Cazatiempos – Parte 3

29 Ago

Never tenía claro que hacer. Apenas se vio a sí mismo salir de la sala, buscó a alguien persiguiendo a su doble. Tardó tres segundos en encontrarlo, y dos en reconocerlo. Era el policía de Moscú, haciendo gala de su tenacidad rayana a la cabezonería. ¿Cómo le habrían encontrado? Más tarde debía procurar averiguarlo.

Ahora, debía parar a ese hombre. Así que gritó.

-¡El de la gabardina, que se espere!

El poli se paró en el acto, y se giró para verle. Never reprimió una sonrisa y ensayó su mejor cara de “Oh, mierda. Qué acabo de hacer”. Eso le haría confiarse.

De la gabardina salió una pistola lista para dispararse, que le apuntó al pecho. Esto iba mejor de lo que Never se imaginaba que iba a pasar. El muy idiota acababa de sacar una pistola en mitad del “Ninho de víboras”.

-Deténgase ahora mismo. Y ni piense en utilizar el cazatiempo. El mío también está cargado. Sería una pérdida de tiempo romper una hora hacia atrás solo para volver a encontrar mi cara esperándole, ¿no cree?

Never ni se molestó en contestar, sino que miró a Armando Valencia, diciéndole con un gesto “¿No vas a hacer nada? ¿Vas a dejar que salga impune?”. Si sus deducciones eran correctas, el mafioso no iba a tolerar que nadie menoscabara su autoridad sacando un arma en su territorio. Armando Valencia se levantó para plantar cara al detective.

-¿Se puede saber quién demonios tiene los cojones necesarios para apuntarme a la cara?

Y ahora que Armando Valencia va a ocuparse de su problemilla en su lugar, era el momento propicio para desaparecer de la escena. El detective se había colocado hábilmente entre su mesa y las dos salidas, pero aún podía aprovechar el acceso al segundo piso para confundirse entre la muchedumbre y deslizarse cinco minutos hacia atrás sin que nadie se diera cuenta, en una de las salas privadas preferiblemente. De ahí solo tendría que salir por la puerta como había visto hacer a su yo futuro mientras su yo pasado distraía al detective.

Utilizar un cazatiempo sin incurrir en paradojas era complicado, un desafío intelectual que pocos tenían el privilegio de acometer y aún menos superaban satisfactoriamente. Para los estándares de los viajeros, Never era aún un amateur en el arte del deslizamiento temporal. Había obtenido su cazatiempo un año atrás, y lo primero que había logrado era hacer estallar la bolsa neoyorquina en el plazo de una semana, quedando él en posesión de una considerable fortuna a la que lamentablemente le habían cortado el acceso la división de cazatiempos cuando algún economista puso las piezas juntas y llegó a la conclusión de que la crisis financiera era obra de un criminal temporal. Never había sido descuidado y no se había preocupado de esconder las pistas que apuntaban hacia él.

-En efecto… -dijo el detective. Y, con esas palabras mágicas, cuatro pistolas le apuntaron a la cabeza. Never salió corriendo hacia las escaleras, reconociendo una oportunidad única.

Sin pararse a mirar atrás, escaneó las puertas hasta encontrar una con el cartel de libre: la segunda por la derecha prometía estar vacía. Con el tacto manipuló el cazatiempo de su bolsillo y se preparó para deslizarse cinco minutos hacia atrás.

Nada más abrir la puerta, Never se encontró de bruces con el detective. Un disparo rasgó el aire.

En ese momento, el cazatiempo abrió la puerta del tiempo, arrastrando a Never cinco minutos hacia atrás. Y Never se encontró frente a una puerta cerrada, sorprendido de no tener un nuevo agujero en la nariz.

16:27

Ese había sido un fallo importante, olvidar que el detective tenía su propio cazatiempo. Por supuesto, era imposible que le hubiera disparado y le hubiera incapacitado, o no habría visto a su yo futuro salir del garito ileso; pero muchas otras cosas podrían haber ido mal.

Never bajo las escaleras y huyó por la puerta del fondo, observando de paso a su yo pasado en la mesa, estupefacto al verle. Nunca lograba acostumbrarse a ver sus dobles futuros. Aun sabiendo que iba a pasar, siempre le pillaban con la guardia baja.

Según dejaba el local en el horizonte, se escuchó el jaleo del que solo puede ser causa un tiroteo. Never sintió una leve punzada de pena por el detective cuyo cadáver mañana estaría en una fosa del Atlántico, pero claro: él mismo se lo había buscado.

Una vez Never se cercioró de que estaba lo suficientemente lejos del local, completó la última parte del plan. Eran las 16:54, y ya se había deslizado cinco minutos hoy. El cazatiempo tenía una carga máxima de una hora, que se recargaba periódicamente cada día. Eso le dejaba con 55 minutos, que utilizó para deslizarse inmediatamente.

15:59

Never se lamentó internamente. Hubiera preferido quedarse con cinco minutos en el cazatiempo en caso de algún improvisto, pero no podía arriesgarse a causar una paradoja. Había oído algunas historias acerca de la gente que rompía el espacio-tiempo, y no eran historias con final feliz precisamente. Rápidamente sacó su móvil y busco en el correo el mensaje que había recibido a las 16:00, dándole a reenviar en el mismo instante que el cazatiempo indicaba esa hora.

10 M; 3-7 + 2-A, 4-7; 5.000.000.

1630 ф

Recibido a las 16:00

En la décima mano repartida, Full de sietes ases contra póker de sietes, sube hasta 5.000.000 de dólares. A las 16:30 hay problemas. Eso significaba el mensaje.

Armando Valencia era un hombre de honor. Comprendería por qué Never debió ausentarse y dejaría la apuesta ingresada en su cuenta. Probablemente. De todas maneras, más tarde lo averiguaría.

