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Polybius – Parte 12

6 Ago

No consigo recordar cuanto tiempo pasé leyendo. No quería levantar la vista la vista del libro y encontrarme nuevamente en las oficinas de Sinneslöschen. Pero nada podía hacer para evitar el paso del tiempo; finalmente la puerta gris volvió a abrirse.

Un hombre de negro guiaba al doctor Schneider cogiéndole los hombros. No lograba comprender que pasaba. Schneider estaba con la mirada perdida, en un estado catatónico; su rostro carecía de la vida que había reconocido en él antes de que se lo llevaran. Locura era lo que mostraban sus ojos, pero una locura inanimada, que le apartaba de la realidad en vez de tergiversarle la percepción y la razón. Como si hubiera sufrido una… pérdida de los sentidos.

Traté de hablarle, pero no reaccionaba. Simplemente me ignoraba, junto al resto del universo. Ambos hombres salieron de la sala de espera, el gigante guiando a Schneider.

Les seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ellos. Entonces, oí como alguien se aclaraba la voz. Delante de la puerta gris se alzaba otro coloso imponente, al que reconocí por el hecho de que no llevara gafas como el resto. Al parecer había entrado después de Schneider, pero de una manera tan silenciosa y furtiva que ni siquiera había reparado en su presencia hasta que quiso hacerse notar.

El hombre abrió la puerta gris y ladeo ligeramente la cabeza, dándome a entender que mi turno había llegado. Me levante con parsimonia tras dejar el libro donde Schneider lo abandonó, imaginándome quién o qué me esperaba dentro.

Recorrí un largo y oscuro pasillo que daba a un despacho de tamaño medio, decorado al estilo minimalista. Lo único que destacaba dentro de la habitación era un ordenador, y un hombre tecleando en él. El ordenador era un modelo nuevo que había visto en algún anuncio televisivo; el hombre era de unos treinta años, con rasgos marcados y gafas de pasta.

El hombre de negro volvió por el pasillo, y yo tomé asiento. Sentí como la tensión iba en crescendo cada vez que el ratón era clicado. Pensé que el hombre no se había dado cuenta de mi persona, así que me dispuse a saludarle. Antes de que ningún sonido saliera de mi boca él comenzó a hablar.

-Supongo que querrá saber qué demonios está pasando, ¿me equivocó, señor médico?

-¿Quién…?

-¿Soy yo? –Completó rápidamente mi interlocutor- Ed Rotberg, director de Sinneslöschen; aunque la administración no es mi fuerte, sino la ingeniería de software.

La voz de Rotberg era calmante, especialmente en contraste con los siniestros y mudos gigantes de negro. Sin embargo, no podía olvidar que esto no era una entrevista de trabajo; era un secuestro en toda regla.

-¿Por qué estoy preso aquí?

-¿Preso? –dijo levantando una ceja- Nada más lejos de la realidad. Mandé a mis colegas a buscarle para felicitarle por el trabajo con los chicos enfermos, ya para poder explicarle toda la verdad. Me disculpo sinceramente si mis trabajadores le han ocasionado algún problema.

¿Mentía? No podía saberlo a ciencia cierta. No obstante, la curiosidad pudo al orgullo y la prudencia.

-¿Cómo está relacionado Sinneslöschen con los enfermos?

Ed Rotberg apoyó los codos sobre el escritorio y cruzó las manos.

-En primer lugar, deberá saber a qué nos dedicamos. Nosotros somos una rama independiente de una gran empresa de videojuegos. Como tales, nos dedicamos a la industria del entretenimiento.

-Y ustedes desarrollaron Polybius.

-Veo que ha investigado algo por su cuenta. Sí, efectivamente. Polybius es nuestro primer juego. En su fase de desarrollo consistía en escapar de un laberinto, pero finalmente nos decidimos por un shooter con naves espaciales. Pensábamos que así venderíamos más.

-Por favor, continúe.

-Durante la producción todo iba bien. Hasta que llegó la hora de probar el juego. Varios de los “beta testers” experimentaron migrañas y otras molestias menores tras jugar. En un principio lo achacamos a cansancio ocular; después de todo es gente que se gana la vida jugando delante de una pantalla. Así que ignoramos completamente el pormenor y comenzamos un tour por Oregón para probar la máquina en distintos recreativos, preguntando por feedback a los dueños de los distintos arcades.

-¿Qué ocurrió?

-Un niño se desmayó delante del videojuego en Eugene. Lo apuntamos en un informe como un añadido, sin darle mayor importancia. Como usted comprenderá, los datos que nos interesaban eran las ventas. Pero volvió a suceder, varias veces más.

-¿Qué causaba los desmayos?

-Varios médicos que examinaron a los niños coincidieron en que era una epilepsia causada por cambios de color muy bruscos, así que intentamos recuperar la máquina para sustituir los gráficos cuanto antes.

¿Eso era todo? ¿Tenía razón desde un principio? ¿Ataques epilépticos sin más? Rotberg siguió hablando:

-Para cuando nos dimos cuenta del error la máquina ya estaba en Portland, donde tres niños cayeron.

-Lewis, Dave y Willy. ¿Qué ocurrió con ellos? –pregunté.

-Respecto al pequeño Dave, creo que su madre recurrió a usted antes de que pudiéramos encontrarle. Y ya sabe lo ocurrido. –Contuve una arcada al pensar en la esponja y el cadáver- Los otros dos niños fueron transportados a un hospital psiquiátrico por mis hombres, con todos los gastos pagados.

Mentía. Había visto con mis propios ojos como quemaban a Willy. ¡¿Qué clase de tratamiento macabro era aquel?! Mientras, Ed Rotberg me miraba con una media sonrisa en la cara.

