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Oda al fuego

28 Dic

Siento la ferocidad de la ira ardiendo en mi interior; temblando su llama con cada pulso de mi corazón, que mantiene férreamente un ritmo lo bastante agitado como para sacudirme, y lo bastante lento como para que pueda distinguir cada poderoso latido.

La sangre que pasa por mis sienes es un chisporreteo intenso para mis oídos, señal inequívoca de que el fuego de la destrucción ha comenzado a nutrirse de mis ideales. Su ardor brilla y me ciega; dudo que el incendio de Roma pudiera ser de más calibre. Entonces fue una ciudad lo que ardía, y ahora es un hombre, infinitamente más complejo que cualquier enmarañado de calles y edificios.

Pronto no quedará nada en mí. Consumido todo en mi alma, las llamas perecerán al no encontrar más alimento. Los únicos testigos de la catástrofe serán las palabras irradiadas de emoción que ahora escriba y el vacío delatador que quede en mí, monumento a lo que antaño en mí moraba.

Tal vez lo único intacto será el duro exterior, y quedaré transfigurado en un monstruo con forma de hombre y corazón vacío. La sombra del pasado proyectará un envoltorio de grandeza y admiración, que sin embargo me quedará grande, pues no tendré con qué llenarlo. Y cuando cualquier persona intente ahondar en mí, la asolará el miedo y saldrá repugnada.

¿Qué remedio me quedará, entonces, sino cerrarme al mundo? Las cenizas de los recuerdos me brindarán una ilusión que enseñar al mundo, un sueño de mi anterior ser que sin embargo estaré condenado a no cumplir nunca; careceré entonces de la voluntad necesaria para llevarlo a cabo.

¿Alguna esperanza? Un horror de esperanza. Confié demasiado en mi alma de fénix en el pasado, dejándome llevar por su naturaleza inmortal para sobrevivir incendio tras incendio, bajo la ilusión del crecimiento con el cambio, de que cada resurgir me hacía más fuerte, más hábil e inteligente. Ahora en la claridad de los últimos momentos del incendio veo el absurdo. Como en el caso de mi compañero Sísifo (ah, el iluso), cada ciclo me devuelve al punto de partida. No hay crecimiento, no hay lecciones aprendidas, solo la certeza de que los objetivos de uno son inalcanzables. Y esto último sólo lo ves mientras la piedra rueda hacia atrás.

Sin embargo, no me queda más remedio que dejarme engañar. Según se sosiega la ira, el fénix comienza su vuelo, y me deslumbran sus colores, sus llamas cálidas. Aún sé que esas llamas no conducen a otra cosa que no sea una nueva tormenta de fuego, pero pronto olvidaré…

Y me quedaré mirando hipnotizado la hoguera que encenderé tras su partida con las ascuas de la esperanza, esperando extasiado la aparición de chispas de creatividad en ella, habiendo olvidado que será una de esas chispas, azuzada por los vientos correctos, la que me llevará de nuevo al desastre.