Ahora una pregunta rondaba por la cabeza de Never. ¿Cómo le habían localizado?

Cazatiempos – Parte 2

22 Ago

Roy Redshirt estaba cansado de su trabajo. Para ser justos, él adoraba ser un detective temporal. Las persecuciones a través del tiempo y la creatividad necesaria para usar el cazatiempo le realizaban. No era un trabajo apto para cualquiera, y estaba orgulloso de lo bueno que era haciéndolo. El problema eran los criminales a los que cazaba. Por alguna razón que se le escapaba, no comprendían que las reglas estaban ahí para protegerles, no para cohibirles. De los diez últimos delincuentes con los que había tratado, nueve habían acabado en un psiquiátrico. No puedes jugar con el tiempo sin que tu cerebro irremediablemente lineal termine friendo algún circuito. Maldita sea, estaba seguro de que él mismo daría con sus huesos en un manicomio antes de jubilarse.

No obstante, no era el momento de quejarse, sino de actuar. Un viajero del tiempo ilegal, cuya pista llevaba siguiendo un año, había sido localizado en Fortaleza, Brasil, donde ahora estaba Roy. La última vez que se encontró su rastro, hará cuatro meses, estaba en Moscú, donde le había perseguido a través de las calles heladas y de las fracturas del tiempo. A pesar de haber contado con el factor sorpresa, le había conseguido superar, engañándole para que se quedara sin tiempo en el cazatiempo. Y ahora que conocía su cara no se dejará sorprender tan fácilmente.

Un mensaje de la centralita hizo pitar el móvil de Roy. Acababan de interceptar un correo dirigido al ilegal, escrito por él mismo:

10 M; 3-7 + 2-A, 4-7; 5.000.000

1630 ф

Recibido a las 16:00

El correo en sí no le decía nada, pero el ilegal lo había mirado en su móvil, y había sido fácil localizarle. Se encontraba en una sala de juego en las afueras. Redshirt no perdió un segundo y condujo el coche que había alquilado raudo hacia el sitio indicado.

Diez minutos después estaba allí. Antes de entrar en la sala de juego, comprobó rutinariamente que su pistola estaba cargada con los tranquilizadores reglamentarios. El cazatiempo, que aparte de servir para rasgar el tiempo era un reloj excepcional, indicaba que eran las 16:30.

La sala de juego estaba dividida en dos pisos. Arriba había habitaciones privadas con mesas para que los clientes pudientes jugaran a gusto. Abajo estaban las mesas públicas, donde se juntaban desconocidos e intentaban vaciarse los bolsillos mutuamente.

Lo primero que Roy Redshirt hizo nada más haber escaneado por primera vez el lugar es situar las salidas. Por donde acababa de entrar era la más obvia; y al final del salón se adivinaba una segunda salida. Y un hombre que por complexión se correspondía al ilegal se dirigía apresuradamente hacia ella. Jackpot.

-¡El de la gabardina, que se espere!

Antes de que Roy pudiera iniciar la persecución, un hombre de una mesa de póker se levantó y le paró de un grito. Era el ilegal, vestido con un inmaculado traje blanco, y ahora lucía en su cara un gesto de reconocimiento y estupidez que decía “Oh, mierda. Qué acabo de hacer”. Roy sonrió para sus adentros. El muy idiota se había entregado sin darse cuenta.

Redshirt desenfundó en un rápido movimiento y le apunto al pecho, donde de seguro no fallaría.

-Deténgase ahora mismo. Y ni piense en utilizar el cazatiempo. El mío también está cargado. Sería una pérdida de tiempo deslizarse una hora hacia atrás solo para volver a encontrar mi cara esperándole, ¿no cree?

Uno de los clientes sentado en la mesa junto al ilegal se levantó y miró desafiantemente a Roy. La cicatriz de su cara parecía arder con ira contenida.

-¿Se puede saber quién demonios tiene los cojones necesarios para apuntarme a la cara?

-Roy Redshirt, división de Cazatiempos. Tengo autoridad federal para disparar el arma si alguien se interpone en mi camino, señor. Le recomiendo que se haga a un lado.

-Eres poli. Me estás diciendo que eres un jodido madero.

Un escalofrío recorrió la espalda de Roy. Algo le daba mala espina…

-En efecto…

Inmediatamente, cuatro armas de cuatro lugares distintos de la sala se alzaron para apuntarle. Roy Redshirt se había metido en un nido de víboras, y ahora corría peligro de ser mordido.

Cazatiempos – Parte 1

15 Ago

Cinco hombres tensos centraban su atención en el tapete sobre el cual cinco cartas de la baraja francesa relucían, jugando a un juego que cualquier aficionado a las apuestas reconocería como Poker Texas Hold’em. Sólo dos conservaban las cartas en la mano, indicando que seguían en la ronda. El resto se había acobardado al ver como las apuestas escalaban a un ritmo alarmantemente rápido, y ahora respiraban la tensión reflejada en la cara de los que apostaban.

-Veo tu apuesta, y subo otro millón de dólares –Dice aquel quien según sus pintas y los rumores que le acompañan allá donde vaya es uno de los capos más peligrosos de la mafia mexicana. Desde luego, la pistola que cuelga de su cinto y la cicatriz que le cruza la cara avalan la historia.

Neil Verdant, que arrastra desde pequeño el apodo de Never, le sostiene la mirada durante un calculado momento. Siempre se necesita fingir un poco de sorpresa. No le era conveniente que los otros empezaran a ver cabos sueltos; alguno podría intentar atarlos. Con un poco de teatro se asegura de que su oponente vea la perla de sudor que le cuelga de la frente. A continuación, dejando que le tiemble la voz lo suficiente como para que los otros se den cuenta, pero no tanto como para que se note el engaño, dice:

-Acepto.

