dijo Ethan- Por un pequeño retraso no se va a acabar el mundo.

Will tenía 18 años. Era tímido e introvertido, y no hablaba salvo para recordar a alguien que llegaba tarde. Cuando Dante le conoció, le ofreció enseñarle todas las instalaciones, incluyendo el laboratorio que utilizaba, intentando abrirle un poco al mundo. Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al viejo ordenador que utilizaba en los cálculos, el muchacho cambió totalmente de actitud y, pidiendo permiso antes, optimizó el sistema, que terminó todas las operaciones programadas  para la próxima semana en 15 minutos. Desde entonces, Will se había encargado de todos los asuntos informáticos de su experimentación, con modelos virtuales incluyendo todo lujo de detalles.

-Pero tal vez se acaben de manera anticipada tus estudios si el señor Worther lo juzga necesario tras tus constantes atrasos, ¿no Ethan? -dijo Dante.

Ethan palideció. Tras despedirse precipitadamente, se echó a la carrera hacia el fondo del pasillo.

-Vamos Will -instó Dante- Tampoco me agradaría demasiado que el señor Worther nos descubra en el pasillo cuando se supone que estoy dando clase.

La clase transcurrió apaciblemente y sin contratiempos. Dante les anunció que ya podían irse.

-Tú no, Will. Recuerda que hoy es la prueba.

P se apartó un mechón de pelo pajizo y contestó:

-Lo recuerdo perfectamente. Será dentro de 20 minutos y 46 segundos. A no ser que Ethan llegue tarde… otra vez.

-Deja de mirar al reloj, Conejo. Por esperar cinco minutos más no va a cambiar el resultado

Él miró a Will. Debajo de su semblante triste y apagado, parecía ilusionado por ver en que acabaría todo. Y Dante, aunque trataba de calmarse, también estaba deseando ver el fruto de su investigación.

-Aun queda tiempo, ¿verdad? -dijo Dante- ¿Qué tal si retomamos la conversación de ayer?

-¿Aquella acerca de economía?

-Ahh, se me olvidaba. Eres incapaz de rebatir mis argumentos y defender a tu querido Marx. Lo siento mucho pequeño.

-¿Cómo? El debate no acabó ni por asomo. Continuemos, aquí y ahora.

Dante sonrió. Había conseguido motivar a Will. Y Will era un más que digno contrincante en un combate dialéctico. Los dos habían pasado tardes enteras discerniendo acerca de temas de lo más diversos. Uno de los predilectos de ambos se trataba de economía y ética, todo mezclado. Will y Dante pasaron media hora hablando. En ese momento llegó Ethan.

-¡Buenas profe!

-Tic tac Ethan. -dijo Will- llegas 9 minutos y 9 segundos tarde.

-Buenos días a ti también Will.

Dante se interpuso entre los dos. No le apetecía que justo ahora Ethan y Will discutieran acerca de sus respectivas filosofías de la vida.

-Chicos, chicos. ¿No os olvidáis de algo importante? ¿Algo en lo que llevamos trabajando sin descanso durante mucho tiempo? ¡Platón aguarda!

Dante y sus dos ayudantes se dirigieron emocionados al ala oeste. Una sencilla puerta de caoba guardaba el acceso al laboratorio. Apenas destacaba entre las paredes marrones, seguramente a alguien que visitara por primera vez las instalaciones la entrada pasaría desapercibida. Para Dante, Ethan y Will se había convertido en costumbre el ir al viejo laboratorio tras las clases.

La sala de investigación consistía en un minúsculo cubículo iluminado por la débil luz de una lámpara que en ocasiones flojeaba. Un viejo ordenador, que había sido la mayor innovación tecnológica en 1991 esperaba pacientemente junto a algunos trastos de medición típicos de un laboratorio. Las paredes blancas estaban cubiertas de dibujos y anotaciones que Dante había elaborado tras decenas de cálculos y experimentos.

Will se apresuró a sentarse en la silla raída frente al ordenador y lo encendió. Ethan y Dante miraban con impaciencia y curiosidad por encima de su hombro la pantalla rayada, sobre la que se pintaban números y palabras al ritmo que Will marcaba con las teclas.

-Señores, -anunció Will- los preparativos ya están hechos. Por favor, pulsa el Enter para que comience el espectáculo.

El mundo de los sueños: preludio

23 Ene

Él siempre se despierta cinco minutos antes de que suene el despertador, tiempo que aprovecha para atesorar esos últimos momentos de paz antes de entrar una vez más en la vigilia como si no fuera a dormir otra vez.

El despertador empieza a sonar, como siempre, y él alarga la mano tanteando sobre la mesilla de noche hasta encontrarlo y lo silencia. Como siempre, comienza incorporándose sobre la cama con los ojos todavía cerrados. Abre el ojo izquierdo, lo cierra y abre el derecho. Entorna ahora este ojo lo justo para distinguir los montones de ropa repartidos por el suelo.

Como siempre, con un pequeño salto posa ambas piernas en el suelo. Él siente los brazos entumecidos, así que los alza lentamente por encima de su cabeza describiendo un semicírculo. Cuando ambas manos alcanzan el cenit del recorrido, casi tocándose, estira todo su cuerpo. Una vez terminada la ceremonia se dispone a vestirse.

Él recoge del suelo algunas prendas, y, como siempre, comienza a vestirse. Empieza con unos calzoncillos que había tirados junto a la puerta, y después cubre sus piernas con un par de pantalones que encuentra junto a la cama. Llegado a este punto, él se sienta en la cama y mira al espejo. Mira al espejo porque esta enfrente de la cama, pero podría perfectamente mirar a cualquier otro sitio. Durante unos instantes, se centra en recordar todo aquello que ha soñado esa noche. muchas veces no lo logra, pero cuando algún retazo de sueño permanece en su memoria, él trata de retenerlo en su cabeza y disfrutarlo por la eternidad. Una vez se da por vencido, retoma la tarea de vestirse, como siempre.

Tras lavarse la cara, él comienza ya a ver el mundo con ambos ojos abiertos. Como siempre, no le gustaba demasiado la sensación del agua fría resbalándose por su cara. Hace sus necesidades en el excusado, previniendo así la desagradable sensación de tener la vejiga llena durante la jornada.

Sin demasiadas ganas ni energía, él se prepara como siempre un frugal desayuno consistente en leche y cereales sin mezclar (a él no le gustaba la comida reblandecida) y lo come sin prisas, planeando el día que le espera por delante.

Como siempre, él vuelve una vez más al baño para afeitarse y lavarse los dientes. Reparte el tiempo en el baño en dos mitades porque no puede desayunar sin antes haberse lavado la cara, pero considera absurdo y fuera de toda lógica lavarse los dientes antes de de una comida, principal exposición de los dientes y encias ante las sustancias perniciosas que los dañan. Como siempre, cronometra mentalmente cinco minutos exactos cepillándose, en los que frota con detalle cada una de las partes de su boca, incluyendo la lengua en último lugar.

Una vez terminados todos los preparativos para el día, él se acerca, como siempre, al armario, y se enfunda en su vieja gabardina. Contempla satisfecho al reloj mientras espera la hora de salir de casa para coger el autobús que le llevará a la universidad, retándose entretanto a sí mismo para comprobar que es capaz como siempre de medir el tiempo sin error apreciable. Y llegada la hora habitual, recoge las llaves de la mesa, se coloca bien ceñido su sombrero y atraviesa la puerta principal. Como siempre.