-Espero que todo haya quedado aclarado. Muchas gracias por su venir hasta nuestras oficinas. Y no se preocupe más por los niños; yo me encargaré personalmente de que reciban la mejor de las atenciones.

A continuación exploté. No logro recordar con precisión qué palabras utilicé, y en caso de recordarlas no estoy muy seguro de que me gustaría ponerlas en este informe. En cualquier caso, di rienda suelta a mis emociones. Durante todo momento el empresario me miró impasiblemente, y dejó con parsimonia las gafas sobre la mesa.

-Usted está muy estresado. –Afirmó- Por fortuna, sé cómo solucionar eso. –Rotberg tecleó un par de veces en el teclado y luego escarbó en un cajón hasta sacar algo: un joystick.- Sería una pena que se fuera sin probar el juego que comenzó este disparate, ¿no cree?

Empuje la silla con mis brazos, apartándome instintivamente de la pantalla que Rotberg giraba.

-No hace falta tanta precaución. Ya nos encargamos de corregir los gráficos, no debería haber problema con una partida corta.

Sin dignarme a dirigirle la palabra, me levanté y me dispuse a salir. No obstante, un gigante me salió al paso, bloqueando la puerta.

-Tal vez no me ha entendido bien. –dijo Rotberg- Juegue.

Amedrentado por el tono imperativo, me senté de nuevo.

Rotberg enchufó el controlador al ordenador de sobremesa y ejecutó un programa. En la pantalla ladeada apreciaba la pantalla de inicio de un videojuego, reminiscente de las que había en las máquinas de Astrocade. El empresario giró la pantalla hacia mí.

-Creo que no me equivoco al afirmar que usted no es un aficionado a los recreativos. –Rotberg tomó mi silencio enojado como una corroboración. Me esforzaba todo lo posible por mantener el ceño fruncido y hacerles ver que pensaba que esto era una pérdida total de tiempo, pero mi pulso acelerado amenazaba con hacerme temblar y delatarme. -Las instrucciones, señor médico, son sencillas. Esta palanca mueve la nave –el hombre acompañó sus palabras de una demostración- este botón sirve para disparar las armas de la nave; aunque esto es una beta y no están implementados aún enemigos, así que no será de mucho uso. Por último, si toca una pared el juego acaba. –Rotberg dirigió la nave contra una pared a propósito y, en efecto, una exhibición de fuegos artificiales indicaban que la nave había reventado.- Game Over.

A continuación, el hombre volvió a ladear la pantalla y pulsó alguna combinación de teclas; un menú titulado “funciones ocultas” apareció en la computadora. Las opciones que se desplegaban bajo ese menú no pude apreciarlas con claridad. Me entregó el joystick.

-Su turno. Mientras usted disfruta de nuestro juego, yo tengo unos asuntos que atender. Estoy seguro de que no le gustaría retenerme. –Ed Rotberg sonrió para sí mismo, convencido de que había dicho algo muy divertido. Traté de dedicarle una mirada de desprecio, pero no pude. Tenía un nudo hecho en el estómago, incapacitándome. Quería gritar y salir corriendo. Una mirada hacia la puerta obstruida por el matón me dejó claro que mi intento sería en vano.

Ed Rotberg salió. El hombre de negro me indicó con un gesto que empezara la partida y se dio la vuelta. Tragué saliva.

Polybius, rezaba el título. El juego que había causado, al menos, dos muertes en Portland. Era también fácil asumir que el Schneider al borde de la locura que había visto salir de las oficinas era producto de este maldito juego. Y yo era su siguiente víctima.

Sus gráficos eran brillantes; y aunque tantos cambios de color eran como un mazazo en mi cabeza cansada algo hipnótico me invitaba a no apartar la mirada. La música era estridente y casi alienígena.

Necesitaba un plan, y lo necesitaba en breve, antes de que mi amigo de negro se impacientara y me sometiera a una sesión de juego al más puro estilo de la Naranja mecánica. “¿Podría fingir que juego mientras miro hacia otro lado?”, contemplaba en silencio. La pantalla brilló ante mis ojos, como riéndose de mi vana esperanza. “¿En serio crees poder aguantar sin mirarme? He sido diseñado para ser mirado, y un solo vistazo basta para que no puedas apartar la cabeza demí.”, parecía decirme. Sin embargo, había gente que había mirado sin consecuencias. Nathan había jugado antes que Lewis, y los hombres de negro por fuerza habían tenido que mirar las pantallas del juego en alguna ocasión.

Claro, puede que sólo afectara a los niños. Después de todo, los menores son más sensibles a esta clase de ataques epilépticos. ¿Y Schneider? Tal vez el juego del despacho de Rotberg, esta beta que había llamado, fuera más potente. Rotberg había jugado, pero antes de que trasteara con ese menú de funciones ocultas. Después había salido sin demora del cuarto; evidentemente no quería someterse a la influencia del juego. ¿Y el guardia que me habían dejado? ¿Por qué arriesgarse a dejar la puerta abierta y poder echar un vistazo accidental al juego? Un vistazo no sería suficiente para provocar la reacción, entonces.

Volví a pensar en Nathan. Había estado mirando la pantalla mientras Lewis jugaba, con casi total seguridad, y aun así había resultado impune. ¿Por qué? ¿Qué le protegía?

Una idea me cruzó la cabeza. Era posible que… Supongo que no me quedaba otra. Esperaba estar en lo cierto.

Lentamente, procurando no hacer ruidos que alertaran al guardia, me llevé las manos al bolsillo.

En la entrada, el impasible guardia advirtió la música que señala el comienzo de una nueva partida.

Polybius – Parte 11

24 Abr

A través de la ventana observaba como las calles de Portland se iban sucediendo delante mía. Las pocas personas que seguían en la intemperie a estas horas no reparaban en la furgoneta negra, que se deslizaba a través de la tenue luz de las farolas con un susurro mecánico.