Se juegan cinco millones de dólares americanos, cada uno. Las transferencias de dinero se realizan de forma instantánea a través de transferencias bancarias entre las cuentas suizas privadas de cada jugador. Si a la hora de pagar uno de los partícipes no le quedaba dinero en la cuenta para pagar al ganador de la ronda, se estaría metiendo en un problema muy gordo. Un problema del que se suele salir mojado y con los pies fraguados en cemento.

Never no tenía cinco millones de dólares en su cuenta. Dudaba de que le quedaran siquiera cien dólares; sin embargo, no tenía intención de dejar que sus compañeros de mesa lo descubrieran. Pensaba ganar esta mano, perdón, sabía que iba a ganar esta mano.

-Muy bien. –El supuesto mafioso reveló sus cartas. –Full House de sietes y ases.

En este momento Never debía empezar a fingir alivio, para eliminar por completo cualquier sospecha que pudieran tener sobre su persona, pero la tentación de mantener la farsa hasta el final era demasiado grande. ¿Y qué sentido hay en ser un genio manipulador si no te permites un capricho de cuando en cuando? Never decidió dar un descanso a su fiel paranoia salvavidas para comenzar a acelerar su respiración.

El hombre de la cicatriz no tardó en percatarse.

-¿Por qué vacilas? Enseña tu mano. –Dijo en una voz imperativa y cortante.

-Es-espera.

-No voy a repetirlo. –Los jugadores de la mesa escucharon el clic distintivo que produce cuando le quitas el seguro a una pistola.-Tienes tres segundos. Piensa rápido.

Ahora esto que era divertido. Aún así, mejor no tentar más a la suerte. Había oído que su oponente tenía fama de ser poco paciente.

-Poker de sietes. La mano es mía.

Never alzó la vista y encontró la mirada del mafioso. Sus fingidos nervios se habían trocado en una sonrisa confiada. El mexicano le miraba gravemente, como contemplando las opciones que tenía.

Un piloto de emergencia se encendió en la mente de Never. Acababa de vacilar a Armando Valencia, a quien se atribuían más de cincuenta homicidios. El propio delincuente había afirmado al comienzo de la partida que eso no era sino una cifra exagerada. Exageradamente baja.

Los otros tres hombres se miraban nerviosos, esperando al momento propicio para poner pies en polvorosa. Y, de repente, Armando Valencia, estalla en una carcajada sonora.

-He de reconocer, señor Dumas (nombre falso, por supuesto), que por un momento le he tenido por un tramposo sin dinero, metiendo las narices donde no le llaman. –“Y no le quepa duda”, parecía decir mientras recolocaba el seguro, “de que en ese caso me hubiera encargado personalmente de hacerle un par de nuevos agujeros en el cuerpo”.

Never disfrutó con las caras de perplejidad que exhibían los otros tres apostadores, hasta que reparó en un hombre corriendo al fondo del salón de juego. Permaneció por unos segundos estupefacto, hasta que puso sus pensamientos en orden.

El hombre que salía apresuradamente del salón era él mismo. Y eso significaba que era hora de poner tierra de por medio.

Polybius – Parte 12

6 Ago

No consigo recordar cuanto tiempo pasé leyendo. No quería levantar la vista la vista del libro y encontrarme nuevamente en las oficinas de Sinneslöschen. Pero nada podía hacer para evitar el paso del tiempo; finalmente la puerta gris volvió a abrirse.

Un hombre de negro guiaba al doctor Schneider cogiéndole los hombros. No lograba comprender que pasaba. Schneider estaba con la mirada perdida, en un estado catatónico; su rostro carecía de la vida que había reconocido en él antes de que se lo llevaran. Locura era lo que mostraban sus ojos, pero una locura inanimada, que le apartaba de la realidad en vez de tergiversarle la percepción y la razón. Como si hubiera sufrido una… pérdida de los sentidos.

Traté de hablarle, pero no reaccionaba. Simplemente me ignoraba, junto al resto del universo. Ambos hombres salieron de la sala de espera, el gigante guiando a Schneider.

Les seguí con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ellos. Entonces, oí como alguien se aclaraba la voz. Delante de la puerta gris se alzaba otro coloso imponente, al que reconocí por el hecho de que no llevara gafas como el resto. Al parecer había entrado después de Schneider, pero de una manera tan silenciosa y furtiva que ni siquiera había reparado en su presencia hasta que quiso hacerse notar.

El hombre abrió la puerta gris y ladeo ligeramente la cabeza, dándome a entender que mi turno había llegado. Me levante con parsimonia tras dejar el libro donde Schneider lo abandonó, imaginándome quién o qué me esperaba dentro.

Recorrí un largo y oscuro pasillo que daba a un despacho de tamaño medio, decorado al estilo minimalista. Lo único que destacaba dentro de la habitación era un ordenador, y un hombre tecleando en él. El ordenador era un modelo nuevo que había visto en algún anuncio televisivo; el hombre era de unos treinta años, con rasgos marcados y gafas de pasta.

El hombre de negro volvió por el pasillo, y yo tomé asiento. Sentí como la tensión iba en crescendo cada vez que el ratón era clicado. Pensé que el hombre no se había dado cuenta de mi persona, así que me dispuse a saludarle. Antes de que ningún sonido saliera de mi boca él comenzó a hablar.

-Supongo que querrá saber qué demonios está pasando, ¿me equivocó, señor médico?

-¿Quién…?

-¿Soy yo? –Completó rápidamente mi interlocutor- Ed Rotberg, director de Sinneslöschen; aunque la administración no es mi fuerte, sino la ingeniería de software.

