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Un grito de socorro desde la república independiente de mi casa

10 Ene

Me encontraba yo tranquilamente gozando del compendio de infinita sabiduría que me ofrecía Internet. ¡Bendita tecnología! La curiosidad es ahora el único límite para acceder a cualquier información.

Sin embargo, pronto una turbia amenaza hizo peligrar mi apacible calma: mi hermano pequeño, con quien mantenía una relación más o menos fraterna, irrumpió en mi cuarto con la discreción de una manada de elefantes furiosos; y por si la interrupción no hubiera bastado, me exigió que cesara de inmediato toda actividad informática y le dejara mi puesto privilegiado frente a la computadora.

Lejos de perder los estribos, le pedí con educación que me ofreciera algún motivo razonado para ello. La expresión estúpida y pueril con la que me deleitó me llevó a deducir que carecía de éste, o que si por el contrario tenía un argumento, era del tipo “porque lo digo yo” que desgraciadamente tan común se ha vuelto en los tiempos que corren.

Continué, pues, con mi epopeya gnóstica particular, pero mi hermano, lejos de rendirse, dejó claro que si los expertos habían dictaminado que el silencio absoluto no existe, era a causa y sazón de él. He de reconocer que mi paciencia, por lo general infinita, comenzaba a flaquear. Me abstuve de utilizar la violencia o cualquier tono amenazante, y le invité amablemente a salir de mi cuarto.

Milagrosamente me hizo caso, pero sólo para volver minutos más tarde, y esta vez, acompañado por el juez, jurado y verdugo del gobierno doméstico: mi madre, con quién me unía una relación menos fraternal que con mi hermano, y más materno-filial.

Trataré de reproducir con la mayor fidelidad posible cómo acaeció nuestra conversación

  • ¡Niño! ¡Deja al pequeño!
  • Discúlpeme, querida progenitora, pero no veo ningún motivo para ello; ¿o es que acaso hago daño a alguien? ¿Hay algún aquejado por alguna extraña enfermedad que agrave por momentos mientras yo trato de compilar información?
  • Llevas jugando toda la tarde. Deja jugar al hermanito AHORA.
  • Más, ¿por qué hacerlo?
  • Porque es lo justo.
  • ¿Qué es lo justo? No lo veo yo así… Ahora estoy obligado a acatar una autoridad que se me impuso desde mi nacimiento, sin darme opción ni pedirme opinión. ¿Con qué derecho se alza entonces esta justicia?
  • Mi techo, mis normas. Y si no te gusta, emancípate.
  • Nunca hubo una elección por mi parte que te otorgara poder sobre mí. Tu gobierno puede ser legal, pero no es en absoluto legítimo.
  • Mira que puedes ponerte pedante, caray.
  • ¿Pero no te das cuenta del absurdo? Perpetramos, generación tras generación, un modelo familiar reminiscente de la infame dictadura; cuando en los panfletos electorales hablamos del sacro Estado de la democracia.
  • NI PEROS NI PERAS.
  • ¡Ah, mujer vil! ¡Ahora amenazas mi derecho a la libre expresión, el último resquicio de libertad que me queda en este ambiente opresor y degenerado! ¡No silenciaras mi pluma! ¡Defenderé mis ideales hasta mi último aliento!

Y así me apresuré a redactar esta pieza de texto, en la que vuelco mi esperanza de acabar con la injusticia. Huelga decir, por supuesto, que la escribo desde el móvil, y no desde el ordenador.

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Una familia moderna

26 Ene

La mía es una familia muy moderna. De hecho, es tan moderna que el día que el vecino descubra como ponerle contraseña al wi-fi, todos colapsaremos.

Está por ejemplo mi hermano. Mi hermano es un chaval típico de 10 años que se pasa TODO el día delante de la consola. Su vicio es increíble. Ostenta todos los records de todos los juegos que han salido… y de los que saldrán. Tiene una especial predilección por los juegos on-line (porque en esta nueva era ya no podemos decir juegos en la red, tenemos que decir juegos “onlain”). Ha llegado al punto de no necesitar el mando para jugar…

Luego tenemos a mi madre. Echo de menos los días pasado,s cuando mi madre me llamaba a grito pelado para avisarme de que la comida estaba preparada. Ahora me manda un What´s app, diciendo: “L CMD ST HCH. VN PACA. TQM.” Y a mí me toca descifrarlo.

Antes dije que mi familia entera se derrumbaría, pero la verdad es que mi padre sí que sobreviviría. A él no le importaría en absoluto que no hubiera Internet. O que empezara la tercera guerra mundial en la cocina. O que me cayera por la ventana. Mientras tenga un sofá donde tumbarse y deportes en la tele, lo demás le da igual.

La diferencia entre mi padre y mi madre es tan marcada como la diferencia entre el día y la noche; entre el cielo y la tierra; entre Yao Ming y Sarkozy. Nada más entrar en casa, mi madre no me pregunta, me bombardea: “¿Qúe tal en el colegio? ¿Has pasado frío? ¿Te comiste todo el bocadillo? ¿Llegaste a tiempo esta mañana?” Y cuando todavía estoy respondiendo a la primera pregunta, ella ya ha cogido carrerilla y me está dando órdenes: “Quítate los zapatos, deja en su sitio el abrigo, lávate las manos, llama a tu hermano para comer, recoge la ropa sucia, ¿te has quitado ya los zapatos? ayúdame a poner la mesa, lleva tu portátil a la habitación,..” “Perdona mamá.” “¿Qué hijo? “¿Puedes repetirlo otra vez?”

Ya de camino a mi habitación, mientras pienso si tenía que lavar el abrigo o llamar al portátil para comer, me encuentro con mi padre repantingado en el sofá. Sin hacer nada. Que parece un funcionario. Y cuando le saludo, inmediatamente me dice: “Qué has hecho ya.” “¿Yo? Nada. Ah, por cierto, saqué un 9,7 en el examen de sociales” Mi padre voltea la cabeza lentamente y me mira directamente a los ojos. “¿Sólo? Anda, no pasa nada. Acércate.” Yo le hago caso, y cuando llego a su lado, de improviso me suelta una colleja. “¡Ahh! ¿Y yo que hecho?” “No es por lo que has hecho. Es por lo que harás.”