Me pregunté adonde estaría siendo llevado mientras notaba la mirada de mi captor clavada en mí como una astilla. El gigante mate se sentaba tranquilo, como si supiera con certeza que no intentaría hacer nada. O que todo lo que pudiera intentar acabaría indudablemente en fracaso.

Le alargué la mano ofreciéndole las gafas de sol que antes había recogido, pero no movió un músculo. Al darme cuenta de que no iba a recogerlas las guardé en mi bolsillo y volví a mirar por la ventana, tratando en vano de ubicar el recorrido del vehículo.

De cuando en cuando atravesábamos zonas que me eran vagamente familiares, pero pronto volvía a perderme. En ese momento contemplaba al final de la calle una oficina de considerable tamaño, que se iba engrandeciendo por momentos según nos acercábamos. Las ventanas del colosal edificio eran pequeñas y deprimentes. Unas luces encendidas delataban la presencia de personas.

La furgoneta paró delante de la oficina. Oí como el conductor bajaba y se acercaba a la parte trasera del vehículo. La puerta se abrió y los dos gigantes, el conductor y quien me acompañaba dentro del vehículo, se quedaron mirándome a través de sus gafas negras, expectantes.

Querían que saliera. Tampoco se me ocurría una opción mejor.

La luz brillante de las farolas me recibió con entusiasmo mudo al salí de la furgoneta de cristales tintados. Ahora podía leer con claridad el letrero encima de las oficinas: Sinneslöschen. A estas alturas no me sorprendía en exceso; sin embargo, pude notar cómo me temblaba la mano dentro del abrigo. Si dijera que se debía al frío mentiría descaradamente.

Reconsideré la idea de escapar, pero los gigantes negros seguían vigilándome en su mutis. Respiré profundamente y me aventuré dentro del edificio, escoltado por mis captores.

Una vez atravesado el umbral de la puerta el que creo había conducido se adelantó y nos guío por un laberinto de pasillos estrechos. Pensé en Lewis, y si seguiría vivo en estos momentos. Finalmente, llegamos a una sala de espera. Los hombres esperaron a que entrara y después cerraron la puerta. Pude oír el sonido del cerrojo cerrándose.

Dentro había un hombre leyendo distraído, sentado encima de una silla de plástico parecida a la que encontrarías en un hospital. Enseguida levantó la vista y habló.

-No te molestes en intentar escapar. Ya he probado todas las salidas.

Le dediqué un breve vistazo a la puerta gris en el otro lado de la habitación, cerrada a cal y canto. Luego centré mi atención en el lector. Su voz me resultaba familiar…

-¡Mister Schneider!

-No parece estar en buenas condiciones, doctor.

El doctor Schneider era un hombre mayor y cano, pero mantenía cierta chispa de actividad. Vestía un traje marrón y gafas pequeñas; no era muy diferente a como lo había imaginado durante las conversaciones telefónicas.

-¿Cómo ha terminado en Portland? Le creía en la escuela de medicina de Salem.

-Nada más terminar de hablar con usted aquella última vez los hombres de negro me recogieron en una camioneta. Llevaban tiempo vigilándome, aunque no esperaba que me cogieran tan pronto.

-¿Qué hemos hecho exactamente para que nos capturen?

-Ser demasiado curiosos. Tal vez hayamos topado durante nuestra investigación con una tapadera que no les conviene que destapemos. -Schneider cerró su libro y lo posó en el asiento contiguo- Hace ya unas semanas dos niños llegaron a mi consulta. Ambos parecían haber perdido la cordura y repetían una palabra que uno de mis ayudantes reconoció como alemana.

Sinneslöschen.

-Exacto. Los tres niños se habían desmayado mientras jugaban en unos recreativos, en la misma máquina. Fisgoneé un poco, y terminé enterándome de que la máquina en cuestión estaba en un tour de prueba por todo Oregón. Telefoneé a los recreativos de ciudades cercanas, y pronto encontré el rastro de la máquina en Oregon City. Una tercera víctima había caído delante de la máquina. El encargado del establecimiento me facilitó las direcciones del pequeño y el nombre de la empresa que produjo el juego. Les había encontrado. El problema, amigo mío, es que ellos también me encontraron a mí.

Trague saliva y me aventuré a preguntar.

-¿Cuál era el nombre del juego?

-Polybius.

Saqué mi libreta. Efectivamente, ese era el nombre que Nathan me había dicho.

De repente, la puerta gris se abrió, revelando a un hombre de negro. Me acerqué, presuponiendo que esperaba que le siguiera, pero me detuvo con un gesto. En mi lugar, el señor Schneider se levantó.

-Soy el primero, parece. De todos modos, ya le he contado lo que le tenía que contar. Espero que nos volvamos encontrar algún día, en circunstancias más favorables. Ha sido un placer, doctor.

-Igualmente, doctor Schneider.

Observé apesadumbrado como Schneider salía del habitáculo con el gigante pegado a su sombra. Cada paso que daba me adentraba un poco más en el miedo. Tuve por seguro que no volvería a verle, que el sitio donde le llevaban sería su tumba, o algo peor. Y yo iba a ser el siguiente en ir a aquel sitio.

El silencio de la sala creció hasta que se hizo opresivo. Vagué de un lado a otro, tratando de reordenar mis pensamientos mientras releía la libreta. Recordé a Willy Vance ardiendo en la hoguera. Recordé a Dave Brunt ahogado con una esponja. Recordé a Lewis Lillman, desaparecido, loco y probablemente muerto.