La voz de Rotberg era calmante, especialmente en contraste con los siniestros y mudos gigantes de negro. Sin embargo, no podía olvidar que esto no era una entrevista de trabajo; era un secuestro en toda regla.

-¿Por qué estoy preso aquí?

-¿Preso? –dijo levantando una ceja- Nada más lejos de la realidad. Mandé a mis colegas a buscarle para felicitarle por el trabajo con los chicos enfermos, ya para poder explicarle toda la verdad. Me disculpo sinceramente si mis trabajadores le han ocasionado algún problema.

¿Mentía? No podía saberlo a ciencia cierta. No obstante, la curiosidad pudo al orgullo y la prudencia.

-¿Cómo está relacionado Sinneslöschen con los enfermos?

Ed Rotberg apoyó los codos sobre el escritorio y cruzó las manos.

-En primer lugar, deberá saber a qué nos dedicamos. Nosotros somos una rama independiente de una gran empresa de videojuegos. Como tales, nos dedicamos a la industria del entretenimiento.

-Y ustedes desarrollaron Polybius.

-Veo que ha investigado algo por su cuenta. Sí, efectivamente. Polybius es nuestro primer juego. En su fase de desarrollo consistía en escapar de un laberinto, pero finalmente nos decidimos por un shooter con naves espaciales. Pensábamos que así venderíamos más.

-Por favor, continúe.

-Durante la producción todo iba bien. Hasta que llegó la hora de probar el juego. Varios de los “beta testers” experimentaron migrañas y otras molestias menores tras jugar. En un principio lo achacamos a cansancio ocular; después de todo es gente que se gana la vida jugando delante de una pantalla. Así que ignoramos completamente el pormenor y comenzamos un tour por Oregón para probar la máquina en distintos recreativos, preguntando por feedback a los dueños de los distintos arcades.

-¿Qué ocurrió?

-Un niño se desmayó delante del videojuego en Eugene. Lo apuntamos en un informe como un añadido, sin darle mayor importancia. Como usted comprenderá, los datos que nos interesaban eran las ventas. Pero volvió a suceder, varias veces más.

-¿Qué causaba los desmayos?

-Varios médicos que examinaron a los niños coincidieron en que era una epilepsia causada por cambios de color muy bruscos, así que intentamos recuperar la máquina para sustituir los gráficos cuanto antes.

¿Eso era todo? ¿Tenía razón desde un principio? ¿Ataques epilépticos sin más? Rotberg siguió hablando:

-Para cuando nos dimos cuenta del error la máquina ya estaba en Portland, donde tres niños cayeron.

-Lewis, Dave y Willy. ¿Qué ocurrió con ellos? –pregunté.

-Respecto al pequeño Dave, creo que su madre recurrió a usted antes de que pudiéramos encontrarle. Y ya sabe lo ocurrido. –Contuve una arcada al pensar en la esponja y el cadáver- Los otros dos niños fueron transportados a un hospital psiquiátrico por mis hombres, con todos los gastos pagados.

Mentía. Había visto con mis propios ojos como quemaban a Willy. ¡¿Qué clase de tratamiento macabro era aquel?! Mientras, Ed Rotberg me miraba con una media sonrisa en la cara.

-Espero que todo haya quedado aclarado. Muchas gracias por su venir hasta nuestras oficinas. Y no se preocupe más por los niños; yo me encargaré personalmente de que reciban la mejor de las atenciones.

A continuación exploté. No logro recordar con precisión qué palabras utilicé, y en caso de recordarlas no estoy muy seguro de que me gustaría ponerlas en este informe. En cualquier caso, di rienda suelta a mis emociones. Durante todo momento el empresario me miró impasiblemente, y dejó con parsimonia las gafas sobre la mesa.

-Usted está muy estresado. –Afirmó- Por fortuna, sé cómo solucionar eso. –Rotberg tecleó un par de veces en el teclado y luego escarbó en un cajón hasta sacar algo: un joystick.- Sería una pena que se fuera sin probar el juego que comenzó este disparate, ¿no cree?

Empuje la silla con mis brazos, apartándome instintivamente de la pantalla que Rotberg giraba.

-No hace falta tanta precaución. Ya nos encargamos de corregir los gráficos, no debería haber problema con una partida corta.

Sin dignarme a dirigirle la palabra, me levanté y me dispuse a salir. No obstante, un gigante me salió al paso, bloqueando la puerta.

-Tal vez no me ha entendido bien. –dijo Rotberg- Juegue.

Amedrentado por el tono imperativo, me senté de nuevo.

Rotberg enchufó el controlador al ordenador de sobremesa y ejecutó un programa. En la pantalla ladeada apreciaba la pantalla de inicio de un videojuego, reminiscente de las que había en las máquinas de Astrocade. El empresario giró la pantalla hacia mí.

-Creo que no me equivoco al afirmar que usted no es un aficionado a los recreativos. –Rotberg tomó mi silencio enojado como una corroboración. Me esforzaba todo lo posible por mantener el ceño fruncido y hacerles ver que pensaba que esto era una pérdida total de tiempo, pero mi pulso acelerado amenazaba con hacerme temblar y delatarme. -Las instrucciones, señor médico, son sencillas. Esta palanca mueve la nave –el hombre acompañó sus palabras de una demostración- este botón sirve para disparar las armas de la nave; aunque esto es una beta y no están implementados aún enemigos, así que no será de mucho uso. Por último, si toca una pared el juego acaba. –Rotberg dirigió la nave contra una pared a propósito y, en efecto, una exhibición de fuegos artificiales indicaban que la nave había reventado.- Game Over.

A continuación, el hombre volvió a ladear la pantalla y pulsó alguna combinación de teclas; un menú titulado “funciones ocultas” apareció en la computadora. Las opciones que se desplegaban bajo ese menú no pude apreciarlas con claridad. Me entregó el joystick.

-Su turno. Mientras usted disfruta de nuestro juego, yo tengo unos asuntos que atender. Estoy seguro de que no le gustaría retenerme. –Ed Rotberg sonrió para sí mismo, convencido de que había dicho algo muy divertido. Traté de dedicarle una mirada de desprecio, pero no pude. Tenía un nudo hecho en el estómago, incapacitándome. Quería gritar y salir corriendo. Una mirada hacia la puerta obstruida por el matón me dejó claro que mi intento sería en vano.

Ed Rotberg salió. El hombre de negro me indicó con un gesto que empezara la partida y se dio la vuelta. Tragué saliva.

Polybius, rezaba el título. El juego que había causado, al menos, dos muertes en Portland. Era también fácil asumir que el Schneider al borde de la locura que había visto salir de las oficinas era producto de este maldito juego. Y yo era su siguiente víctima.

Sus gráficos eran brillantes; y aunque tantos cambios de color eran como un mazazo en mi cabeza cansada algo hipnótico me invitaba a no apartar la mirada. La música era estridente y casi alienígena.

Necesitaba un plan, y lo necesitaba en breve, antes de que mi amigo de negro se impacientara y me sometiera a una sesión de juego al más puro estilo de la Naranja mecánica. “¿Podría fingir que juego mientras miro hacia otro lado?”, contemplaba en silencio. La pantalla brilló ante mis ojos, como riéndose de mi vana esperanza. “¿En serio crees poder aguantar sin mirarme? He sido diseñado para ser mirado, y un solo vistazo basta para que no puedas apartar la cabeza demí.”, parecía decirme. Sin embargo, había gente que había mirado sin consecuencias. Nathan había jugado antes que Lewis, y los hombres de negro por fuerza habían tenido que mirar las pantallas del juego en alguna ocasión.

Claro, puede que sólo afectara a los niños. Después de todo, los menores son más sensibles a esta clase de ataques epilépticos. ¿Y Schneider? Tal vez el juego del despacho de Rotberg, esta beta que había llamado, fuera más potente. Rotberg había jugado, pero antes de que trasteara con ese menú de funciones ocultas. Después había salido sin demora del cuarto; evidentemente no quería someterse a la influencia del juego. ¿Y el guardia que me habían dejado? ¿Por qué arriesgarse a dejar la puerta abierta y poder echar un vistazo accidental al juego? Un vistazo no sería suficiente para provocar la reacción, entonces.

Volví a pensar en Nathan. Había estado mirando la pantalla mientras Lewis jugaba, con casi total seguridad, y aun así había resultado impune. ¿Por qué? ¿Qué le protegía?

Una idea me cruzó la cabeza. Era posible que… Supongo que no me quedaba otra. Esperaba estar en lo cierto.

Lentamente, procurando no hacer ruidos que alertaran al guardia, me llevé las manos al bolsillo.

En la entrada, el impasible guardia advirtió la música que señala el comienzo de una nueva partida.

Polybius – Parte 11

24 Abr

A través de la ventana observaba como las calles de Portland se iban sucediendo delante mía. Las pocas personas que seguían en la intemperie a estas horas no reparaban en la furgoneta negra, que se deslizaba a través de la tenue luz de las farolas con un susurro mecánico.

Me pregunté adonde estaría siendo llevado mientras notaba la mirada de mi captor clavada en mí como una astilla. El gigante mate se sentaba tranquilo, como si supiera con certeza que no intentaría hacer nada. O que todo lo que pudiera intentar acabaría indudablemente en fracaso.

Le alargué la mano ofreciéndole las gafas de sol que antes había recogido, pero no movió un músculo. Al darme cuenta de que no iba a recogerlas las guardé en mi bolsillo y volví a mirar por la ventana, tratando en vano de ubicar el recorrido del vehículo.

De cuando en cuando atravesábamos zonas que me eran vagamente familiares, pero pronto volvía a perderme. En ese momento contemplaba al final de la calle una oficina de considerable tamaño, que se iba engrandeciendo por momentos según nos acercábamos. Las ventanas del colosal edificio eran pequeñas y deprimentes. Unas luces encendidas delataban la presencia de personas.

La furgoneta paró delante de la oficina. Oí como el conductor bajaba y se acercaba a la parte trasera del vehículo. La puerta se abrió y los dos gigantes, el conductor y quien me acompañaba dentro del vehículo, se quedaron mirándome a través de sus gafas negras, expectantes.

Querían que saliera. Tampoco se me ocurría una opción mejor.

La luz brillante de las farolas me recibió con entusiasmo mudo al salí de la furgoneta de cristales tintados. Ahora podía leer con claridad el letrero encima de las oficinas: Sinneslöschen. A estas alturas no me sorprendía en exceso; sin embargo, pude notar cómo me temblaba la mano dentro del abrigo. Si dijera que se debía al frío mentiría descaradamente.

Reconsideré la idea de escapar, pero los gigantes negros seguían vigilándome en su mutis. Respiré profundamente y me aventuré dentro del edificio, escoltado por mis captores.

Una vez atravesado el umbral de la puerta el que creo había conducido se adelantó y nos guío por un laberinto de pasillos estrechos. Pensé en Lewis, y si seguiría vivo en estos momentos. Finalmente, llegamos a una sala de espera. Los hombres esperaron a que entrara y después cerraron la puerta. Pude oír el sonido del cerrojo cerrándose.

Dentro había un hombre leyendo distraído, sentado encima de una silla de plástico parecida a la que encontrarías en un hospital. Enseguida levantó la vista y habló.

-No te molestes en intentar escapar. Ya he probado todas las salidas.

Le dediqué un breve vistazo a la puerta gris en el otro lado de la habitación, cerrada a cal y canto. Luego centré mi atención en el lector. Su voz me resultaba familiar…

-¡Mister Schneider!