Después me senté donde antes estaba el doctor Schneider, y me percaté del libro que había dejado en la sala. El título en la portada rezaba: El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft. El escritor me resultaba familiar; probablemente hubiera sido objeto de una moda febril hace poco en Portland, de la que mis pacientes me habían hecho partícipe sin yo saberlo. La cultura nos rodea, y quieras o no termina adhiriéndose, muchas veces en forma de pedazos o nombres que permanecen en la memoria.

Ojeé un poco las páginas del libro. Los márgenes estaban llenos de anotaciones, en su mayoría acerca de la personalidad del escritor. Supuse que el doctor Schneider podía quitarse la bata, pero nunca dejaría de su profesión, la psiquiatría, a un lado.

Me esforcé en dejar la mente en blanco, olvidar la situación en la que estaba y los horrores que había presenciado. Y leí.

Polybius – Parte 10

20 Oct

El sol era ya nada más que una mancha borrosa sobre el horizonte, batallando con su débil fulgor a las farolas recién encendidas. Mientras tanto yo caminaba alejandome del río, en dirección a la zona residencial. Buscaba una cabina de teléfono.

Me había costado horrores calmarme tras el episodio de la hoguera. El cansancio y el terror me instaban a dejarme caer en el primer banco que viera, pero no podía permitírmelo. Después de todo, Willy había sido asesinado. Y Lewis era el siguiente.

No creía que estuviera aun a tiempo de salvarle. Ellos tenían una furgoneta y yo iba a pie. Incluso puede que el mismo fuego que había devorado a Willy hubiera consumido anteriormente al hijo de los Lillman, traído momentos antes por los hombres de negro. O un segundo equipo que le hubiera despachado de una manera similar. A pesar de ello, tenía que intentarlo. Si los gigantes habían decidido desviarse para visitar al otro niño que se desmayó en los recreativos, Dave, quien yo sabía muerto, aun cabía la posibilidad de que una llamada al padre de Lewis pusiera a salvo al niño.

Apreté un poco el paso, y mi cuerpo se quejó por ello. Finalmente una solitaria cabina telefónica apareció tras una esquina. Abrí la puerta y entré.

Entonces caí en la cuenta de que me había dejado el maletín en el hogar de los Vance. “Maldita sea” me dije, “Mi cartera estaba dentro del maletín”. Escarbé en los bolsillos de mi gabardina en busca de monedas. Un bolígrafo medio gastado y mi libreta de notas fueron mis hallazgos en el bolsillo derecho. Volví a guardarlos y probé suerte en el izquierdo. El frío tacto del metal y un tintineo me aliviaron al instante. Me acordé entonces de que esas monedas se me habían caído del maletín en la entrada de Astrocade y no me había preocupado de guardarlas nuevamente en su lugar.

Cogí 20 centavos y los introduje por la rendija del teléfono. Acto seguido marque el número que tenía apuntado en la libreta junto al nombre de Lewis Lillman.

Los pitidos de la línea no tardaron en desaparecer. Escuche la voz del señor Lillman.

-¿Diga?

-Buenas noches señor Lillman. -respondí sin demora.

-Oh, doctor. Precisamente estaba intentando contactarle. Vamos a prescindir de sus servicios.

Un silencio tenso siguió a su comentario. Parte de mí no quería creerle. No quería creer lo que aquello implicaba.

-¿Cómo dice? He debido haberle escuchado mal.

-No es necesario que se preocupe más por la enfermedad de mi retoño. Por supuesto, le pagaré la consulta de ayer.

-No importa el dinero. ¿Dónde está Lewis?

-Ha sido ingresado en una clínica. Un hombre trajeado vino esta tarde y habló con mi señora. Decía que mi hijo sufría una enfermedad descubierta hace poco y que debía ser tratada en clínica. En un principio mi mujer desconfió, pero cambió de parecer al ver los papeles oficiales del Instituto de Medicina estatal. -el teléfono se me escurrió entre las manos sudorosas. Me di prisa en cogerlo nuevamente- ¿Oiga? ¿Sigue ahí?

-Sí, disculpe. Tengo que decirle… Es difícil de probar pero tengo la sospecha de que los hombres que recogieron a su hijo no eran quienes pretendían ser.

-Entiendo que esté disgustado conque hayamos decidido apartarle de su paciente, pero le prometo que no dejaremos de recurrir a usted en el futuro. Es un buen médico; ya han sido muchas ocasiones en las que nos ha ayudado.

-¡No es por eso!

-Escuche. Es tarde y la cena me espera. Hablaremos mañana si quiere. Adiós, doctor.

-¡No cuelgue!

Pero el señor Lillman lo hizo igualmente.

Volví a introducir mi mano en el bolsillo para rescatar las monedas que habían sobrado. Antes de que pudiera coger ninguna, una sombra se cernió sobre la cabina.

Un hombre que medía dos metros ataviado en negro y con gafas de sol estaba postrado frente a la puerta. Di un grito ahogado mientras abría.

Estaba atrapado. No había posibilidad de huida. Reuní las fuerzas que me quedaban para darle un derechazo en la mejilla, en un intento desesperado. Sus gafas de sol cayeron al suelo, pero no hubo reacción por su parte. Daba la sensación de que le hubiera atizado con un cojín en vez de con el puño.

Entonces vi que no estaba solo. Dos copias exactas aguardaban junto a la furgoneta negra. Me pregunté cómo era posible que ningún ruido me hubiera alertado. Un vehículo no puede ser tan silencioso.

El gigante que tenía ante mí se acercó a la parte trasera de la furgoneta y abrió  las puertas. Luego volvió a mirarme intensamente. Quería que entrara. No tuve más remedio que hacerle caso, pero antes recogí las gafas de sol caídas. Ninguno de los hombres de negro hizo ningún gesto hasta que me metí dentro de la furgoneta. El hombre sin gafas subió conmigo. Los otros dos se montaron en la cabina y arrancaron.

Polybius – Parte 9

14 Oct

No había tiempo para pararse a pensar. Delante de mí había un muro insuperable de huesos y carne; y mi instinto de conservación me advertía a gritos que no me dejara atrapar . Le cerré la puerta al gigante en sus narices.

El señor Vance seguía de pie en el pasillo detrás de mí, pero parecía demasiado sorprendido por mi brusca reacción, así que le aparté de un manotazo y busqué otra salida.

Se oyó un tremendo golpetazo proveniente de la entrada. El hombre de negro había embestido bruscamente contra la puerta y se disponía a intentarlo de nuevo, deduje. El tiempo se acababa.

“Piensa” Me dije a mí mismo “Pero piensa rápido” Entonces me fijé en la ventana junto al teléfono, que debía dar a la calle trasera. ¿Habría algún obstáculo delante?

Pero no tuve tiempo siquiera de hacer la comprobación. Un segundo golpetazo y un crujido me informaron de que el hombre de negro ya había terminado con la puerta y ahora estaba pasando el umbral. Tomé aire, deje que la adrenalina inundara mi cuerpo y comencé a correr en dirección a la ventana.

Al parecer la diosa de la fortuna parecía dispuesta a sonreírme por una vez. Caí suavemente de rodillas en un jardincito trasero con hierba mullida y cuidada. No tardé en incorporarme y salir corriendo hacia el norte, donde el gentío parecía congregarse a celebrar la tarde.

Me pareció advertir en el reflejo de los coches una gigantesca silueta oscura que corría en mi dirección apartando a empujones a los transeúntes circundantes. No me molesté en comprobarlo, y apreté aun más el paso.

Atravesé temerariamente la calle de acera a acera esquivando los vehículos que la recorrían. Uno de ellos tuvo el detalle de recordarme las leyes cívicas con un sonoro bocinazo. Pero en ese momento mi conciencia ciudadana estaba de vacaciones forzadas ante el peligro inminente. Me di la vuelta justo a tiempo para ver como mi perseguidor se salvaba por un pelo de ser atropellado gracias a los reflejos del conductor de un Audi 100 Avant, un modelo nuevo en el mercado.

El accidente había atraído la atención de muchos curiosos, que se interpusieron entre el hombre de negro y yo. No lo dudé y eché a correr como si me persiguiera un tigre de bengala.

Mi huída se prolongó durante media hora más, hasta que  caí en la cuenta de que el aire comenzaba a faltarme en grandes cantidades. Me arrepentí profundamente de no haberme apuntado al gimnasio local cuando tuve ocasión.

La carrera desesperada me había arrastrado al sector industrial junto al río. Respiré agitadamente apoyado en una pared mientras comprobaba aliviado que no había nadie más allí. Pero el alivio no duraría mucho.

Justo en frente mía había una impoluta furgoneta negra que bien recordaba de mi visita a los recreativos. En su lateral se encontraban las mismas letras plateadas que me llevaban largo tiempo dándome quebraderos de cabeza: Sinneslöschen.

Maldije al destino por su peculiar ironía. Huyendo de ellos, he terminado yendo de cabeza a mis perseguidores. Al menos parecía que nadie ocupaba el vehículo; de lo contrario ya hubiera salido a por mí. No obstante, si la furgoneta estaba aquí aparcada quien quiera que la hubiera traído hasta aquí no podía andar lejos y no me quedaban fuerzas para continuar la fuga.

El crepitar de unas llamas me sacó de mis ensimismaciones. Una humareda espesa y negra se alzaba detrás de una nave industrial junto a la furgoneta, de una zona llana probablemente pensada para que los barcos mercantes dejaran con ayuda de grúas su carga.

Sin ninguna razón para ello, al ver el humo se me erizaron los pelos del brazo. Algo siniestro se adivinaba en las formas que articulaba; y juraría de no haber estado al borde del colapso que tenía el aspecto de una calavera.

Podría en ese momento haber permanecido recostado contra la pared hasta reunir las fuerzas necesarias para salir de allí. Pero algo me decía que tal vez esta era la única pista que podría recabar en las actuales circunstancias. Había la vida de dos niños en juego. No era el momento de ponerse a dudar. Así que con esta nueva resolución me acerqué con cautela a la esquina del edificio.

Tras atravesar la puerta de metal, que cedió con un leve empujón al no estar cerrada, me fijé en los containers que parecían un escondite perfecto para acercarse a lo que fuera que produjera el humo. Caminé procurando hacer el menor ruido posible mientras agudizaba el oído. Solo el chisporroteo que produce el fuego rompía el absoluto silencio del atardecer.

Miré por la pequeña apertura que había entre dos containers. Al otro lado, dos hombres contemplaban callados una hoguera de tamaño respetable. Uno de ellos era el gigante de negro que ya prácticamente podía llamar mi perseguidor particular. Y el otro… me froté los ojos sin creer lo que veía. ¿El otro era la misma persona? Sí, no me equivocaba. Eran copias idénticas.

Los siniestros gemelos miraban fijamente a un punto de la hoguera que quedaba fuera de mi línea de visión. Tras cerciorarme de que estaban absortos en las llamas, me atreví a rodear el container por detrás y mirar lo que ellos observaban.

Tuve que esforzarme en reprimir un grito. Entre las llamas carmesíes y el hollín grisáceo se adivinaba una diminuta mano humana que aun no había sido devorada por el fuego. “Willy” Supuse “O lo que queda de él”. No pude evitar sentir pena por los engañados señores Vance, a pesar de que me delataran.