-No parece estar en buenas condiciones, doctor.

El doctor Schneider era un hombre mayor y cano, pero mantenía cierta chispa de actividad. Vestía un traje marrón y gafas pequeñas; no era muy diferente a como lo había imaginado durante las conversaciones telefónicas.

-¿Cómo ha terminado en Portland? Le creía en la escuela de medicina de Salem.

-Nada más terminar de hablar con usted aquella última vez los hombres de negro me recogieron en una camioneta. Llevaban tiempo vigilándome, aunque no esperaba que me cogieran tan pronto.

-¿Qué hemos hecho exactamente para que nos capturen?

-Ser demasiado curiosos. Tal vez hayamos topado durante nuestra investigación con una tapadera que no les conviene que destapemos. -Schneider cerró su libro y lo posó en el asiento contiguo- Hace ya unas semanas dos niños llegaron a mi consulta. Ambos parecían haber perdido la cordura y repetían una palabra que uno de mis ayudantes reconoció como alemana.

Sinneslöschen.

-Exacto. Los tres niños se habían desmayado mientras jugaban en unos recreativos, en la misma máquina. Fisgoneé un poco, y terminé enterándome de que la máquina en cuestión estaba en un tour de prueba por todo Oregón. Telefoneé a los recreativos de ciudades cercanas, y pronto encontré el rastro de la máquina en Oregon City. Una tercera víctima había caído delante de la máquina. El encargado del establecimiento me facilitó las direcciones del pequeño y el nombre de la empresa que produjo el juego. Les había encontrado. El problema, amigo mío, es que ellos también me encontraron a mí.

Trague saliva y me aventuré a preguntar.

-¿Cuál era el nombre del juego?

-Polybius.

Saqué mi libreta. Efectivamente, ese era el nombre que Nathan me había dicho.

De repente, la puerta gris se abrió, revelando a un hombre de negro. Me acerqué, presuponiendo que esperaba que le siguiera, pero me detuvo con un gesto. En mi lugar, el señor Schneider se levantó.

-Soy el primero, parece. De todos modos, ya le he contado lo que le tenía que contar. Espero que nos volvamos encontrar algún día, en circunstancias más favorables. Ha sido un placer, doctor.

-Igualmente, doctor Schneider.

Observé apesadumbrado como Schneider salía del habitáculo con el gigante pegado a su sombra. Cada paso que daba me adentraba un poco más en el miedo. Tuve por seguro que no volvería a verle, que el sitio donde le llevaban sería su tumba, o algo peor. Y yo iba a ser el siguiente en ir a aquel sitio.

El silencio de la sala creció hasta que se hizo opresivo. Vagué de un lado a otro, tratando de reordenar mis pensamientos mientras releía la libreta. Recordé a Willy Vance ardiendo en la hoguera. Recordé a Dave Brunt ahogado con una esponja. Recordé a Lewis Lillman, desaparecido, loco y probablemente muerto.

Después me senté donde antes estaba el doctor Schneider, y me percaté del libro que había dejado en la sala. El título en la portada rezaba: El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft. El escritor me resultaba familiar; probablemente hubiera sido objeto de una moda febril hace poco en Portland, de la que mis pacientes me habían hecho partícipe sin yo saberlo. La cultura nos rodea, y quieras o no termina adhiriéndose, muchas veces en forma de pedazos o nombres que permanecen en la memoria.

Ojeé un poco las páginas del libro. Los márgenes estaban llenos de anotaciones, en su mayoría acerca de la personalidad del escritor. Supuse que el doctor Schneider podía quitarse la bata, pero nunca dejaría de su profesión, la psiquiatría, a un lado.

Me esforcé en dejar la mente en blanco, olvidar la situación en la que estaba y los horrores que había presenciado. Y leí.

¿En qué medida las emociones condicionan las distintas fases del método científico?

6 Feb

La ciencia evoluciona constantemente. Desde las observaciones de Galileo hasta el LHC hay 500 años de perfeccionamiento. Hoy en día, poseemos una ciencia tal que la opinión pública se ha tomado la libertad de divinizarla; la ciencia es la religión del siglo XXI. La ciencia es pura y perfecta, libre de estigmas morales y error. Pero, ¿es esto cierto?

La ciencia es un área del conocimiento, y su manera de obtención de información de la realidad es el método científico, que propugna una línea de investigación sistemática y minuciosa.  No obstante, sigue siendo una herramienta, que carece de razón y voluntad. Sin un actor de conocimiento que ponga en práctica dicho método no tendremos ciencia, sólo una guía para llegar a ella; de la misma manera, un mapa sin un viajero que lo use no es sino un trozo de papel inútil.

El método científico necesita científicos. Y los científicos son humanos dotados de razón, pero también de sentimientos; esto implica una posible desviación del método científico. El viajero tiene el mapa, de acuerdo, pero está en su poder seguir o no las indicaciones de este mapa. Los sentimientos pueden involucrarse en el camino del método científico. Para analizar el por qué, tendremos que examinar paso a paso el método.

 

Observación

El primer paso y desencadenante de todo el artilugio de la ciencia tiene mucho que ver con las emociones del actor de conocimiento. La manera en la que percibimos el mundo cambia enormemente de acuerdo con nuestro estado anímico. El método científico dicta que solo la razón debería tener cabida en este paso. Y yo digo, ¿no cabe en la observación la inspiración? Por supuesto, también están involucrados muchos otros factores, pero los sentimientos juegan un papel fundamental en la concepción de ideas.