La ceremonia prosiguió por unos minutos más, hasta que la hoguera se apagó al quedarse sin combustible que consumir. Entonces, uno de los hombres de negro comenzó a darse la vuelta lentamente. Yo me sorprendí a mí mismo ocultándome rápidamente con unos reflejos que creía perdidos desde mi adolescencia.

El gigante con gafas de sol se quedo mirando durante unos segundos a mi escondite, hasta que su compañero le hizo un gesto y comenzaron a desplazar las cenizas y los restos óseos del niño hasta el río con un par de escobas. Una vez acabada la tarea, uno de ellos cogió un frasco de su traje y vertió su contenido sobre los rastros del fuego que habían quedado en el suelo. Ningún rastro visible quedaba de la hoguera; de no haberlo visto con mis propios ojos dudaría de que hubiera habido alguna.

Finalmente se montaron en la furgoneta y arrancaron. Me dejé caer hacia delante mientras respiraba profundamente, tratando de calmarme lo antes posible. Pero no me fue posible hasta que deje de oír el motor del vehículo.

¡Le habían matado! ¡A sangre fría y calculadamente! Pensé en un principio que tal vez sí habían intentado salvarle… Pero por dentro sabía que no era así… Y probablemente ahora se estuvieran dirigiendo a casa de Lewis. Tal vez ya hubieran pasado por ahí…

“¿Qué puedo hacer?” Me dije “¿Qué puedo hacer?” Debo admitir, para mi vergüenza, que permanecí tirado en el suelo un buen rato, preso del pánico que me producía la impotencia.

Polybius – parte 8

30 Jul

No descansé un sólo momento en el trayecto entre los recreativos y 4th avenue. Cada segundo perdido podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte del pequeño. Tras un cuarto de hora legué frente a la dirección que me había indicado el encargado y me permití el lujo de pararme a recuperar el aliento mientras llamaba al timbre. La puerta no tardó en abrirse con un chasquido.

-¿Quería algo?

Ante mí se encontraba una mujer de mediana edad sonriendo. Sin embargo, unas profundas ojeras bajo sus ojos delataban su preocupación. Era evidente que se trataba de la madre de Willy.

-¿Es usted la señora Vance?

-Efectivamente.

-Necesito hablar con usted. Es acerca de Willy.

Súbitamente, su cara se tiñó de pálido y todo esbozo de sonrisa desapareció.

-¡¿Está bien mi hijo?! ¡¿Ha empeorado?!

-¿Cómo? Creía que Willy Vance se encontraba aquí.

La señora Vance me miró fijamente, esforzándose en vano por reconocerme.

-¿Quién es usted?

-Un simple médico de poca monta. Recientemente me he encontrado con dos casos con síntomas idénticos a los que sospecho ha presentado su niño. Me gustaría informarme más acerca de su caso.

-Está bien. Pase adentro, por favor, y espere en la salita. Ahora mismo le recibo con mi marido.

Tomé asiento en un sofá no muy cómodo y releí mi libreta de notas mientras esperaba. Si Willy no estaba aquí es obvio que había sido trasladado ya a una clínica o algo por el estilo. Al menos allí se asegurarían de que no muriera grotescamente como Dave.

Pronto apareció por el pasillo un hombre de mediana edad y barba cuidada que me lanzó una mirada de desconfianza de soslayo. Trate de relajar mi expresión lo más posible para calmarlo.

-Buenos días, señor Vance. Supongo que su mujer ya habrá…

-Mi hijo no está aquí. Lo llevaron a la clínica Sinneslöschen hace dos días.

La interrupción repentina me dejó estupefacto por unos segundos. No me esperaba que Mr. Vance mostrara una personalidad tan cortante ante un desconocido. Aunque la verdad es que mi aspecto descuidado no añadía muchos puntos a mi favor; la única prueba que me acreditaba como profesional competente era un maletín raído que cualquiera podía haber comprado por 20 dólares en la tienda de la esquina.

-Disculpe las molestias ocasionadas, pero me vendría muy bien todo dato…

-¿No me ha oído, señor “médico”? No pienso contestarle a ninguna de sus preguntas.

Traté de contenerme para no soltarle una pulla. Este hombre parecía empeñado en no dejarme acabar una frase. Traté de desvíar el tema con la esperanza de que cediera más adelante.

-Por cierto, ¿y su esposa?

-Haciendo una llamada urgente. Nada de su incumbencia.

Adios a la perspectiva de hablar con alguien más colaborador. Me urgía encauzar la conversación cuanto antes, por que mi interlocutor parecía estar perdiendo la poca paciencia que tenía, si es que tenía alguna.

-Entiendo lo difícil que esta situación es para usted como padre. Trato diariamente con progenitores preocupados por sus chiquillos. Duro, sin duda.

-Deje de hablar como si lo supiera todo. Usted no entiende nada. Váyase cuanto antes.

La señora Vance irrumpió nuevamente en la sala.

-Cariño, ya he terminado con el teléfono. Doctor, espero que podamos servirle de ayuda.

-Oh, no se angustie por ello. ¿Podría usted hablarme de los síntomas que experimentó su hijo?

Era obvio que continuar la conversación con el padre era un callejón sin salida; tal vez su esposa se mostrara más colaboradora. No perdía nada por intentarlo.

-Cómo no.

Sin embargo, nada más empezó a hablar el teléfono de la sala contigua prorrumpió en un canto agudo. Al parecer, el dichoso aparato estaba empeñado en no dejarme mantener una conversación con la señora Vance, quien hizo un amago de levantarse.

-No te preocupes querida. Ya lo cojo yo.

El señor Vance se levantó de su asiento y se encaminó al pasillo. Esperé pacientemente a que su silueta doblara la esquina. He de reconocer que me sentí bastante aliviado al perderle de vista.

-Señora Vance, si puede continuar, por favor…

-Willy se desmayó hace tres días en los recreativos. Fue el encargado quien lo trajo a casa, así que no sé mucho más. Después de eso, Willy comenzó a actuar extraño y a decir cosas raras.

-¿Le dice algo la palabra Sinneslöschen?

-¡Justo eso! ¡Esa es la palabra que repetía sin cesar!

Lo que me temía. La misma historia, cambiando los nombres. Estaba en un punto muerto, sin salida aparente; el único callejón que se abría ante mí me devolvía al principio. Mientras decoraba el nombre de Willy en mi libreta con los mismos síntomas que figuraban junto a Lewis y Dave, el desagradable marido de la señora Vance asomó por la puerta.

-Oiga. Preguntan por un “médico”.

La inesperada frase me dejó anonadado. ¿Quién y cómo sabía que me encontraba aquí? No pude evitar alarmarme al pensar en el siniestro gigantón envuelto en negro que me encontré en los recreativos esperándome al otro lado de la línea.

-Presumo que ese soy yo.

-Acompáñeme.

El teléfono en cuestión se encontraba prácticamente situado en una encrucijada de pasillos que deduje se encontraba en el centro de la casa. Un ventanal que daba a la calle trasera se abría frente al aparato. Cogí el auricular y contesté con un hilillo de voz, mientras sentía que la mirada agria de mi anfitrión se clavaba en mi nuca.

-¿Diga?

-¡Rápido! ¡No tenemos mucho tiempo!

Solté un suspiro de alivio al reconocer la voz del doctor Schneider. Sin embargo, su tono de urgencia me preocupó nuevamente.

-Cálmese, señor Schneider.

-¡Idiota! ¡Cómo cree que sabía que estaba aquí! ¡Acaban de llamar al colegio de medicina delatándole a ellos!

Una lucecita se prendió en mi cabeza. Nada más llegar, el señor Vance me demostró de buen grado lo poco que confiaba en mí. La señora Vance había hecho una rápida llamada que no podía esperar a que me fuera. Quien quiera que me estuviera persiguiendo acababa de recibir una llamada con información sobre mi paradero. Dos más dos suman cuatro. La encantadora pareja me había vendido.

-¡Dése prisa! ¡No sabe cuanto tardaran en llegar!

-Entendido, señor Schneider.

Colgué sin más dilación. El señor Vance me miraba receloso mientras me dirigía hacia la puerta; y sólo la señora Vance, que seguía en la salita, me dirigió la palabra con una sonrisa.

-¿Ya se va? ¿No quiere quedarse y seguir hablando un poco más?

Ni siquiera me digne a contestarla. Las hipócritas son las peores. Abrí la puerta agilmente, deseando salir cuanto antes de este nido de víboras.

Cual fue mi sorpresa al encontrar detrás de la puerta a una mole de hombre vestida de negro y gafas de sol.

Polybius – Parte 7

23 May

El salón de arcade estaba rodeado de un aura brillante y mágica de carteles de neón, que atraían las curiosas miradas de los más jóvenes y les invitaba a pasar a conocer sus misterios. El encanto de la nueva era tecnológica encerrado en las pantallas luminosas y los ruidosos pinball.

Me dispuse a entrar, pero un gigante de dos metros que en ese momento salía colisionó conmigo. Mi maletín cayó al suelo y se abrió con estrépito. De su interior salieron despedidas algunas monedas que se desparramaron por el suelo.

-Disculpe -le dije mientras recogía la calderilla y me la metía en la gabardina- No le había visto.

El gigante no respondió. Vestía un discreto traje negro a juego con una corbata del mismo color y unas gafas oscuras. Tras dirigirme una mirada fulminante (o eso me pareció adivinar tras sus gafas) se dirigió a una furgoneta, curiosamente también de color negro, aparcada a la sombra de los recreativos Astrocade. No le hubiera dado mayor importancia de no ser por las letras plateadas del vehículo. Formaban la palabra Sinneslöschen.

Quise acercarme al hombre de negro para preguntarle acerca de ello, pero el coloso ya había desaparecido en el interior de la furgoneta y arrancado. Tras recuperarme de la impresión, entré en el arcade.

Dentro, varios chavales jugaban abstraídos en las máquinas. Incesantes pitidos se sucedían al ritmo de luces parpadeantes. En el fondo había sentado tras un mostrador un hombre obeso y grasiento que parecía estar al mando de todo. Me dirigí a él.

-Buenos días.

El encargado alzó una mirada pesada y exhibió un sonoro bostezo.

-Si busca la dichosa maquinita, llega tarde. Hace un minuto han venido varios de negro y se la han llevado.

-Perdone la pregunta pero, ¿cómo…?

-¡Ja! Todos vienen a por ella. ¿O acaso ha venido usted a jugar con las maquinitas?

-¿Todos?

-Ya sabe, esos hombres de negro y los técnicos de la empresa esa… la alemana.

-¿Sinneslöschen?

-¡Exacto! Usted no trabaja para ellos, ¿verdad? No hace falta que conteste.

Una vez más, surgía la palabra tabú. Mis sospechas sobre la empresa eran evidentes, pero traté de convencerme a mí mismo de que eran infundadas. Los niños podían haber escuchado el nombre de la compañía en un comercial y por una mera coincidencia había salido a flote de su consciencia durante el ataque epiléptico. Sin embargo, ¿no era mucha casualidad? ¿Hasta qué punto estaban relacionados?

-¿Qué querían?

-Hace cosa de una semana me trajeron un nuevo arcade. Dijeron que era un prototipo y querían probarlo, así que la dejaron en mis recreativos para ver qué tirada tenía; con la condición de que informaría de lo que opinaran los chavales y si pasara algo extraño.