Para poder aplicar el método científico, primero necesitamos un problema que encarar. La identificación y voluntad de enfrentar o no una cuestión de conocimiento viene en gran parte condicionada por las emociones. Aquello que llame el interés, y destaco interés como emoción que es, del científico es probable objeto de su atención y posterior estudio. Por tanto, las emociones influyen de manera positiva, trayendo interés, y consecuentemente la voluntad de hacer ciencia.

A continuación tiene lugar la recogida de datos. Un investigador riguroso medirá con profesionalidad y precisión, despojándose de su subjetividad en la medida de lo posible. Aquí el método científico indica que sería conveniente minimizar el impacto de los sentimientos en la investigación, y en ello lo secundo: las emociones del investigador no son capaces de afectar la realidad que estudia, y sólo sirven para introducir una fuente de error humano. Un científico angustiado es más propenso a cometer errores que uno tranquilo, pues no dedicará toda su atención al experimento.

 

Hipótesis

El segundo paso del método científico está  fuertemente afectado por el estado anímico del investigador.

 

Miles de ideas campan a sus anchas en nuestras mentes cada día. Una mente despierta y educada en los campos de la ciencia es capaz de separar de esta masa de iluminación aquellas ideas que mejor expliquen, al menos a priori, los sucesos de la realidad. Dependiendo de las experiencias del sujeto y sus reacciones, el rango de ideas al que accede será distinto. Por ello podemos decir que las emociones influyen en la hipótesis de forma tanto positiva como negativa; pues las ideas que obtengamos podrán ser tanto geniales como (si se me permite una licencia artística) desastróficas.

Esto tiene mucho que ver con los prejuicios. El descarte inmediato (sin razonar) de explicaciones ocurre debido a tanto la experiencia previa como al sentimiento que provoca la explicación en el actor de conocimiento.

No obstante, para comprobar que efectivamente nuestra idea cosechada se adecúa a los datos obtenidos sólo la razón puede valernos. Las emociones ahora, como anteriormente, son susceptibles de provocar errores al entrar en conflicto con la razón, impeliéndonos a rechazar ideas científicas válidas y sugiriendo otras no tan razonadas.

Encontramos un ejemplo de conflicto razón-sentimientos en Einstein. Cuando enunció su relatividad general, cuenta la historia que le invadió un profundo desasosiego. Su teoría implicaba la existencia de un principio y un final del universo, idea que se contradecía con su concepto de un universo estático y eterno. Guiado por este sentimiento, que yo califico de estético (un universo eterno era más bello en su opinión) introdujo la constante cosmológica en su hipótesis. Con ella, el universo sería estable, todo se autorregularía, pero… no funcionaba. Los datos recogidos no concordaban. Un sentimiento irracional traicionó al más célebre científico del siglo XX.

 

Matematización

En una escuela solo encontrarás una clase donde se impartan verdades absolutas, y esa es la clase de matemáticas. En el método científico encontramos un grado alto de matemáticas, que constituyen el esqueleto, lenguaje, de la ciencia.

Las matemáticas son inmutables antes los sentimientos humanos. No importa el empeño que le pongamos, dos y dos suman cuatro, ahora y siempre. Es en esta fase del método científico donde no existe perturbación posible por parte de las emociones.

Quitando, por supuesto, el error humano que pueden aportar. Como ya mencionamos anteriormente, un investigador cansado comete más errores que uno descansado. Aprovechando para ampliar este tema, he de decir que el método científico está diseñado para evitar tales fallos. Veremos más adelante que la comprobación hace imposible un fallo permanente en la ciencia. Además, la ciencia es un trabajo en equipo, minimizando así las posibles equivocaciones.

 

Comprobación

El último paso en el método científico está a prueba de balas y de emociones. El objeto de estudio de la ciencia, la realidad, no se ve afectado por los sentimientos (excluyendo, tal vez, las ciencias sociales). Una vez comprobemos nuestra hipótesis, sólo queda lugar para la razón. Los sentimientos pueden cambiar la manera en la que nos aproximamos a la realidad, pero no el resultado del falseo.

Una hipótesis que ha pasado por las fases anteriores sosteniéndose en las emociones del investigador caerá ahora por su propio peso. Hemos de tener en cuenta que esta fase está abierta, y posteriores investigaciones pueden invalidar una teoría (incluso algunas emociones especialmente perjudiciales llevarán al investigador a manipular sus datos de manera inmoral). Aunque quien formule la teoría esté tan cegado por sus sentimientos como para no admitir su equivocación, tarde o temprano alguien recogerá datos que prueben lo contrario.

 

Ejemplo

Esto se puede ilustrar de mejor manera con un ejemplo. Centrémonos en una ciencia cualquiera, como la biología. Un investigador de la Universidad Complutense inicia una investigación para determinar qué tipo de medicamentos son los más efectivos para calmar el dolor en la cabeza. El interés que le ha llevado a enfrentar este problema ha sido provocado por su vocación profesional (curiosidad) y por un jugoso incentivo monetario que la universidad donará al artífice de la mejor investigación del año (avaricia).

El investigador comienza a hacer experimentos, localizando los factores que causan el dolor y su reacción ante diversos medicamentos. Sin embargo, la fecha límite para optar al premio es cercana, y el biólogo decide no hacer tantas muestras como sería pertinente. Es más, su agobio le lleva a cometer ciertos errores al tomar medidas.

Ahora hace una hipótesis. Gracias a su interés por el proyecto y el tiempo que le ha dedicado, ha encontrado un modelo que explica a la perfección los datos que ha recolectado. Aquí podemos ver como las emociones pueden influir positivamente en el método científico.

A la hora de matematizar su teoría, su agobio no le hace más que cometer un par de fallos que en un segundo vistazo son fácilmente corregidos. Las emociones sólo han podido retrasar ligeramente el método, sin repercusiones en el resultado.