-¿Y pasó?

-Tres niños se desmayaron enfrente de la máquina. Esa cosa tenía algo demoníaco, se lo digo yo.

-¿Tres? ¿Está seguro?

-Completamente. Un chaval de unos 15 años que vino con un amigo suyo, un crío al que esperaba su madre fuera y el pequeño Willy Vance, que suele venir cada tarde.

Asumí que se refería a Lewis y Dave en primer lugar, pero me sorprendió escuchar un nuevo nombre. Y me preocupó.

-¿Ha vuelto Willy Vance aquí desde el incidente?

El dependiente se quedó pensativo un momento antes de contestar.

-Pues ahora que lo dice…

La inquietud invadió mi cuerpo. ¿Y si Willy Vance también estaba enfermo? ¿Y si se estaba debatiendo ahora mismo entre la vida y la muerte? ¿Era ya demasiado… tarde? A mi mente acudió de inmediato la morbosa imagen del inerte cuerpecillo de Dave sobre un charco de sangre.

-¡¿Dónde vive Willy?!

-SE 4th Avenue, portal 6. ¿Le ocurre algo al pequeño Willy?

-¡No hay tiempo para explicaciones!

-Le creo. Tiene usted escrita en la mirada la determinación de un buen hombre. Pero vuelva cuando pueda y explíqueme de qué va todo esto.

-¡Lo prometo!

Y salí corriendo del local a trompicones, con el corazón en un puño y esperándome lo peor.

Polybius: parte 6

21 Mar

Una vez llegué a la casa del señor Hawthorne me recibió el padre de Nathaniel.

-El crío está en su habitación. No se preocupe y pase adentro.

El señor Hawthorne me acompañó hasta la habitación de su hijo, donde Nathaniel esperaba enfrascado en un videojuego. Al lado del televisor se encontraba una Nintendo Entertainment System, según rezaba el logotipo.

-Buenos días Nathaniel. Soy médico y ahora mismo estoy tratando a Lewis Lillman. ¿Eres su amigo, verdad?

Nathaniel no se molestó en despegar los ojos de la pantalla. En su lugar, asintió levemente mientras aporreaba furiosamente los botones del controlador.

-¡Nathan! -vociferó su padre.

Nathaniel pausó la partida y giró su silla para mirarme. Su cara reflejaba fastidio. Era evidente que mi presencia no significaba para él más que una contrariedad que le apartaba momentaneamente de su pasatiempo favorito, y esperaba resignado a que terminara de hablarle para volver a concentrarse en su máquina.

-Tan sólo quería preguntarte acerca del momento en el que tu amigo perdió el conocimiento. ¿Podrías narrarme lo ocurrido, sin omitir ningún detalle, por insignificante que parezca?

-Bueno, los dos estábamos estudiando en la casa de un amigo que vive aquí cerca.

-Disculpa la interrupción, pero el padre de Lewis me dijo que estábais en la biblioteca.

-¿Eh? ¡Ah, claro! Estábamos en la biblioteca, cuando Lewis se desmayó de repente. Al principio pensé que estaba gastándome una broma, pero después me preocupé y lo llevé a su casa. Eso es todo.

Apunté todo cuidadosamente en la libreta a la vez que consultaba lo que ya había escrito. Todos los enfermos habían perdido el conocimiento mientras jugaban con videojuegos, excepto Lewis. ¿Era una mera coincidencia, o Lewis padecía un mal distinto a los casos del doctor Schneider y al pequeño Dave Brunt? O tal vez…

Examiné minunciosamente a Nathaniel. Parecía nervioso. Discretas perlas de sudor decoraban su frente, y de cuando en cuando echaba una rápida mirada a su padre. Todo cuadraba perfectamente.

-Perdone, señor Hawthorne.

-¿Sí, doctor?

-¿Le importaría servirme un vaso de agua? Tengo la garganta seca.

-Como no. Espere un momento, enseguida vuelvo.

Esperé pacientemente a que se alejara por el pasillo. Una vez me cercioré de que no escucharía nada, me dirigí nuevamente a Nathaniel.

-Nathan, creo que me estás mintiendo. Necesito saber donde estuvisteis realmente aquel día. Puede ser muy importante.

Nathaniel dudó unos momentos.

-¿Me prometes no decirle nada a mi padre?

-Palabra de honor. -dije alzando la mano.

-Está bien. Le contaré la verdad.

-Rápido, tu padre volverá en cualquier momento.

-Hace cuatro días fui a buscar a Lewis sobre las cinco de la tarde y le enseñe mis nuevas gafas de sol. -Nathaniel señaló unas lentes que había sobre su mesa- No se ve casi nada con ellas puestas, pero molan bastante, ¿no cree? Después fuimos a los recreativos Astrocade para probar un nuevo juego que habían traído esa misma mañana. Se llamaba Polybius, si no me equivoco.

-¿De qué trataba?

Nathaniel enmudeció de repente.

-No me acuerdo… Lo siento.

-No pasa nada. ¿Jugó Lewis a ese juego?

-Primero lo probé yo, y Lewis me apartó enseguida para probarlo él. Le enganchó bastante y estuvo jugando al arcade durante dos horas seguidas. Entonces perdió el conocimiento.

Mis sospechas se confirmaban. Lewis no era una excepción.

-¿Dónde está ese recreativo, Nathan?

-A dos manzanas de aquí según sales por la derecha.

Justo entonces entro su padre en el cuarto, llevando en su mano un vaso de agua. Cogí el vaso y lo apuré de un sorbo.

-Gracias. Ahora, si me disculpa, tengo otros asuntos que atender.

-Oh claro. Permítame acompañarle a la salida.

Me di prisa en salir y giré a la derecha. Había llegado la hora de visitar los recreativos.