Y finalmente intenta comprobar su teoría. Sin embargo, esta vez es incapaz de reproducir el experimento inicial, en el que cometió fallos de medida. Su hipótesis falsa apoyada indirectamente en los sentimientos (que provocaron el error) ha caído. Parece que esta vez no se llevará el premio.

 

Conclusión

Las emociones afectan en gran medida, tanto positiva como negativamente, al método científico en aquellos pasos en los que la creatividad y concepción de ideas juega un rol central (observación e hipótesis). Los sentimientos son una herramienta útil que nos permite descartar ideas absurdas, pero pueden conducir a error.

Por otra parte, todo el método científico es susceptible de caer en error debido al estado anímico del actor de conocimiento, que influye en la rigurosidad de la investigación.

Polybius – Parte 10

20 Oct

El sol era ya nada más que una mancha borrosa sobre el horizonte, batallando con su débil fulgor a las farolas recién encendidas. Mientras tanto yo caminaba alejandome del río, en dirección a la zona residencial. Buscaba una cabina de teléfono.

Me había costado horrores calmarme tras el episodio de la hoguera. El cansancio y el terror me instaban a dejarme caer en el primer banco que viera, pero no podía permitírmelo. Después de todo, Willy había sido asesinado. Y Lewis era el siguiente.

No creía que estuviera aun a tiempo de salvarle. Ellos tenían una furgoneta y yo iba a pie. Incluso puede que el mismo fuego que había devorado a Willy hubiera consumido anteriormente al hijo de los Lillman, traído momentos antes por los hombres de negro. O un segundo equipo que le hubiera despachado de una manera similar. A pesar de ello, tenía que intentarlo. Si los gigantes habían decidido desviarse para visitar al otro niño que se desmayó en los recreativos, Dave, quien yo sabía muerto, aun cabía la posibilidad de que una llamada al padre de Lewis pusiera a salvo al niño.

Apreté un poco el paso, y mi cuerpo se quejó por ello. Finalmente una solitaria cabina telefónica apareció tras una esquina. Abrí la puerta y entré.

Entonces caí en la cuenta de que me había dejado el maletín en el hogar de los Vance. “Maldita sea” me dije, “Mi cartera estaba dentro del maletín”. Escarbé en los bolsillos de mi gabardina en busca de monedas. Un bolígrafo medio gastado y mi libreta de notas fueron mis hallazgos en el bolsillo derecho. Volví a guardarlos y probé suerte en el izquierdo. El frío tacto del metal y un tintineo me aliviaron al instante. Me acordé entonces de que esas monedas se me habían caído del maletín en la entrada de Astrocade y no me había preocupado de guardarlas nuevamente en su lugar.

Cogí 20 centavos y los introduje por la rendija del teléfono. Acto seguido marque el número que tenía apuntado en la libreta junto al nombre de Lewis Lillman.

Los pitidos de la línea no tardaron en desaparecer. Escuche la voz del señor Lillman.

-¿Diga?

-Buenas noches señor Lillman. -respondí sin demora.

-Oh, doctor. Precisamente estaba intentando contactarle. Vamos a prescindir de sus servicios.

Un silencio tenso siguió a su comentario. Parte de mí no quería creerle. No quería creer lo que aquello implicaba.

-¿Cómo dice? He debido haberle escuchado mal.

-No es necesario que se preocupe más por la enfermedad de mi retoño. Por supuesto, le pagaré la consulta de ayer.

-No importa el dinero. ¿Dónde está Lewis?

-Ha sido ingresado en una clínica. Un hombre trajeado vino esta tarde y habló con mi señora. Decía que mi hijo sufría una enfermedad descubierta hace poco y que debía ser tratada en clínica. En un principio mi mujer desconfió, pero cambió de parecer al ver los papeles oficiales del Instituto de Medicina estatal. -el teléfono se me escurrió entre las manos sudorosas. Me di prisa en cogerlo nuevamente- ¿Oiga? ¿Sigue ahí?

-Sí, disculpe. Tengo que decirle… Es difícil de probar pero tengo la sospecha de que los hombres que recogieron a su hijo no eran quienes pretendían ser.

-Entiendo que esté disgustado conque hayamos decidido apartarle de su paciente, pero le prometo que no dejaremos de recurrir a usted en el futuro. Es un buen médico; ya han sido muchas ocasiones en las que nos ha ayudado.

-¡No es por eso!

-Escuche. Es tarde y la cena me espera. Hablaremos mañana si quiere. Adiós, doctor.

-¡No cuelgue!

Pero el señor Lillman lo hizo igualmente.

Volví a introducir mi mano en el bolsillo para rescatar las monedas que habían sobrado. Antes de que pudiera coger ninguna, una sombra se cernió sobre la cabina.

Un hombre que medía dos metros ataviado en negro y con gafas de sol estaba postrado frente a la puerta. Di un grito ahogado mientras abría.

Estaba atrapado. No había posibilidad de huida. Reuní las fuerzas que me quedaban para darle un derechazo en la mejilla, en un intento desesperado. Sus gafas de sol cayeron al suelo, pero no hubo reacción por su parte. Daba la sensación de que le hubiera atizado con un cojín en vez de con el puño.

Entonces vi que no estaba solo. Dos copias exactas aguardaban junto a la furgoneta negra. Me pregunté cómo era posible que ningún ruido me hubiera alertado. Un vehículo no puede ser tan silencioso.

El gigante que tenía ante mí se acercó a la parte trasera de la furgoneta y abrió  las puertas. Luego volvió a mirarme intensamente. Quería que entrara. No tuve más remedio que hacerle caso, pero antes recogí las gafas de sol caídas. Ninguno de los hombres de negro hizo ningún gesto hasta que me metí dentro de la furgoneta. El hombre sin gafas subió conmigo. Los otros dos se montaron en la cabina y arrancaron.